¿Se parecen Fernando VII y Pedro Sánchez?
¿Se parecen Fernando VII y Pedro Sánchez? Los paralelismos históricos que sugiere la alusión del juez Peinado
Quizá la comparación de las supuestas tramas que rodean al presidente con la corte de Fernando VII puede considerarse forzada. Pero, más allá del mero capricho literario del magistrado, nos invita a considerar algunos paralelismos insospechados entre ambos personajes
En un auto judicial emitido el pasado 13 de abril de 2026, el juez Juan Carlos Peinado ha procesado a Begoña Gómez, esposa de Pedro Sánchez, por presuntos delitos de tráfico de influencias, corrupción en los negocios, malversación de caudales públicos y apropiación indebida.
Como era de esperar, la respuesta del Gobierno no se ha hecho esperar y todos los ministros y sus terminales mediáticas han vuelto a cargar contra un juez al que, desde que comenzó el proceso, acusan de encabezar una persecución personal contra Sánchez.
El procesamiento de la mujer del presidente por numerosos delitos no es una sorpresa para nadie. El auto de Peinado, sin embargo, ha levantado polémica al permitirse una referencia histórica al señalar en la página 39 que, para encontrar un supuesto similar, «quizás hubiera que remontarse al reinado de Fernando VII», ya que «las conductas que provienen de palacios presidenciales, como este supuesto, parecen más propias de regímenes absolutistas, por suerte, ya olvidados en el tiempo en nuestro Estado».
La inesperada comparación histórica ha sido muy criticada por el Gobierno. El propio ministro de Justicia, Félix Bolaños, ha entrado al juego respondiendo que «afortunadamente, hoy España es un Estado de Derecho, no como en tiempos de Fernando VII y, por tanto, tenemos un sistema de garantías que puede corregir aquellas resoluciones que son injustas o que no están fundadas en derecho».
La sombra de la corrupción
En el imaginario colectivo español, Fernando VII está frecuentemente consolidado como el peor de nuestros reyes. La historiografía liberal nos dejó la imagen de un monarca autoritario que concentraba el poder y gobernaba rodeado de una camarilla de ministros serviles en la que reinaban las intrigas palaciegas y la corrupción endémica. Es cierto que, bajo el absolutismo fernandino, como había ocurrido también en los reinados anteriores, estaban normalizadas prácticas que hoy calificaríamos de corruptas.
La separación entre los negocios públicos y privados en las monarquías del Antiguo Régimen era muy difusa, por lo que resultaba común y aceptado que se vendiesen cargos públicos, se pagasen favores de ministros con regalos y sobornos o se intrigase para colocar a parientes y allegados en puestos de la Administración.
Cuadro de José Aparicio que representa el desembarco de Fernando VII en el Puerto de Santa María tras haber sido «liberado» de su «cautiverio» en Cádiz
Esta es la imagen que probablemente evoca el juez Peinado en su auto al remontarse a Fernando VII para describir las presuntas tramas delictivas que rodean al entorno de Pedro Sánchez en la Moncloa. No obstante, como bien ha estudiado el profesor Antonio Manuel Moral Roncal, el reinado de Fernando VII se caracterizó precisamente por introducir por primera vez una delimitación entre el patrimonio privado del monarca y su Casa Real y el patrimonio público y la Administración del Estado.
Como rey absoluto, Fernando VII conservó celosamente el control sobre todos los resortes de la monarquía, pero en el Decreto de 4 de mayo de 1814, por el que restableció el absolutismo al volver a España tras la Guerra de Independencia, señalaba claramente: «cesará toda sospecha de disipación de las rentas del Estado, separando la tesorería de lo que se asignare para los gastos que exijan el decoro de mi real persona y familia y el de la nación de la de las rentas que se impongan y asignen para la conservación del Estado».
Por lo tanto, es precisamente a partir de 1814 cuando se empieza a distinguir en España la separación entre los bienes privados del monarca y su Casa Real con respecto a los del Estado, una línea entre lo público y lo personal que es la que precisamente se imputa a Begoña Gómez haber ignorado.
Por otro lado, desde el punto de vista histórico, parece fácil pensar que el juez Peinado no tenía que haberse remontado tan lejos para encontrar ejemplos de corrupción vinculados a los entornos presidenciales. La historia contemporánea de España, por desgracia, está llena de ellos.
Paralelismos insospechados
Quizá la comparación de las supuestas tramas que rodean a Pedro Sánchez con la corte de Fernando VII puede considerarse forzada. Pero, más allá del mero capricho literario del magistrado, nos invita a considerar algunos paralelismos insospechados entre ambos personajes.
Tanto Sánchez como Fernando VII llegaron al poder desbancando gobiernos anteriores de forma imprevista. El monarca ascendió al trono en marzo de 1808 cuando arrebató la corona a su padre, Carlos IV, en el llamado Motín de Aranjuez. El por entonces príncipe de Asturias lo logró presentándose como un adalid de la lucha contra la corrupción que infestaba el Gobierno del primer ministro de su padre, Manuel Godoy.
Grabado de Francisco de Paula Martí de un dibujo de Zacarías Velázquez que refleja el día 19 de marzo en la ciudad de Aranjuez
El pueblo, hastiado de los escándalos y corruptelas que salpicaban a Godoy y de sus políticas ineficaces y erráticas, vio en el príncipe Fernando una esperanza de regenerar la monarquía y apoyó de forma entusiasta su ascenso al poder. Así, en el Motín de Aranjuez, un estallido de ira popular forzó, por primera vez en la historia de la monarquía española, la caída del Gobierno y la abdicación de Carlos IV en su hijo, Fernando VII, «el Deseado».
La llegada de Pedro Sánchez al Palacio de la Moncloa 210 años después también se impulsó sobre la promesa de acabar con la corrupción, en este caso la del Gobierno de Mariano Rajoy. Así como Fernando VII rompió un tabú del absolutismo al forzar por primera vez una abdicación, el líder socialista se apoderó del Gobierno con la primera moción de censura exitosa de la historia de la democracia española. Sánchez se presentó en aquella moción como el líder de una «regeneración democrática» anunciada por José Luis Ábalos.
Si ambos personajes ascendieron al poder sobre grandes esperanzas y nobles promesas, también los dos se tuvieron que enfrentar a las acusaciones de traición a los principios que habían prometido.
Fernando «el Deseado» pasaría a convertirse para los liberales en «el Rey Felón» al conspirar para derrocar la Constitución de Cádiz de 1812, incluso recurriendo a la intervención extranjera de los Cien Mil Hijos de San Luis.
Este apelativo, eternamente vinculado en castellano a la figura de Fernando VII, resucitó en 2019, cuando Pablo Casado lo utilizó para describir a Sánchez cuando este pactó con los independentistas catalanes recurrir a un relator extranjero que mediase tras el fallido procés. Desde entonces, la acusación de felón ha acompañado frecuentemente a Sánchez en los discursos de sus rivales.
Y es que, si en algo se parecen Fernando VII y Pedro Sánchez, es en su oportunismo político y su olfato para sobrevivir incluso a las peores circunstancias. Fernando VII tuvo que enfrentarse, nada más comenzar su reinado, a la invasión de Napoleón y a un encierro de seis años en Francia, y en 1820 el golpe de Estado liberal de Rafael Riego le obligó durante tres años a acatar la Constitución de Cádiz y gobernar como un rey constitucional.
Pero el astuto monarca supo sobrevivir a todas estas crisis, haciéndose famoso su carácter doble y su facilidad para mentir y amoldarse a la corriente hasta terminar siempre imponiéndose sobre sus enemigos. La misma astucia política se le ha achacado siempre a Sánchez, que capea crisis internacionales, escándalos de corrupción y rencillas internas en su coalición gracias a su notoria habilidad para «cambiar de opinión» y adaptarse a las necesidades.
Probablemente el juez Peinado no pensase en todos estos paralelismos a la hora de mencionar a Fernando VII en su auto. Aunque podrá discutirse, desde el punto de vista jurídico o político, la propiedad de esta referencia, desde una visión puramente histórica presenta un interesante paralelismo entre dos formas, separadas por más de dos siglos, de usar el poder.