El Rey Juan Carlos contra Arias Navarro: cómo lo desautorizó en 'Newsweek'
La primavera de 1976 acelera la descomposición del Gobierno de Arias Navarro: mientras la oposición se agrupa en la Platajunta, las divisiones internas del Ejecutivo y la creciente desconfianza del Rey convierten al presidente en un dirigente cada vez más aislado y políticamente amortizado
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Superados los dramáticos incidentes de Vitoria, punto culminante de la subversión social y laboral contra el Gobierno Arias, la oposición política se agrupa. El 26 de marzo de 1976 se fusionan la Convergencia Democrática, que aglutina al PSOE, y la Junta Democrática, que integra al PCE. Nace así Coordinación Democrática, más conocida como la Platajunta, que surge como medio de presión contra el gabinete.
En realidad, el organismo carece de auténtica representación (problema habitual de las fuerzas democráticas en un contexto de clandestinidad), pero juega la baza de recabar el respaldo periodístico y exterior a sus iniciativas. Refleja también cierta debilidad de un proyecto consciente ya de que la calle no podrá imponer la ruptura. Los proyectos de reforma de Fraga estarán listos a finales de abril para su tramitación parlamentaria.
Con lo que paradójicamente no cuenta el antifranquismo es con el empecinamiento del vicepresidente segundo y la cada vez más acusada división interna del Gobierno. Fraga procede a la detención de los principales dirigentes de la Platajunta, mostrándose inflexible ante las peticiones de algunos colegas: «No los suelto. Los tendré en la cárcel hasta primeros de mayo».
Areilza describe el «hermoso show de violencia desatada» que protagoniza en un Consejo de Ministros, incluida una invocación a que la justicia militar procese a los etarras presos. Sin duda, sitiado entre dos fuegos, el tempestuoso gallego teme tanto el ruido de sables como le indigna una oposición que se impacienta. No entiende, en definitiva, que no confíen en su democratización desde arriba.
Al tiempo, las tensiones en el seno del Ejecutivo se han recrudecido. Carente de una política coherente, lo que perjudica su imagen ante la opinión pública, el Gobierno no parece ser el del Rey. El presidente Arias, ciclotímico y cada vez más receloso respecto al sucesor de Franco, no lidera. A veces da la impresión de que actúa por libre. Y se desencadenan las ambiciones personales.
Fraga se ha enemistado con la oposición y tampoco se entiende del todo con el Rey. Areilza se acerca a Fernández-Miranda, sabedor de su influencia sobre el monarca. Pero el presidente de las Cortes dispone ya de su «tapado», que no es otro que Adolfo Suárez. En el transcurso de una cena con sus respectivas esposas, celebrada apenas una semana después de los sucesos de Vitoria, le ha tanteado y no parece agradarle del todo la reacción del interpelado.
Adolfo Suárez y Torcuato Fernández Miranda saludan al Rey en junio de 1977
Al sugerirle que sería un buen candidato para suceder a Arias, adivina en sus ojos una «desmesurada codicia de poder». Sin embargo, no puede evitar que los dados que ha arrojado sigan rodando, por lo que unas semanas después alienta malévolamente las aspiraciones del conde de Motrico. Lo cierto es que a Areilza el búnker no le puede ver ni en pintura. Ni él ni Fraga tienen posibilidad alguna de figurar en la terna que previsiblemente habrá de elaborar el Consejo del Reino para que el jefe de Estado decida el nuevo primer ministro.
Antes, de cualquier modo, ha de quedar vacante la Presidencia del Gobierno. Carlos Arias Navarro, que se siente mandatado por Franco, debe abandonar el despacho de Castellana, 3. Y, por lo pronto, don Juan Carlos decide mover ficha. Lo hace recurriendo a la prensa internacional, que ha recogido en los meses anteriores las declaraciones más avanzadas del gabinete, incluyendo las del presidente del Gobierno.
«Antes de dos años funcionarán en España cuatro o cinco partidos políticos», había declarado Arias a Newsweek nada más comenzar el año. Ahora es el Rey el que acude al semanario estadounidense. Curioso, indirecto y distante altavoz para lanzar un mensaje a aquel con quien despacha prácticamente cada semana. La tarde del 8 de abril, el nieto de Alfonso XIII hace esperar a Areilza en la Zarzuela.
Se halla reunido con Arnaud de Borchgrave, periodista que supuestamente prepara una entrevista para la televisión norteamericana. El corresponsal belga, que obtuvo en enero las declaraciones promisorias de Arias, se despide visiblemente impresionado por el deterioro de la imagen gubernamental, de la que el soberano le ha confiado ser testigo.
En los primeros meses del año, la revista Cambio 16 ya ha confirmado a Arias como un obstáculo para la democratización. Pero ahora la desautorización será regia. El 19 de abril se publican las declaraciones del Rey a Borchgrave, de nuevo en el semanario Newsweek.
El pasaje más relevante parece traicionar un off the record del Borbón: «El nuevo mandatario de España está gravemente preocupado por la resistencia de los derechistas al cambio político. Cree que ha llegado la hora del cambio, pero el primer ministro Carlos Arias, que detenta el poder desde los días de Franco, ha demostrado más inmovilismo que movilidad. En opinión del Rey, Arias es un desastre sin paliativos, que se ha convertido en el soporte de los leales a Franco, conocidos como el ‘búnker’».
El Gobierno desmiente tímidamente las declaraciones; Zarzuela, como acostumbra, calla. Los rumores sobre la dimisión de Arias se propagan y circulan listas de su posible sucesor por los mentideros capitalinos, pero el «desastre sin paliativos» se enroca. El 28 de abril se dirige a los españoles a través de las cámaras de la televisión para advertir de que el Gobierno continúa adelante con «su» reforma.
Ha facilitado el texto de su intervención al Rey cuando esta ya se ha grabado y no hay posibilidad de enmiendas. También resulta un desabrido resto al ace que de don Juan Carlos en un semanario extranjero cuya distribución se ha impedido en España. Arias es un cadáver político que sigue en pie. Resistirá aún dos meses que se le harán interminables al Rey. Habrá pasado mucho tiempo después de haber recibido el tercer aviso regio, una llamada a corrales emitida a través del papel entintado de Newsweek.
- Álvaro de Diego es catedrático de la Universidad CEU-San Pablo y autor del libro La Transición sin secretos (2017).