La batalla de Carras, en la que las legiones romanas al mando del general Craso fueron derrotadas por los partos

La batalla de Carras, en la que las legiones romanas al mando del general Craso fueron derrotadas por los partos

La batalla de Carras: el craso error que provocó una de las mayores derrotas de Roma

El triunviro Marco Licinio Craso vio la oportunidad de conquistar la gloria que todavía le faltaba, pero su ambición acabaría conduciéndolo a una de las mayores derrotas de la historia romana

Partos y romanos se convirtieron en grandes potencias rivales por el control de Oriente, con el Éufrates como frontera. Tras la derrota de Armenia frente a Roma, las tensiones aumentaron. En la capital, los tres miembros del triunvirato, Julio César, Pompeyo y Craso, se repartían el poder de Roma, mientras Craso ponía sus ojos en Partia.

Marco Licinio Craso era uno de los hombres más ricos y poderosos de la Roma del siglo I a. C. Había hecho gran parte de su fortuna aprovechándose de las guerras y de la compra de propiedades confiscadas, y también había ganado prestigio militar al derrotar a Espartaco durante la rebelión de los esclavos.

Sin embargo, siempre quedó a la sombra de Pompeyo, que recibió mayores honores por aquella victoria. Ambicioso y deseoso de aumentar su poder político y militar, Craso buscaba en Partia la oportunidad de conseguir la gloria que todavía le faltaba.

Craso llegó a Siria en el 54 a. C. y comenzó su campaña contra Partia con facilidad, conquistando varias ciudades al otro lado del Éufrates. Convencido de que la victoria sería sencilla, se retiró a Siria durante el invierno, dando tiempo a los partos para organizarse.

El rey armenio Artavasdes le ofreció una ruta alternativa y refuerzos, pero Craso rechazó la ayuda. Finalmente cruzó el Éufrates y avanzó hacia Mesopotamia, mientras el ejército parto, dirigido por el general Surena, se preparaba para enfrentarlo.

Mapa de la batalla de Carras

Mapa de la batalla de Carras

El choque entre ambos ejércitos llegó en Carras, ciudad ubicada en el punto de unión de dos importantes rutas de caravanas. Los romanos, acostumbrados a combatir contra ejércitos de infantería, se encontraron con una fuerza basada en la movilidad: miles de arqueros a caballo, capaces de atacar desde la distancia, y catafractos, jinetes pesadamente armados.

Surena rodeó a las legiones y comenzó a hostigarlas con sus arqueros, que podían disparar incluso mientras se alejaban. Los romanos intentaron avanzar, pero no conseguían acercarse al enemigo. Craso envió entonces a su hijo Publio con la caballería para perseguir a los partos, que fingieron retirarse. Publio cayó en la trampa: quedó aislado del ejército principal y fue rodeado. Tras una dura lucha, murió junto a sus hombres.

Muerte de Craso

Muerte de Craso

La muerte de Publio hundió la moral romana. Al día siguiente, Surena volvió a atacar al ejército de Craso y terminó derrotándolo. Los romanos intentaron retirarse hacia Carras y después hacia Armenia, pero sufrieron nuevas pérdidas. Craso acabó muriendo durante unas negociaciones con los partos. La batalla terminó con una de las mayores derrotas militares de Roma: miles de soldados murieron y otros fueron capturados.

Craso aceptó reunirse con Surena para negociar la paz, pero probablemente se trataba de una trampa. Los partos llevaron un caballo para que Craso montara y, cuando intentó hacerlo, el animal se desbocó y comenzó una pelea. Craso fue asesinado, y los partos le cortaron la cabeza y la mano derecha.

Tras su muerte surgieron dos historias que convirtieron el final de Craso en una escena casi teatral. La primera cuenta que los partos le echaron oro fundido en la boca, como castigo por su conocida avaricia. La historia aparece en las fuentes antiguas, pero no parece ser un hecho histórico: probablemente se trataba de una leyenda moralizante.

La segunda es todavía más macabra. Según Plutarco, la cabeza cortada de Craso fue llevada ante el rey parto Orodes mientras en la corte se representaba Las bacantes, de Eurípides, para ser usada en la representación.

Carras fue una de las derrotas más devastadoras sufridas por Roma. Los supervivientes consiguieron regresar a Siria en pequeños grupos y por sus propios medios. El destino de quienes fueron hechos prisioneros sigue siendo incierto, y con el tiempo pasaron a ser conocidos como la legión perdida.

Craso había partido en busca de «la gloria de Alejandro», pero terminó perdiéndolo todo: su reputación, su ejército, su hijo y, finalmente, su propia vida. Tampoco el vencedor, el general parto Surena, disfrutaría durante mucho tiempo de su triunfo: al año siguiente, el rey Orodes II, sintiéndose amenazado por el creciente poder e influencia de su general, ordenó su ejecución.

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