Manuel Serrano

Ceuta es memoria

La historia no olvida, tiene memoria, no descuida los hechos, investiga las causas y las conductas. Por eso es y se llama historia, y como tal historia siempre averigua cuál es esa ganancia

Madrid

Cientos de personas durante una concentración en solidaridad con Ceuta, a 2 de septiembre de 2026, en Valencia, Comunidad Valenciana (España). Coincidiendo con el Día de Ceuta, más de 260 municipios españoles han sido convocados para mostrar su apoyo al pueblo ceutí ante la crisis migratoria provocada por la entrada de más de 70.000 migrantes por la frontera con Marruecos. Las movilizaciones responden a la iniciativa 'Por Ceuta', respaldada por la Federación Española de Municipios y Provincias.

Rober Solsona / Europa Press
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02/9/2026

Cientos de personas durante una concentración en solidaridad con Ceuta, a 2 de septiembre de 2026Europa Press

El destino ha hecho que muchos ceutíes, como el que escribe, se hayan dispersado por otras ciudades españolas, igual que cualquier ciudadano natural de otra ciudad asentada en el territorio español. Lo que diferencia –como generalidad– a un ceutí de otro español es un leve toque de amor a la patria, solo un pequeño matiz, pero que pesa en la memoria, porque nos sabemos ciudadanos de otra clase en cuanto al sentimiento y la decisión de ser españoles. Por eso, empezaré por el principio.

La civilización occidental actual de Ceuta fue obra de Portugal en el siglo XV, casi ochenta años antes del descubrimiento de las Indias trasatlánticas por Colón. De ahí proceden las Murallas Reales, que tanto se han mostrado en los recientes reportajes sobre Ceuta y que eran como una extensión de mi casa durante mi infancia y juventud, tan presentes estaban en mi día a día.

Allí se instaló una capilla que da nombre al Puente del Cristo, guardián de la ciudad situado justo antes del puente levadizo que separaba Ceuta del «campo» y que permanecía elevado, como única frontera, desde el anochecer hasta el amanecer.

Un recuerdo indeleble de mi infancia era el cañonazo de aviso, que había quedado tantísimos años después como memoria colectiva del momento en que, al anochecer, se avisaba de la retirada del puente y de la posibilidad de entrar y salir de la ciudad.

Los ceutíes, que heredaron en la muralla la hornacina del Cristo de los Afligidos de los portugueses, lo han custodiado durante 500 años, así como la ciudad, que pasó a España –después de la unión temporal de todos los reinos peninsulares con Felipe II– por decisión democrática de los ceutíes en el siglo XVII, que eligieron en referéndum pertenecer al Reino de España.

Tanta es la devoción a ese Cristo que recuerdo que nunca faltaba entonces el aroma amoroso de rosas y claveles que los ceutíes depositaban entre las rejas de la capillita. Ahora se amplía el oratorio y se restaura la imagen. A veces parecía que sonreía y otras que lloraba cuando oía las plegarias de los que, arrodillados en los reclinatorios de piedra gris, oraban por sus penas. Ese Cristo, que mira a Ceuta desde hace cinco siglos, lo dejaron nuestros hermanos portugueses como un regalo a la ciudad.

Por eso y por muchas más cosas, los ceutíes, respetuosos con la historia, nunca han renunciado a su bandera, que ostenta el escudo de Portugal (el mismo que está en su propia bandera) sobre los ocho triángulos blancos y negros, confluentes en el centro, que son, a su vez, los mismos colores que lucen en el fondo de la bandera de Lisboa.

Cada vez que un ceutí contempla la bandera de su ciudad, un escalofrío recorre su espina dorsal –como tantos experimentaron en la manifestación del Día de Ceuta en ciudades y pueblos de España–, porque esa identidad es voluntaria y plenamente española; y, lo mismo que hace casi 500 años se votó en el referéndum en Ceuta, se volvería a votar una y mil veces. Ser ceutí es llevar el sello de ser español en el corazón. La memoria se me estremece cada vez que resuena el nombre de Ceuta fuera de Ceuta. Como esas lágrimas que asoman cuando lo escribe Dante en la Divina comedia.

Es un hecho indudable que esa tierra ceutí fue gobernada por las mismas tribus bereberes y otras sucesivas que pasaron durante varios siglos a la península ibérica en hordas conquistadoras: omeyas, almorávides y almohades.

Que fueran dinastías islámicas las que ostentaran el gobierno de la ciudad no justifica una imposible devolución a un reino que es de instauración posterior, aunque se pueda argumentar una unidad territorial. Mucho más flagrante es el insulto histórico del enclave de Gibraltar, y ahí está.

Durante la historia, Ceuta ha sido fenicia (Abyla), griega (Hepta Adelphoi) y romana (Septem Fratres), y ya era considerada por Roma como la Hispania africana en términos de civilización y comercio. Cuando en la nostalgia de la juventud yo miraba fijamente al horizonte de la bahía sur, desde donde se ven los montes altos del Atlas, me preguntaba si aquellas almadrabas tendidas en el mar nos las habíamos inventado nosotros; pero después supe que estaban allí, como en Bolonia y Barbate, al oeste de Tarifa, desde que los romanos las instalaron para la pesca del atún, que tiene allí su paso ancestral en primavera.

En Ceuta hemos sido educados mirando al norte, mirando a la península ibérica, de donde tantos trajeron su sangre y adonde tantos dimos la nuestra. Al amanecer, cuando la gente sale a la calle para ir a su trabajo o al colegio, como en mi infancia y juventud, es muy raro no echar una mirada, casi inconsciente, automática, al otro lado del estrecho, donde sobresale el peñón en la orilla opuesta.

Y, en las noches claras, ver a lo lejos las luces de la bahía de Algeciras es una esperanza de unión de las dos orillas. Miramos al otro lado y, cuando cruzamos el mar con la certeza de ir a nuestra casa, nos encontramos con gente con la misma historia y la misma cultura que nos espera abrazándonos como suyos; allí, nuestra familia –la que se quedó o la del que, con el devenir del tiempo, se fue a buscar su trabajo y su vida– genera una unión inalterable entre los dos lados del estrecho.

Algunos pasos de la Semana Santa, en algún momento, al pasar por el Puente de la Almina, se giraban a mirar a nuestra tierra del otro lado. Esa emoción se evoca por mi memoria ahora, tantísimos años después. Una mirada hacia el norte, iluminada por la luna llena de la Pascua, era como una oración de adopción, para que nunca se acabara el cuidado de la patria sobre Ceuta, para que nadie se atreviera a ponerla en duda.

Éramos entonces lo que ahora somos, españoles ansiosos de patria, y el devenir de la historia ha hecho posible lo que nunca parecía que fuera a ocurrir: el olvido de un gobernante español que llama a Ceuta «vuestra ciudad», es decir, no la considera cosa suya. Con eso quiso decir que no la defenderá.

Hay que tener memoria. La memoria es lo que hace que lo que vivimos tenga un valor. Los ceutíes tenemos memoria. La memoria de viajar a través del estrecho, en un ferri cargado de personas que iban o volvían, que se llamaba Virgen de África, gracias al que muchos pudimos integrarnos en universidades, trabajos, familias, fundirnos en la sociedad madre, en España, y llevar la memoria de nuestra Ceuta, donde nos formamos, educamos, aprendimos a amar y a mirar con cariño a todo lo que afectara a nuestra patria. Pero la gran dureza del desengaño actual es sentir que hoy no hay una correspondencia institucional a la altura de lo que los ceutíes siempre han esperado.

La historia no puede dejar de evocar paralelismos. El hoy y ahora de Ceuta es una situación histórica que surge de una intrusión y una invasión. Muchos millares de intrusos, animados por alguna incierta y falaz promesa y que esperan cualquier cosa del futuro, se han aventurado, manipulados como se conduce a una manada o a un rebaño, igual que sucedió en el año 711, a invadir una tierra que no es suya.

El conde D. Julián, gobernador de Ceuta, facilitó el paso a las huestes de Tarik y Muza. Entonces alcanzaron a ocupar toda la península, hasta Asturias. Es como si se hubieran destruido las cadenas que levantaban el puente del Cristo y se hubiera esfumado toda frontera.

Y, lo peor, como si esa rotura de las cadenas protectoras la hubiera hecho uno de los nuestros. Pudiera ser que un conde D. Julián redivivo haya abierto de nuevo la puerta de la ciudad y proporcionado el modo de asentarse en un territorio que no les pertenece.

Ese D. Julián, como aquel del siglo VIII, tiene algo que ganar. La historia no olvida, tiene memoria, no descuida los hechos, investiga las causas y las conductas. Por eso es y se llama historia, y como tal historia siempre averigua cuál es esa ganancia. D. Julián odiaba, odiaba algo, no se supo bien qué fue, o acaso, resentido, le pudo una envidia oculta en el corazón. Por eso facilitó la invasión de España y no hizo nada.

  • Manuel Serrano Martínez es médico y escritor.
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