Atleta Narciso estrangulando a Comodo. Grabado de G. Mochetti según B. Pinelli.
Del asesinato de Cómodo a la muerte de Pértinax: la crisis que sacudió Roma en el año 192
En la última noche del año 192, Roma asistió al fin sangriento de Cómodo y al breve reinado de Pértinax. La inestabilidad del poder imperial quedó al desnudo entre conjuras y espadas
El mes de diciembre del año 192 se presentó muy convulso en Roma. El emperador Cómodo, hijo y sucesor de Marco Aurelio, llevaba doce años en el poder, y muchos en la corte y en el Senado no estaban dispuestos a seguir bajo su yugo. Cómodo, como otros emperadores antes y después que él, no adecuó su política a la dualidad del poder romano: el ejército y la Ciudad.
Cómodo pagó bien a los soldados y les concedió buenos donativa —sumas de dinero entregadas a los soldados en ocasiones especiales, como el ascenso al trono—. Pero, según cuentan testimonios como los de Dion Casio, Herodiano o la Historia Augusta, el último de los antoninos enfureció terriblemente a algunos de los sectores más poderosos de Roma, principalmente a la clase senatorial.
El emperador Cómodo abandonando la arena al frente de los gladiadores, obra de Edwin Blashfield
El prefecto del pretorio, Quinto Emilio Leto, junto al chambelán de Cómodo, el liberto Eclecto, y una de las concubinas más influyentes de la corte, Marcia, organizaron la conjura que acabó con él: el 31 de diciembre del año 192, Cómodo fue envenenado y, tras salir vivo del trance cual Mitrídates VI del Ponto, los conjurados «lo estrangularon por mediación de un atleta con el que solía entrenarse» (SHA, Comm. 17), «un tal Narciso, joven decidido y fuerte […]. Él irrumpió en la habitación del emperador, que estaba abatido por el veneno y el vino, y le apretó el cuello hasta matarlo» (Hdn. I, 17, 11).
Antes de que los soldados se alarmaran al ver sus expectativas económicas peligrar, y antes de que al Senado le diera tiempo a reaccionar, el prefecto del pretorio Leto, junto con el chambelán Eclecto y Marcia, corrieron a ofrecer el poder imperial a uno de los mejores generales de Cómodo: Publio Helvio Pértinax.
El historiador Herodiano señala que los tres conspiradores «tomaron la decisión de llamar como sucesor en el imperio a un hombre de edad avanzada y moderado», y «después de considerar diversos nombres, nadie les pareció tan capacitado como Pértinax. […] el único que quedaba con vida de los venerables consejeros dejados a Cómodo por su padre» (Hdn. II, 1, 3-4).
La noche anterior a las calendas de enero —según el calendario romano pridie kalendas Ianuarias (nuestro 31 de diciembre)— avanzaba rápido, y los conspiradores debían darse prisa para ejecutar su plan. Acompañados por soldados, Leto y Eclecto se presentaron rápidamente en la casa de Pértinax, y cuenta Herodiano que, cuando el portero les abrió y dio el aviso a su amo, este imaginó que le había llegado la hora.
Publio Helvio Pertinax
Ante la inminencia de lo que creía que era su final, el viejo general se quedó tumbado en la cama y mandó hacer pasar a los conjurados, a los que, según Herodiano, dirigió las siguientes palabras: «Desde hace mucho tiempo, todas las noches, he estado esperando este fin de mis días […]. ¿Por qué esperáis? Cumplid vosotros las órdenes y yo me veré libre de una cobarde esperanza y de un temor constantes» (Hdn. II, 1, 7).
Sea este episodio verídico o no —según la Historia Augusta, «Pértinax no rehuyó participar en un complot para matar a Cómodo del que algunos le hicieron partícipe» (SHA, Per. 4, 4)—, todos los testimonios concuerdan en el carácter honorable y justo de Pértinax, incluso en su aborrecimiento del poder.
Tras convencer al candidato de que no iban a ejecutarlo, los conspiradores condujeron a Pértinax al cuartel de la guardia pretoriana para proclamarlo allí emperador mientras extendían la noticia de que Cómodo había muerto de una apoplejía. Según se propagaba la noticia, cuentan las fuentes que la alegría y el regocijo se extendieron rápidamente por toda la ciudad: «Todo el pueblo fue presa del entusiasmo […]; si eran gente rica e importante, mayor era el motivo» (Hdn. II, 2, 3).
El primer día del año, además, se abría con toda una serie de fiestas y rituales religiosos, entre los que destacaban los votos a los dioses por la salud del Imperio y del emperador, por lo que sería un mal presagio comenzar el año sin una persona a la cabeza del Estado. La llegada de Pértinax, hombre mayor —para los estándares de la época— y moderado, fue recibida con desconfianza por los pretorianos, aun siendo acompañado de su prefecto, si bien la concentración de una gran masa de personas mitigó las pulsiones de la guardia: como magníficamente apunta Herodiano, los pretorianos habían vivido muy bien durante el reinado de Cómodo, «acostumbrados a servir a la tiranía» (Hdn. II, 2, 5).
Y continúa Herodiano: «El pueblo, sin poder contenerse, aunque los soldados todavía vacilantes estaban a la expectativa, lo proclamó Augusto, le dio el calificativo de Padre y lo honró con todos los títulos. Luego, también los soldados se unieron a las aclamaciones y saludaron a Pértinax como Augusto, aunque no lo hicieron con el mismo entusiasmo sino por la presión de la multitud que allí estaba» (Hdn. II, 2, 9).
En la Historia Augusta se hace hincapié tanto en la elevada desconfianza de los soldados hacia Pértinax como en las reservas de este hacia aquellos. Durante su mandato en Britania, en el 183, por ejemplo, había sofocado varios intentos de sedición contra Cómodo, incluso contra aquellos que pretendían hacerlo a él emperador: «Estuvo a punto de morir durante la sedición de una legión, e incluso fue dejado entre los muertos […]; las legiones eran hostiles con él por haber defendido la disciplina» (SHA, Per. 3, 8-10). Pértinax no cedió ante las presiones de las tropas, y eso le granjeó una terrible fama entre los soldados. Posiblemente esas acciones le salvaron de las purgas de Cómodo.
Áureo romano emitido durante el reinado de Pertinax.
Y más interesante aún: cuenta la Historia Augusta que, tras exigirse en el Senado que el cadáver de Cómodo fuera «arrastrado con un garfio según la costumbre de los antepasados» (SHA, Comm. 19, 2), Pértinax no lo permitió, y por orden suya «el cadáver de Cómodo fue sepultado por la noche» (SHA, Comm. 20, 1). Paradójicamente, Pértinax no tendría tanta suerte.
Los intentos de reconducir el Estado hacia un funcionamiento basado en la legalidad y el saneamiento de una economía cada vez más en crisis, especialmente tras la terrible peste que se había vivido entre los años 165 y 180, convirtieron a Pértinax no solo en blanco de la ira de los soldados, sino también de algunas facciones de la corte.
«Cuando, al día siguiente de las calendas, las estatuas de Cómodo fueron derribadas, los soldados se lamentaron […]. Por otro lado, se temía tener que militar a las órdenes de un emperador viejo. Por fin, el tercer día de las nonas, en la celebración de los Votos, los soldados quisieron llevar a los campamentos a Triario Materno Lascivio, noble senador, para ponerle al frente del Estado romano. Pero él huyó desnudo, se presentó ante Pértinax en palacio y después abandonó la ciudad. Entonces Pértinax, empujado por el miedo, confirmó todas las concesiones que Cómodo había hecho a los soldados y a los veteranos» (SHA, Per. 6, 3-6).
La situación empeoraría sobremanera en poco tiempo, e incluso algunos de los principales apoyos de Pértinax, como el prefecto del pretorio Quinto Emilio Leto, se volverían contra él. Leto, como ya había hecho con Cómodo, participaría en los complots contra Pértinax.
Tras casi tres meses en el poder, mientras pasaba revista al personal de la corte, una fuerza de trescientos soldados llegó hasta Publio Helvio Pértinax, quien se dirigió hacia ellos con un discurso. Mientras hablaba, uno de los soldados, un tal Tausio, de los tungros, «arrojó una lanza al pecho de Pértinax. Entonces él, encomendándose a Júpiter Vengador, se cubrió la cabeza con la toga y fue apuñalado por los demás» (SHA, Per. 11, 9-10).
Eclecto, el liberto que había sido chambelán de Cómodo, así como del propio Pértinax, murió junto a este último, luchando lealmente. Fue el primero de los llamados Cinco Emperadores que en 193 ocuparon el trono. «Los soldados que le mataron llevaron por la ciudad hasta el cuartel su cabeza clavada en una pica» (SHA, Per. 14, 7).
Su sucesor, Didio Juliano, el segundo de los Cinco Emperadores, que reinó de marzo a junio del año 193, «cuando encontró su cuerpo en palacio, lo enterró con todo el honor que pudo» (SHA, Per. 14, 9).
No sería hasta el último de los Cinco Emperadores, Septimio Severo —que reinó desde el 193 hasta el 211 e instauró la dinastía del mismo nombre— que se rehabilitaría la figura de Pértinax, tomando el mismo Severo su nombre, celebrándose por él un funeral conmemorativo y estableciéndose una cofradía que se ocupara de su culto: los «hermanos helvianos».
Al igual que Cómodo no pudo, no supo o no quiso conjugar su política con la dualidad ejército–Ciudad del poder romano, desequilibrando la balanza hacia el primero, así tampoco lo hizo Pértinax, quien la desniveló hacia el poder del Senado. Su difícil relación con el ejército dejaría una importante lección que Septimio Severo entendió a la perfección: debía contar con el apoyo de las tropas.
A lo largo de la historia del Imperio romano, las crisis políticas se abalanzaron especialmente sobre aquellos que no gestionaron bien dicha dualidad, y fueron evitadas por quienes supieron capearlas.