Ceuta y Melilla, suspiros de España
Es bastante ingenuo pensar que, en caso de conflicto con Marruecos, vayamos a recibir algún tipo de ayuda por parte de EE.UU. o del resto de aliados de la OTAN. Ahí tenemos el ejemplo de Perejil
Pocos territorios hay en España donde se respire más españolidad que en Ceuta y en Melilla. Y es que, cuanto más amenazada se ve una identidad, con más fuerza se reafirma. Y por ello debemos alzar la voz por ellos. La cuestión de su soberanía es clara. Su pertenencia a España no solo precede a cualquier realidad política que se pueda identificar con el país alauita, sino que es anterior incluso al surgimiento del islam.
El inicio de la presencia española se suele establecer en el siglo XVI, pero data de mucho antes. Melilla pasó a la corona española de forma definitiva en 1497, mientras que Ceuta lo hizo en 1580, tras la unión dinástica con Portugal. Pero esto que nos suelen presentar como conquistas, en realidad fueron reconquistas. Ceuta y Melilla eran territorios españoles y cristianos antes de que llegasen las invasiones musulmanas.
Tanto Ceuta (Septem) como Melilla (Rusaddir) estuvieron vinculadas a la Hispania romana y, tras una breve ocupación por parte de tropas bizantinas, fueron recuperadas por el rey visigodo Sisebuto en el 614 y 615. Si tenemos en cuenta que España nace como unidad territorial, política y religiosa mediante el Concilio de Toledo con Recaredo en el 589, podemos afirmar que Ceuta y Melilla son parte de España desde el 615.
Es decir, Ceuta y Melilla pasaron a formar parte de España 1151 años antes de que naciese la dinastía Alauí (1666), que es la que reina hoy en Marruecos y 1341 años antes de que naciese el Marruecos moderno (1956). Incluso si damos por válida la más que cuestionable fecha que usan algunos marroquíes del año 788 como fundación del Marruecos histórico, la españolidad de Ceuta y Melilla precede también a esa fecha.
Y a pesar de esto, Ceuta y Melila siguen siendo calificadas constantemente como colonias, mientras que Europa está llena de territorios cuya soberanía cambió hace mucho menos tiempo y nadie las define de este modo ni exige su devolución. Nadie plantea hoy la entrega de Niza a Italia, de Kaliningrado a Alemania o de Transilvania a Hungría.
Pero es que, detrás de esas reclamaciones, hay motivaciones no tan visibles. El reciente interés de la administración americana por controlar los pasos de estrangulamiento marítimo ha puesto al Estrecho de Gibraltar, puerta entre el Mediterráneo y el Atlántico, en su punto de mira.
Desde que Trump volvió a la Casa Blanca, EE.UU. ha reforzado su control en el Canal de Panamá, ha aumentado su presencia en el Estrecho de Malaca y ha ido a una guerra con Irán para controlar el Estrecho de Ormuz. Y parece que no tienen interés en dejar en manos de los europeos el control de territorios estratégicos, como hemos visto con el caso de Groenlandia.
Además, hay que enmarcar toda esta estrategia geopolítica, disfrazada de crisis migratoria, dentro de los Acuerdos de Abraham, firmados en 2020 y los cuales llevaron a Marruecos a normalizar su relación con Israel. A cambio, EE.UU. reconoció la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental y probablemente también se discutiese en ellos la cuestión de Ceuta y Melilla.
Por ello es bastante ingenuo pensar que, en caso de conflicto con Marruecos, vamos a recibir algún tipo de ayuda por parte de EE.UU. o, incluso, por parte del resto de aliados de la OTAN. Ahí tenemos el ejemplo de Perejil, donde EE.UU. y Francia se posicionaron del lado marroquí.
Debemos ser los propios españoles los que tomemos la iniciativa para defender Ceuta y Melilla, cada uno desde su posición, dando a conocer su historia, visitándolas, exigiendo medidas a nuestros políticos... Por interés propio, ya que su posición estratégica es incuestionable, pero también porque se lo debemos a nuestros antepasados, que con tanta sangre regaron aquellas tierras para que siguieran siendo suspiros vivos que afirman, desde el otro lado del Estrecho, que España también está en África.
- Julián Pérez Solana es analista económico