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Álvaro de Diego
1976, año decisivo de la TransiciónÁlvaro de Diego

El discurso que decepcionó al Rey: Arias Navarro y el bloqueo de la Transición

El discurso del presidente heredado del franquismo evidenció la falta de liderazgo y frenó la democratización que Juan Carlos I quería impulsar tras la muerte de Franco

Juan Carlos I

Juan Carlos I

«Franco ha muerto». La mañana del 20 de noviembre de 1975, los españoles desayunan con una noticia largo tiempo esperada. El presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, comparece ante las cámaras de Televisión Española y, tras el fúnebre anuncio, lee el testamento del militar que ha gobernado con mano firme el país desde su victoria en la Guerra Civil. La pelota ha pasado al tejado de don Juan Carlos de Borbón, a quien seis años atrás las Cortes designaron «sucesor a título de Rey». Y la pregunta flota en el aire, interpela a una nación expectante y preocupa en las cancillerías extranjeras: ¿ha quedado todo «atado y bien atado»?

Los españoles han accedido recientemente a la sociedad del bienestar. La amplia clase media no quiere perder las conquistas materiales del progreso, pero ha decidido olvidar la Guerra y anhela una libertad que llegue sin sobresaltos.

El 22 de noviembre de 1975, don Juan Carlos deja de ser Príncipe de España y es proclamado Rey por las Cortes franquistas. Anhela conducir el país hacia la democracia sin abrir una etapa constituyente que le enemiste con el franquismo, entonces instalado en el grueso de las instituciones. Aunque unos días después recibe en San Jerónimo el Real un respaldo más nítido de la Iglesia, de momento promete tímidamente ser «el rey de todos los españoles».

(Foto de ARCHIVO)
Recorrido de la comitiva real por la Avenida de José Antonio (Gran Vía), durante la proclamación de Juan Carlos de Borbón como Rey de España. Los Reyes saludan desde un coche descubierto

Europa Press
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27/11/1975

Proclamación de Juan Carlos de Borbón como Rey de EspañaEuropa Press

Tiene clara la meta: una monarquía democrática homologable a las occidentales que devuelva a los españoles las libertades, pero el camino no lo parece tanto. Se trata, en primer lugar, de elegir a los hombres que asuman el reto y se pongan manos a la obra. Y se le presentan algunas dificultades. La primera: ha heredado al presidente de Franco, que no le presenta la renuncia.

Carlos Arias Navarro, elegido tras el asesinato de Carrero Blanco, no congenia con don Juan Carlos, quien no puede olvidar cómo, en el peor momento, le presentó cruelmente la dimisión. El entonces Príncipe había asumido la jefatura del Estado interinamente, con un Franco agonizante y la Marcha Verde a punto de provocar una guerra con Marruecos. Hubo de suplicarle que regresara, y las testas coronadas no olvidan las humillaciones.

El Rey se traga el sapo y confirma a Arias Navarro. A cambio, puede llevar al que debía ocupar el puesto de este a la presidencia de las Cortes y del Consejo del Reino. Torcuato Fernández-Miranda, su antiguo preceptor, sabe que Arias es un presidente provisional con un Gobierno con fecha de caducidad. De ese gabinete, cuyos liberales ministros (Fraga, Areilza, Garrigues, Osorio, etc.) ha sugerido el monarca, emergerá el sucesor de Arias.

No obstante, y por lo pronto, asume el liderazgo su vicepresidente y ministro de la Gobernación. Con su impulsividad habitual («había dos semanas para tomar decisiones, dos meses para hacer los planes correspondientes y dos años para ejecutarlos», anota en su diario), Manuel Fraga anuncia a los españoles el propósito de aquel primer Gobierno de la Monarquía: alcanzar «una democracia española», factible «sin romper nada».

Dado que todo el Ejecutivo coincide en que la reforma debe hacerse a través de las vías legales existentes, se hace preciso involucrar a las Cortes franquistas. Por eso, el presidente se propone dar a conocer su programa ante la Cámara, a la que ya se dirigió en vida de Franco. Su discurso del 12 de febrero de 1974 fue excepcionalmente bien recibido por la prensa de la apertura, si bien este famoso «espíritu» reformador naufragó en los meses siguientes entre la ciclotimia del presidente, el azote del búnker y la zarpa homicida del terrorismo.

Ahora el telón de fondo es distinto. No existe ya el freno de El Pardo, sino el acelerador de la Zarzuela. Y Arias se equivoca de referencias. Las invierte. Desecha un borrador progresista de su ministro de la Presidencia y se dirige a los procuradores como «albaceas» de la memoria del difunto general, a quienes corresponde la responsabilidad de actualizar «nuestras leyes e instituciones como Franco hubiera deseado».

Por tanto, el 28 de enero de 1976 acomete desde la tribuna de oradores del hemiciclo un discurso farragoso que apenas concreta sobre la reforma democrática anunciada por Fraga (insiste en la «españolidad» del proyecto, alude genéricamente al bicameralismo sin precisar la elección por sufragio universal de una de las cámaras y no precisa la fecha del rumoreado referéndum al pueblo español). Arias parecía haber regresado al «espíritu del 12 de febrero», que ya no casaba con el nuevo contexto. Lo que a Franco le parecería avanzado y peligroso, al monarca se le antojaba ahora timorato y obsoleto.

Las reacciones de sus ministros no fueron favorables. El titular de Exteriores, Areilza, anota que se ha desenmascarado «un hombre del búnker». El sindical Martín Villa afirma que el presidente ha oscurecido lo que en Newsweek había dejado cristalino (una democracia futura con partidos políticos). La observación de Fraga, por escueta, resulta reveladora: «una de cal y otra de arena». Y el que más duro se muestra es el hombre de confianza del Rey. Para Fernández-Miranda, todo el discurso presidencial había sido una «pura expresión de vanidad».

La ambigüedad, que se traducía en una notable ausencia de liderazgo, determinaría el fracaso del primer Gobierno de Monarquía. Sin embargo, los planes de reforma de Fraga pasarían en las siguientes semanas al trámite de una Comisión Mixta formada por ministros y consejeros nacionales del Movimiento. La falta de compromiso y las cautelas de Arias Navarro, presentes en su intervención ante las Cortes, lastrarían la democratización factible en la que se afanaba Fraga.

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