El obispo Miguel Serra Sucarrats en una imagen de archivo

El obispo Miguel Serra Sucarrats en una imagen de archivo

Miguel Serra Sucarrats: los últimos 41 días del obispo mártir de Segorbe

Llegó casi de incógnito a su nueva diócesis, rechazó la posibilidad de huir y decidió compartir la suerte de sus sacerdotes. Apenas cuarenta y un días después de tomar posesión, fue asesinado junto a cinco compañeros de cautiverio

La tarde del 28 de junio de 1936, Miguel Serra Sucarrats llegó a Segorbe para tomar posesión de su nueva diócesis. Lo hizo en el automóvil particular de Domingo Orero y con una discreción impropia de la entrada de un obispo en su sede. Las autoridades civiles habían prohibido que accediera por la puerta principal de la Catedral y que las campanas anunciasen su llegada.

Serra tuvo que entrar por una puerta lateral de la calle Santa María. Dentro del templo, sin embargo, el claustro y la nave estaban repletos de fieles. Cuando apareció ante ellos se escuchó un suspiro profundo y prolongado. Desde el púlpito, el nuevo prelado pidió calma, exhortó a aceptar la voluntad de Dios y proclamó una frase que resumía su disposición pastoral: «Vengo a ser obispo para todos».

Su única salida oficial del Palacio Episcopal tuvo lugar el 2 de julio, durante el homenaje de bienvenida organizado por el Seminario Conciliar. Allí dirigió un saludo paternal a superiores y alumnos y, como regalo, dispensó a los seminaristas de los exámenes finales. Aquel sencillo encuentro sería su último acto público en Segorbe.

Tras el comienzo del alzamiento militar, el 18 de julio, la ciudad quedó sometida a una creciente tensión revolucionaria. El desarme de la población precedió a la actuación contra las instituciones religiosas. El día 21 fueron ocupados conventos y edificios eclesiásticos. Al día siguiente, una comisión expulsó al obispo del Palacio Episcopal.

Serra abandonó su residencia acompañado por su hermano, el canónigo Carlos Serra; sus hermanas María y Dolores, y el seminarista Antonio Férriz. Todos encontraron refugio en la cercana casa de los canónigos Morro, situada en la calle Colón. Desde sus balcones, el obispo contempló la ocupación y profanación de su antigua residencia. Ante cada nuevo atropello repetía serenamente: «Hágase, Señor, tu voluntad».

La vivienda permanecía vigilada por milicianos armados y las visitas eran prácticamente imposibles. Durante aquellos días, Serra se interesó por la situación económica del Seminario y elogió la entrega del clero diocesano: «Tengo los sacerdotes más sacrificados de España». También rechazó las posibilidades de escapar a la zona nacional. Su decisión era permanecer en la diócesis y «seguir la suerte de sus sacerdotes».

A primeras horas del 27 de julio, un grupo de milicianos dirigido por «Marchen» irrumpió en la casa. El obispo y su hermano fueron sacados entre injurias y empujones. Para desacreditarlo ante los vecinos, sus captores gritaban: «Este no es un obispo, es un general disfrazado de obispo». La acusación se apoyaba en el supuesto hallazgo de una radio clandestina en el Palacio Episcopal, aunque aquel aparato era en realidad un cuadro de llamadas por timbre eléctrico.

Los hermanos Serra fueron conducidos a pie hasta la cárcel del partido judicial. Allí se encontraban ya el vicario general, Marcelino Blasco, y varios sacerdotes y religiosos. Durante los primeros días, el obispo organizó reuniones clandestinas de oración y dirigió exhortaciones destinadas a fortalecer a los detenidos. Después llegaron los interrogatorios y los malos tratos. Algunos testigos recordaron que Serra y el vicario general regresaban extenuados, con sangre y hematomas, tras ser presionados para revelar dónde se encontraban los supuestos «tesoros de la Iglesia».

En la madrugada del 9 de agosto, una patrulla conocida como «La Desesperada» sacó de la prisión al obispo y a cinco compañeros con el pretexto de trasladarlos a Castellón. Junto a Serra viajaban su hermano Carlos; Marcelino Blasco; el carmelita Vicente Sauch, y los franciscanos Domingo Ferrando y José María Balaguer.

El convoy se dirigió al término de Vall de Uxó. Antes de morir, los prisioneros se agruparon alrededor del obispo y le pidieron su última bendición. Serra, todavía revestido con sus hábitos talares, perdonó a sus verdugos y exclamó «¡Viva Cristo Rey!», grito que repitieron sus compañeros. Después de asesinarlos, sus ejecutores quemaron los cadáveres y expoliaron la cruz pectoral, el anillo episcopal y el reloj del prelado.

Miguel Serra Sucarrats había tomado posesión de Segorbe solamente cuarenta y un días antes. Sus verdugos apenas podían conocerlo y no tuvo tiempo de desarrollar actividad política alguna. No lo mataron por lo que había hecho, sino por lo que representaba: su condición de obispo católico. Pudiendo huir, eligió permanecer junto a sus sacerdotes y acabó compartiendo su misma suerte.

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