El español Francisco Largo Caballero, líder del Sindicato Español, con parte de la milicia leal, en el frente en las afueras de Madrid, el 15 de agosto de 1936

El español Francisco Largo Caballero, líder del Sindicato Español, con parte de la milicia leal, en el frente en las afueras de Madrid, el 15 de agosto de 1936GTRES

Largo Caballero, el socialista que quiso hacer la revolución: ¿qué tiene en común con Pedro Sánchez?

Noventa años después de aquellos acontecimientos, las referencias al Frente Popular y a Largo Caballero han reaparecido en el debate político español, especialmente cuando se discuten las alianzas del PSOE con otras fuerzas parlamentarias

En la madrugada del 5 de octubre de 1934, España se preparaba para vivir uno de los episodios más violentos de la Segunda República. En Asturias, miles de trabajadores, muchos de ellos mineros, se levantaron en armas contra el Gobierno. Asaltaron cuarteles, ocuparon poblaciones y se enfrentaron a las fuerzas del orden en una insurrección que terminaría siendo sofocada por el Ejército y que dejaría alrededor de 1.500 muertos.

En Cataluña, Lluís Companys proclamó el Estado catalán dentro de una República federal española. Aquello tampoco prosperó. La República había sobrevivido a una revolución promovida, entre otros, por quienes decían defenderla.

Detrás de aquella movilización se encontraba una parte importante del movimiento socialista español y, como figura destacada, Francisco Largo Caballero, que había sido ministro de Trabajo durante el primer bienio republicano y que, tras la derrota electoral de las izquierdas en noviembre de 1933, había experimentado una profunda radicalización política.

Francisco Largo Caballero, en el centro, junto a un grupo de milicianos en 1936

Francisco Largo Caballero, en el centro, junto a un grupo de milicianos en 1936

La narración puede recordar la situación política actual, pero un historiador riguroso se debe a las fuentes y a los hechos. Veamos qué ocurrió entonces y qué paralelismos pueden establecerse. El detonante inmediato fue la entrada de tres ministros de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) en el Gobierno de Alejandro Lerroux, fundador del Partido Republicano Radical (PRR). ¿Cómo entraban ministros de derechas en un Gobierno republicano? Porque republicanismo no equivale a izquierdismo: el partido de Lerroux había evolucionado hacia el centro y la centroderecha.

Lerroux gobernaba con el apoyo parlamentario de la CEDA, dirigida por José María Gil Robles. Conviene subrayarlo: también existió un republicanismo de derechas. La CEDA había obtenido el mayor número de escaños en 1933. Cuando el 4 de octubre de 1934 entró en el Ejecutivo, una parte de la izquierda lo interpretó como una amenaza para la República.

El ascenso de Hitler y el autoritarismo austríaco alimentaban esos temores, aunque la insurrección socialista llevaba meses preparándose. Sin embargo, el Gobierno contra el que se produjo el levantamiento había sido constituido conforme a la legalidad republicana.

Y aquí aparece una de las grandes contradicciones de aquel periodo: sectores que habían contribuido decisivamente a la proclamación y consolidación de la Segunda República optaban ahora por una vía revolucionaria contra sus propias instituciones, precisamente cuando el resultado de las urnas había dejado de favorecerles.

Francisco Largo Caballero nació en Madrid el 15 de octubre de 1869. De origen humilde y sin estudios universitarios, llegó a convertirse en uno de los principales dirigentes del PSOE y de UGT colaborando con instituciones de la dictadura de Primo de Rivera y, tras proclamarse la Segunda República, fue ministro de Trabajo, desde donde impulsó importantes reformas laborales.

Sin embargo, aquel dirigente que había participado en las instituciones del Estado terminaría defendiendo la vía revolucionaria cuando las urnas dejaron de favorecer a las izquierdas.

Unas elecciones que cambiaron el rumbo del socialismo

Las elecciones de 1933 dieron la victoria parlamentaria al centro y la derecha. Largo Caballero concluyó que la transformación socialista no podía depender solo de las instituciones y empezó a defender la revolución proletaria.

No todos los socialistas compartían esa posición. De hecho, Julián Besteiro rechazaba la vía insurreccional, mientras Indalecio Prieto mantenía planteamientos distintos sobre la estrategia política y las alianzas republicanas. El PSOE estaba lejos de constituir un bloque ideológicamente homogéneo y la revolución de octubre de 1934 fue el resultado más dramático de aquella radicalización.

Largo Caballero fue detenido y procesado por su presunta responsabilidad en el levantamiento. El 14 de octubre de 1934, la jurisdicción militar abrió una causa contra él, considerándolo uno de sus principales dirigentes. Posteriormente fue absuelto, un dato imprescindible para distinguir entre su responsabilidad política y la penal.

Las elecciones de 1936 y la polémica del fraude

La siguiente gran controversia llegaría en febrero de 1936, con unas elecciones que dieron la victoria al Frente Popular y cuyo resultado continúa siendo objeto de debate historiográfico. En 2017, los historiadores Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García publicaron 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, una investigación que documentó falsificaciones de actas, coacciones e irregularidades electorales que, según sus autores, alteraron el reparto de escaños y favorecieron la mayoría parlamentaria de la coalición de izquierdas.

Otros historiadores, como Santos Juliá, Eduardo González Calleja y Francisco Sánchez Pérez, cuestionaron el alcance de esas conclusiones, especialmente que las irregularidades hubieran determinado la victoria. Lo que no puede afirmarse, en cualquier caso, es que Largo Caballero organizara personalmente aquel fraude, porque no existen pruebas suficientes para sostenerlo. Una cosa es sospecharlo y otra afirmarlo. La historia funciona como el derecho, o hay pruebas o no se puede condenar.

Un presidente en plena Guerra Civil

El 4 de septiembre de 1936, cuando la Guerra Civil llevaba apenas siete semanas, Largo Caballero fue nombrado presidente del Consejo de Ministros. También asumió la cartera de Guerra. Su misión consistía en organizar la resistencia republicana frente a los militares sublevados y, al mismo tiempo, tratar de coordinar a las distintas organizaciones que combatían en el bando gubernamental.

Su Ejecutivo incorporó a socialistas, republicanos y comunistas, y posteriormente a representantes de la CNT, entre ellos Federica Montseny, primera mujer que ocupó un ministerio en España.

Los enfrentamientos entre anarquistas, comunistas y otras organizaciones, las derrotas militares y las presiones soviéticas debilitaron su autoridad.

Francisco Largo Caballero, Diego Martínez Barrio y Manuel Azaña

Francisco Largo Caballero, Diego Martínez Barrio y Manuel Azaña

En mayo de 1937, después de los sangrientos enfrentamientos de Barcelona, Largo Caballero perdió los apoyos necesarios para continuar. Se negó a aceptar determinadas exigencias comunistas, entre ellas la disolución del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM).

Manuel Azaña encargó entonces la formación de Gobierno a Juan Negrín. Un inciso aquí imprescindible: Azaña representaba a la izquierda republicana, liberal y reformista, mientras Largo Caballero pertenecía al socialismo obrero y evolucionó hacia posiciones revolucionarias.

Ambos defendían la República, pero no compartían necesariamente la misma concepción política ni los mismos métodos para transformarla. Paradójicamente, el dirigente que había defendido la revolución terminó enfrentado a quienes pretendían imponer su propia concepción de ella.

La tentación de los paralelismos

Noventa años después de aquellos acontecimientos, las referencias al Frente Popular y a Largo Caballero han reaparecido en el debate político español, especialmente cuando se discuten las alianzas del PSOE con otras fuerzas parlamentarias.

La comparación con Pedro Sánchez resulta tentadora por algunos elementos de su discurso y de su estrategia política. Ambos han defendido la necesidad de agrupar fuerzas de izquierda frente a adversarios que presentan como una amenaza para determinados valores políticos y sociales.

En noviembre de 2023, durante su discurso de investidura, Sánchez propuso levantar un «muro» frente a lo que denominó la derecha reaccionaria. Aquella expresión suscitó críticas por su carácter divisivo, mientras el presidente la justificó como una defensa de los derechos y libertades frente a las políticas de PP y Vox.

También existe un punto de comparación en las alianzas. Largo Caballero tuvo que gobernar con organizaciones profundamente enfrentadas entre sí, hasta el extremo de que sus diferencias terminaron contribuyendo a su caída. Sánchez ha construido sus mayorías parlamentarias mediante acuerdos con partidos de intereses y proyectos territoriales muy diferentes, incluidos Sumar, ERC, Junts, EH Bildu y el PNV.

Pero las semejanzas encuentran límites históricos fundamentales. Largo Caballero defendió una revolución socialista y estuvo vinculado políticamente a la insurrección de 1934. Sánchez, por el contrario, llegó a la Presidencia mediante los procedimientos establecidos en la Constitución de 1978.

Su investidura de noviembre de 2023 obtuvo 179 votos favorables frente a 171 contrarios, una mayoría absoluta parlamentaria cuya legalidad no depende de que el PSOE hubiera quedado segundo en número de escaños en las elecciones generales.

Tampoco puede confundirse la violencia política de los años treinta, en una Europa marcada por el ascenso del fascismo, el comunismo revolucionario y la crisis de las democracias, con las controversias de la España actual, por graves que puedan parecer a sus protagonistas.

La lección que deja Largo Caballero

Largo Caballero fue trabajador, reformador laboral, revolucionario y presidente enfrentado finalmente a sus aliados comunistas. Su trayectoria recuerda que en el PSOE convivieron concepciones distintas de la democracia y del socialismo. La comparación con Pedro Sánchez permite plantear una reflexión sobre la polarización y los límites de las alianzas, pero no sostener que ambos representen un mismo proyecto histórico. Las diferencias institucionales, ideológicas y sociales son demasiado importantes para ignorarlas.

Quizá la enseñanza más pertinente sea precisamente esa: cuando los partidos comienzan a considerar ilegítima la mera existencia de sus adversarios, el espacio para los acuerdos se reduce y la confrontación ocupa su lugar. La historia de Largo Caballero demuestra hasta dónde pudo llegar ese proceso en circunstancias extremas.

No hace falta afirmar que España se encuentra hoy en 1934 para comprender por qué merece la pena estudiar lo que ocurrió entonces y si se hace, habrá que explicar los matices que no son pocos.

comentarios
tracking

Compartir

Herramientas