Representación de la matanza de San Bartolomé según François Dubois

Representación de la matanza de San Bartolomé según François Dubois

La matanza de San Bartolomé: la masacre francesa que Europa olvidó mientras condenaba a España

Mientras este episodio apenas ocupa hoy un lugar secundario en el imaginario colectivo, durante siglos el gran símbolo europeo del fanatismo religioso acabaría siendo otro: la España de la Inquisición

El 24 de agosto de 1572 comenzó en Francia una de las mayores matanzas religiosas de la Edad Moderna. Sin embargo, mientras aquel baño de sangre fue diluyéndose en la memoria colectiva europea, el símbolo del fanatismo religioso terminó asociándose casi exclusivamente a la Monarquía Hispánica. ¿Cómo fue posible?

Las campanas comenzaron a sonar antes del amanecer. No llamaban a misa ni anunciaban una fiesta. Eran la señal convenida para comenzar la cacería. En cuestión de minutos, grupos armados recorrieron las calles de París buscando a sus víctimas. Entraban en las casas, derribaban puertas y asesinaban a quienes encontraban a su paso.

'Una mañana a las puertas del Louvre', pintura de Edouard Debat-Ponsan, del siglo XIX

'Una mañana a las puertas del Louvre', pintura de Edouard Debat-Ponsan, del siglo XIX

Muchos intentaron refugiarse en iglesias o escapar por el Sena. Otros fueron arrojados directamente al río. Durante horas, la capital francesa se convirtió en un escenario de violencia indiscriminada del que ni siquiera se libraron mujeres y niños.

Era el 24 de agosto de 1572, festividad de san Bartolomé. Aquella jornada daría nombre a una de las mayores matanzas religiosas de la Europa moderna. Paradójicamente, mientras ese episodio apenas ocupa hoy un lugar secundario en el imaginario colectivo, durante siglos el gran símbolo europeo del fanatismo religioso acabaría siendo otro: la España de la Inquisición.

Una boda destinada a traer la paz

Francia llevaba años desgarrándose en las llamadas guerras de Religión, un largo conflicto entre católicos y hugonotes, nombre con el que se conocía a los protestantes franceses. Con el propósito de rebajar la tensión, la Corona organizó un matrimonio que debía simbolizar la reconciliación nacional.

Enrique de Navarra, principal líder protestante y futuro Enrique IV, contraería matrimonio con Margarita de Valois, hermana del rey Carlos IX e hija de Catalina de Médici. La ceremonia atrajo a París a buena parte de la nobleza hugonote. Habían acudido confiados, convencidos de que la paz era posible.

El almirante Coligny se enfrenta a sus asesinos, de Joseph-Benoît Suvée , 1787

El almirante Coligny se enfrenta a sus asesinos, de Joseph-Benoît Suvée , 1787

Pocos días después, el atentado contra el almirante Gaspard de Coligny, principal dirigente político protestante y hombre de enorme influencia sobre el rey, precipitó los acontecimientos. El miedo a una posible reacción hugonote y las tensiones acumuladas durante años desembocaron en una decisión que todavía hoy sigue siendo objeto de debate entre los historiadores: eliminar a los principales dirigentes protestantes antes de que pudieran actuar. Lo que comenzó como una operación dirigida contra unos pocos líderes terminó convirtiéndose en una matanza fuera de control.

París se convierte en un campo de exterminio

Las primeras víctimas fueron Coligny y varios destacados dirigentes hugonotes. Pero la violencia escapó rápidamente a cualquier intento de control. La población parisina se sumó a los asesinatos. Vecinos denunciaban a vecinos.

Milicianos, soldados y civiles recorrían las calles identificando a los protestantes para ejecutarlos. Las casas eran saqueadas y los cadáveres permanecían durante horas tendidos sobre los adoquines o flotando en el Sena.

La masacre, con el asesinato de Gaspard de Coligny arriba a la izquierda, tal como se representa en un fresco de Giorgio Vasari

La masacre, con el asesinato de Gaspard de Coligny arriba a la izquierda, tal como se representa en un fresco de Giorgio Vasari

La violencia no terminó en París. En las semanas siguientes se extendió a numerosas ciudades francesas, como Orleans, Lyon, Burdeos, Toulouse o Ruan. Las cifras siguen siendo discutidas. La mayoría de los especialistas calcula que solo en París pudieron morir entre dos mil y tres mil personas, mientras que el balance total en toda Francia probablemente osciló entre cinco mil y diez mil víctimas, aunque algunas fuentes de la época elevaron mucho más esas cifras. En cualquier caso, fue una de las mayores matanzas religiosas del siglo XVI.

Una tragedia profundamente europea

Es importante recordar que el siglo XVI fue una época marcada por la intolerancia religiosa en prácticamente toda Europa. Católicos y protestantes se persiguieron mutuamente, dependiendo del territorio y del momento histórico.

En Inglaterra, los católicos sufrieron una dura represión bajo Isabel I; en los territorios alemanes, las guerras confesionales devastaron regiones enteras; décadas más tarde, la guerra de los Treinta Años dejaría millones de muertos. La matanza de San Bartolomé no fue, por tanto, una excepción aislada, sino uno de los episodios más extremos de un conflicto que atravesaba todo el continente. Sin embargo, precisamente por su magnitud, causó una enorme conmoción.

La noticia recorrió Europa con rapidez gracias a embajadores, comerciantes e impresores. Los Estados protestantes la utilizaron inmediatamente como prueba de la brutalidad de la monarquía francesa. Las relaciones diplomáticas se tensaron y la imagen internacional de Francia sufrió un importante deterioro. Pero aquel impacto no tendría la misma duración que el relato construido contra España.

¿Por qué recordamos unas atrocidades y olvidamos otras?

Aquí comienza una de las cuestiones más interesantes para comprender la historia de la Leyenda Negra. La Monarquía Hispánica también protagonizó episodios violentos. Nadie puede negar la existencia de la Inquisición, de abusos en la conquista de América o de una dura represión en determinados momentos. Sería absurdo sostener lo contrario.

La pregunta que nos hacemos los historiadores no es si España cometió errores o actos de violencia –como hicieron todas las grandes potencias de la época–, sino por qué esos episodios terminaron convirtiéndose en el gran símbolo universal del fanatismo, mientras otros, igualmente sangrientos, fueron desapareciendo del imaginario colectivo europeo. La respuesta tiene mucho que ver con la propaganda.

Durante los siglos XVI y XVII, los enemigos de la Monarquía Hispánica comprendieron que el combate no solo se libraba en los campos de batalla, sino también en los talleres de impresión. Panfletos, grabados, relaciones de sucesos y libelos comenzaron a difundir una imagen de los españoles como un pueblo excepcionalmente cruel, intolerante y sanguinario.

Autores como John Foxe, en Inglaterra, o Guillermo de Orange, en los Países Bajos, alimentaron un relato que sería retomado y amplificado durante la Ilustración por numerosos escritores franceses.

No inventaron todos los hechos. Lo que hicieron fue seleccionarlos, exagerarlos en ocasiones y convertirlos en la esencia misma de España, mientras episodios semejantes ocurridos en otros países quedaban relegados a la categoría de tragedias nacionales.

"Parecían meras sombras oscuras mientras se deslizaban por las paredes", ilustración de una Historia de Francia en inglés

«Parecían meras sombras oscuras mientras se deslizaban por las paredes», ilustración de una Historia de Francia en inglés

La matanza de San Bartolomé es un ejemplo perfecto. Nadie identifica hoy a Francia con aquella jornada de agosto de 1572. Nadie define la historia francesa exclusivamente a partir de ese episodio. Forma parte de su pasado, pero no determina la imagen internacional del país. Sin embargo, con España ocurrió algo muy distinto.

La victoria más duradera de la propaganda

Quizá la mayor fuerza de la Leyenda Negra no residiera en inventar acontecimientos inexistentes, sino en construir un relato extraordinariamente eficaz. Un relato capaz de fijar en la memoria colectiva unos hechos y relegar otros al olvido.

Cinco siglos después, millones de europeos conocen la existencia de la Inquisición española, pero muy pocos serían capaces de explicar qué ocurrió durante la matanza de San Bartolomé. Del mismo modo, abundan las referencias a los abusos de la conquista americana, mientras apenas se recuerda que la intolerancia religiosa, las persecuciones confesionales o las matanzas de civiles fueron fenómenos comunes en la Europa de la Edad Moderna.

Auto de fe en una localidad del Virreinato de Nueva España en el siglo XVIII

Auto de fe en una localidad del Virreinato de Nueva España en el siglo XVIII

Comprender esta realidad no implica blanquear la historia de España ni negar sus sombras. Significa, sencillamente, situarlas en su contexto y compararlas con el resto de Europa. La historia no consiste en repartir certificados de inocencia o culpabilidad, sino en comprender por qué unos acontecimientos permanecen vivos durante siglos mientras otros, igualmente decisivos, terminan desapareciendo de la memoria colectiva.

La madrugada del 24 de agosto de 1572 demuestra que el fanatismo religioso fue una tragedia europea. Sin embargo, la batalla por el relato consiguió que, durante generaciones, solo una nación cargara con buena parte de ese peso simbólico. Y quizá esa sea, precisamente, la victoria más duradera de la Leyenda Negra.

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