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Muerte de Marco Licinio Craso

Muerte de Marco Licinio Craso

Cómo Marco Licinio Craso se convirtió en el hombre más rico de Roma

Cuenta la leyenda que tras su fracaso en Partia, Craso fue capturado vivo y asesinado al verter oro fundido por su garganta, símbolo de su insaciable sed de riqueza

En el siglo I a. C., a finales de la República, hubo diversos casos de enriquecimiento personal meteórico, favorecidos por las guerras de conquista, las proscripciones y la especulación económica, como recoge la historiografía moderna. No en vano, el historiador Tito Livio expresó que en aquella época «las riquezas han engendrado avaricia y los abundantes placeres, el deseo de lujo».

Este fue el caso de Marco Licinio Craso, apodado como «el Rico». Y es que su habilidad para los negocios lo convirtió en una de las personas más adineradas de la República. Su sed de riqueza, como destaca Plutarco en Vida de Craso, estuvo acompañada de una ambición militar y política que lo llevó a asociarse con figuras como Pompeyo Magno y Julio César, en su empeño por alcanzar una gloria comparable a la de sus contemporáneos.

El actor Laurence Olivier interpretando a Marco Licinio Craso en la película 'Espartaco' (1960)

El actor Laurence Olivier interpretando a Marco Licinio Craso en la película 'Espartaco' (1960)

En aquel período, una época de guerras civiles, la fortuna de los romanos cambiaba de forma radical según el partido que se apoyara. Y Licinio Craso supo elegir bien: contribuyó a la victoria de Sila, caudillo militar de la oligarquía senatorial, contra Cayo Mario, dirigente de los populares, que querían acabar con el dominio de las élites.

Craso lideró el ala derecha de las tropas de Sila durante la batalla de Puerta Colina, en el 82 a. C., el combate final ante las murallas de Roma, y logró la victoria final, persiguiendo hasta la confluencia de los ríos Tíber y Aniene al enemigo. En agradecimiento, Sila dejó que Craso fuese uno de los primeros beneficiarios de las proscripciones, es decir, los bienes confiscados a los seguidores de su rival.

«Después de la victoria, Craso también aprovechó la oportunidad para incrementar enormemente su riqueza personal mediante la confiscación de los bienes de los enemigos declarados del Estado, que incluía propiedades, riquezas y una gran cantidad de esclavos», asegura el historiador Mark Cartwright en World History Encyclopedia.

Plutarco indicó que, al comienzo de la guerra, comenzó con 300 talentos, que en poco tiempo convirtió en 7.100, convirtiéndose en el hombre más rico de Roma; una fortuna que solo conseguiría igualar su rival, Pompeyo, y que fue superada tres décadas más tarde por el emperador César Augusto.

«Pero Craso no era solo un oportunista; tenía verdadero olfato para los negocios y fue muy hábil a la hora de aumentar su patrimonio», indica el historiador Andrea Frediani en un artículo publicado en National Geographic. Así, aprovechó los incendios que se extendían en Roma: «Cuando un bloque se incendiaba, los propietarios de los edificios adyacentes solían malvender los suyos por miedo a que se derrumbaran, y entonces Craso compraba lo que quedaba de los inmuebles», explica el historiador italiano.

Fue así como se adueñó de gran parte de Roma, relata Plutarco en Vida de Craso. Paralelamente, consiguió reunir a más de 500 esclavos arquitectos y albañiles, «a los que hacía reconstruir los edificios para luego revenderlos a precios elevados sin haber tenido que pagar a ningún trabajador», comenta Frediani.

Crucificó a 6.000 esclavos de Espartaco

A pesar de su gran fortuna, también codiciaba la gloria militar, y «la rebelión de esclavos a principios de la década del 70 a. C., dirigida por el gladiador tracio Espartaco, le brindaría a Craso, hecho pretor en el año 73 a. C., la oportunidad de mostrar su fuerza militar y ganar más prestigio con el pueblo romano», señala Cartwright.

Hartos de que su muerte sirviese de entretenimiento para otros, Espartaco y un grupo de compañeros lograron escapar de la escuela de gladiadores (ludus) donde recibían entrenamiento para los combates armados. Y, dirigiéndose hacia el sur, fueron armándose y liberando a los esclavos que encontraban a su paso: llegaron a reunir un ejército de unas 70.000 personas.

«Para el año 71 a. C., Craso intentó sin éxito arrinconar a Espartaco en Brucio, donde su lugarteniente Mummio ignoró las órdenes de Craso y atacó abiertamente al ejército de esclavos con dos legiones; fue derrotado e incluso obligado a abandonar las armas. Como respuesta a este revés, Craso empleó el antiguo castigo de la decimatio a una sección de 500 hombres de las fuerzas de Mummio, donde uno de cada diez legionarios fue asesinado por sus compañeros a la vista de todo el ejército», relata el historiador inglés.

Más tarde, con una fuerza de ocho legiones, Craso logró arrinconar en Lucania a Espartaco, «donde finalmente derrotó al ejército de esclavos y crucificó a 6.000 de los supervivientes a lo largo de la Vía Apia», comenta Cartwright.

Sin embargo, quien se llevó la gloria de esta victoria fue su gran rival, Pompeyo, quien, al regresar de Hispania, acabó con los esclavos que lograron escapar de la batalla. «Fue Pompeyo quien recibió el honor de un triunfo, mientras que a Craso se le dio una ovación menor», detalla el también director de publicaciones de World History Encyclopedia.

'El campo maldito' (esclavos ejecutados), obra de Fiódor Brónnikov

'El campo maldito' (esclavos ejecutados), obra de Fiódor Brónnikov

Uno de los tres amos de Roma

A pesar de su rivalidad, ambos acabarían siendo nombrados cónsules en el año 70 a. C., «una oportunidad que Craso aprovechó para incrementar aún más su riqueza e influencia», resalta el historiador inglés. Así fue ascendiendo poco a poco en la escena política hasta que Julio César convenció a Craso de resolver sus diferencias con Pompeyo para que ambos apoyaran su intento de convertirse en cónsul, lo cual logró en el año 59 a. C.

Esta alianza fue muy lucrativa para todos y pasó a ser conocida como Primer Triunvirato. Craso se benefició de la ley que aprobó César a cambio de su apoyo: eliminó un tercio del dinero en deuda por contratistas públicos en Asia, «una medida que incrementó aún más la ya legendaria fortuna de Craso».

Sin embargo, hacia el año 55 a. C., Craso decidió aventurarse en una campaña militar innecesaria en Siria que terminaría siendo su final: la conquista de Partia, un gran reino que se extendía más allá de Armenia. «El Imperio parto nunca había causado problemas y los romanos no aprobaban esa guerra, pero ello no impidió que Craso partiese hacia su última empresa», recoge Andrea Frediani.

Así, en la primavera del año 53 a. C., puso rumbo a Siria al mando de siete legiones confiadas en la victoria. Sin embargo, Craso tenía 60 años y llevaba 16 sin tomar servicio activo, algo que se reflejó durante la batalla: «Craso fue derrotado cerca de Carras. Sin suficiente caballería y apoyo logístico, obstaculizado por la falta de planificación de la campaña para el duro terreno desértico, y sufriendo de traición local, las legiones no fueron capaces de enfrentarse adecuadamente a los 10.000 arqueros montados de Orodes II, el rey parto», explica Mark Cartwright.

El ejército de Craso acabó rodeado, atrapado y forzado a rendir sus armas. En cuanto al viejo comandante, Dion Casio relata –entre leyenda y verdad– que los partos le capturaron vivo y vertieron oro fundido por su garganta para acabar con su vida, una acción que quiso reflejar que su insaciable sed de riqueza terminó acabando con él mismo.

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