Oficiales españoles hechos prisioneros tras el Desastre de Annual
La «cabila del hambre»: así fue el cautiverio español en el Rif después del desastre de Annual
Durante décadas creímos que el cautiverio español en el Rif terminó con los supervivientes de Annual. Sin embargo, centenares de soldados volvieron a caer prisioneros entre 1924 y 1926. Su historia permaneció casi olvidada
En mayo de 1926, una mujer gallega tomó papel y pluma para escribir una carta insólita. No iba dirigida al Gobierno español ni a un ministro ni siquiera a un general destinado en Marruecos. Su destinatario era Abd el-Krim.
María Failde solo pedía recuperar a su marido, Alfonso Penas Camoiras, sargento de Caballería: «En usted, señor, está mi felicidad y mi vida», le escribió con la esperanza de que el líder rifeño accediera a devolverle al hombre con quien había formado una familia.
Lo que María ignoraba era que Alfonso había muerto semanas antes en un remoto campo de prisioneros en el Rif. Mientras aquella carta emprendía un viaje imposible, su destinatario nunca cumpliría aquella súplica.
La historia de María no pertenece al desastre de Annual. Forma parte de otra historia mucho menos conocida: la de los centenares de españoles capturados por las fuerzas de Abd el-Krim durante las campañas de 1924, 1925 y 1926. Una historia que apenas ocupa unas páginas en los libros dedicados a la Guerra del Rif y que, sin embargo, permite comprender mejor la dureza de un conflicto que marcó profundamente a varias generaciones de españoles.
Cuando se habla de los prisioneros de Marruecos, la memoria colectiva se detiene casi siempre en Annual. Las imágenes de los supervivientes regresando a España en enero de 1923 forman parte de nuestro imaginario histórico. Aquellos hombres habían soportado dieciocho meses de cautiverio tras el derrumbe de la Comandancia General de Melilla, y su liberación fue seguida con enorme expectación por la opinión pública. Aquello parecía el final de una tragedia. Pero la guerra continuó. Y con ella comenzaron nuevos cautiverios.
Las campañas emprendidas por el Ejército español en el otoño de 1924 volvieron a generar prisioneros. Estos ya no fueron consecuencia de un gran desastre militar, sino de una guerra mucho más compleja: repliegue de campamentos en el sector occidental del territorio, emboscadas durante las marchas, posiciones aisladas que resistían hasta agotar la munición, convoyes sorprendidos en los barrancos o pequeños blocaos incapaces de recibir auxilio a tiempo.
Miembros españoles en la expedición de Annual.
Los nuevos cautivos fueron cayendo poco a poco, casi silenciosamente. Esa circunstancia explica en parte que su historia haya quedado en un discreto segundo plano. Mientras el rescate de los prisioneros de Annual concentró durante meses la atención política y periodística, los capturados en la fase final de la guerra aparecieron de forma mucho más fragmentaria. El interés público se desplazó progresivamente hacia la evolución de las operaciones militares y hacia las expectativas de una victoria definitiva. Con el paso del tiempo, aquellos hombres fueron desapareciendo también del relato histórico.
Sin embargo, los documentos conservados en los archivos permiten reconstruir hoy aquella realidad con bastante precisión. Una de las diferencias fundamentales respecto a 1921 fue la organización del cautiverio. Los prisioneros ya no permanecieron reunidos en grandes grupos, sino dispersos por distintos campamentos del Rif.
Esa distribución dificultó el conocimiento de su situación y los dejó completamente a merced de quienes los custodiaban. Las condiciones variaban de un lugar a otro, pero los testimonios coinciden en señalar tres enemigos constantes: el hambre, la enfermedad y el agotamiento físico. Las declaraciones prestadas por los supervivientes tras su liberación dibujan un panorama estremecedor. Muchos sobrevivían con una torta de cebada al día o con un puñado de garbanzos cocidos. La disentería y el tifus hicieron estragos. A ello se sumaban trabajos forzados, largas marchas por las montañas y frecuentes malos tratos.
La situación empeoró todavía más tras el desembarco de Alhucemas, en septiembre de 1925. Ante el avance de las tropas hispanofrancesas, numerosos prisioneros fueron trasladados apresuradamente por las montañas rifeñas. Los enfermos apenas podían seguir el ritmo.
Algunos fueron abandonados durante la marcha. Otros murieron a consecuencia de las palizas o de las enfermedades. Los propios cautivos llegaron a bautizar uno de aquellos campamentos con un nombre tan elocuente como desolador: «la cabila del hambre», en referencia a Ait Kamara.
A pesar de todo, el cautiverio también dejó espacio para la solidaridad. Las declaraciones de los supervivientes recuerdan una y otra vez a quienes sostuvieron la moral de sus compañeros cuando todo parecía perdido.
El teniente Miguel Arnaldo, el sargento Juan Pardo, el cabo Melchor Amate, los soldados José Novao y Juan Casado y el paisano Antonio Rojano Ruiz fueron citados repetidamente por los propios prisioneros por compartir alimentos, atender a los enfermos o asumir los trabajos más duros para aliviar a quienes ya no podían mantenerse en pie.
La prensa de la época añadió otro nombre: el del sargento de Ingenieros José García Marco, cuya conducta fue calificada de «heroica» por quienes compartieron con él aquellos meses de hambre y enfermedad. En medio de la deshumanización del cautiverio, esos pequeños gestos de fraternidad fueron, para muchos, la diferencia entre conservar la esperanza y abandonarse a la desesperación.
El empresario Horacio Echevarrieta y el líder rifeño Abd el-Krim, durante la reunión que mantuvieron ambos en 1923 para negociar la liberación de cientos de prisioneros españoles tras el desastre de Annual
Resulta significativo que, cuando los supervivientes declararon ante el juez militar en Melilla, muchos aprovecharan su testimonio no solo para relatar los sufrimientos padecidos, sino también para dejar constancia del comportamiento ejemplar de algunos compañeros. Entre tanto dolor, sintieron la necesidad de que aquellos nombres no se perdieran.
Las gestiones para ayudar a los prisioneros tampoco cesaron. Diplomáticos, intermediarios franceses, asociaciones benéficas y miembros de la colonia española en Rabat intentaron hacerles llegar alimentos, medicamentos y correspondencia. No siempre lo consiguieron. Muchos convoyes nunca alcanzaron su destino. Pero las cartas que en algún momento del cautiverio sí llegaron permitieron mantener vivo un hilo de esperanza entre quienes llevaban meses –o años– sin noticias de sus familias.
La de María Failde fue una de ellas. Su súplica dirigida a Abd el-Krim resume como pocas el drama de tantas familias españolas. No contiene reproches ni consignas políticas. Solo la petición desesperada de una esposa que aún confiaba en volver a abrazar a su marido. La posibilidad de que esa esperanza se cumpliera había desaparecido mucho antes de que la carta llegara al Rif.
La Tragedia del Monte Arruit. La Esfera. 1921
La rendición de Abd el-Krim, en mayo de 1926, permitió finalmente la liberación de los supervivientes. Sus declaraciones ante la jurisdicción militar, junto con la documentación diplomática conservada, hacen posible reconstruir hoy una parte de la guerra que apenas había sido estudiada. Gracias a esta documentación sabemos que el cautiverio no terminó con Annual y que centenares de españoles compartieron, en los años siguientes, una experiencia marcada por el hambre, la enfermedad, el miedo y la incertidumbre.
La historia de los prisioneros de Annual ocupa, con razón, un lugar destacado en la memoria colectiva española. Mucho menos conocida es la de quienes fueron capturados durante las campañas posteriores. Incorporar hoy sus voces y sus experiencias no corrige nuestra historia de la Guerra del Rif: simplemente la hace más completa. Y, con ella, también más verdadera.