Revolución francesa: «Los conquistadores de la Bastilla ante el Hôtel de Ville de París en 1789» por Hippolyte Delaroche
Dinastías y poder
La cara más sangrienta de la Revolución Francesa de 1789: exilio de los Borbones y matanzas en la Vendée
Fue una revolución que se hizo a base de sangre y costes humanos: los exilios de los Borbones, la tragedia de la Vendée y las ejecuciones fueron solo una muestra
La Revolución Francesa de 1789 suele presentarse como el acontecimiento que puso fin al absolutismo y sentó las bases de la ciudadanía moderna. La «Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano» simbolizó una transformación decisiva para Europa. Sin embargo, aquella promesa de libertad convivió con el uso sistemático de la violencia política, la confiscación de propiedades y la persecución de los que no pensaban como ellos. Fue una revolución que se hizo a base de sangre y costes humanos: los exilios de los Borbones, la tragedia de la Vendée y las ejecuciones fueron solo una muestra.
Cuando Luis XVI ascendió al trono en 1774 tras la muerte de su abuelo Luis XV, pocos podían imaginar que, menos de veinte años después, la monarquía francesa habría desaparecido. Sus hermanos menores, el conde de Artois y el conde de Provenza, tuvieron que abandonar el país ante el avance revolucionario.
Su hermana Isabel se quedó en Francia acompañando a los reyes en los momentos más peligrosos y sufrió las penurias revolucionarias. Murió en la guillotina a los treinta años de edad.
La Torre de las Tullerías el 10 de agosto de 1792
El conde de Artois, futuro Carlos X, salió de Francia en julio de 1789, solo tres días después de la toma de la Bastilla. Se refugió inicialmente en Turín, bajo la protección de la familia real de Cerdeña, y después recorrió distintos territorios europeos. Como tantos aristócratas emigrados, los émigrés, como se les conocía, perdió la seguridad económica y social de la que había disfrutado hasta entonces.
Desde el extranjero trató de organizar la resistencia monárquica, aunque dependía de los recursos de otras cortes. Artois es el padre del duque de Angulema, que entrará en España en 1823 al frente de los «Cien Mil Hijos de San Luis». Angulema se casó con la única hija superviviente del Temple, la célebre Madame Royale, María Teresa, aclamada siempre por los legitimistas. No tuvieron hijos.
Su hermano Provenza también escapó, aunque lo hizo ya en pleno proceso revolucionario. Tras la fallida huida de Luis XVI y su detención en Varennes, en junio de 1791, abandonó Francia y comenzó su exilio.
La ejecución del rey Luis XVI, el 21 de enero de 1793, cambió su destino: se proclamó regente del joven Luis XVII y, cuando el niño murió en prisión en 1795 en terribles condiciones y tras declarar contra su madre –la «loba austriaca» para los jacobinos–, pasó a considerarse Luis XVIII.
Durante años vivió entre distintas cortes europeas, negociando apoyos y condicionado a la protección de soberanos extranjeros. Terminó encontrando refugio en Inglaterra, en Hartwell House, una residencia de Buckinghamshire, hoy convertida en hotel, donde estableció una pequeña corte en el exilio. Allí intentó mantener la pompa y las costumbres de la monarquía francesa.
Provenza logró recuperar el trono de Francia en 1814, tras el fracaso de Napoleón en España y Rusia, pero había pasado ya más de dos décadas lejos de Francia. A su regreso, además, no restauró íntegramente el Antiguo Régimen: la sociedad francesa había cambiado demasiado para volver a 1788.
Artois y Provenza no fueron casos aislados. Nobles, oficiales y eclesiásticos tuvieron que salir de Francia ante el temor a las represalias revolucionarias. Muchos perdieron sus propiedades, confiscadas y vendidas como bienes nacionales; otros tuvieron que sobrevivir gracias a pensiones y ayudas de las cortes europeas.
La masacre de Machecoul, por François Flameng
Entre los miles de aristócratas que abandonaron Francia durante la Revolución destacó también Luis José de Borbón, príncipe de Condé, primo de Luis XVI y uno de los principales organizadores de la resistencia monárquica desde el extranjero.
Tras emigrar en 1789, reunió un ejército de nobles franceses que combatió junto a las potencias europeas contra la República. Desde su residencia en el exilio, mantuvo correspondencia secreta con muchos de los realistas todavía residentes en Francia.
Su hijo, el duque de Borbón, y su nieto, el duque de Enghien, compartieron el destino de una familia marcada por la persecución política. Enghien fue secuestrado en territorio alemán por orden de Napoleón, quien no dejaba de ser un antiguo soldado de la Revolución, y lo fusilaron en 1804.
Entre los emigrados figuraron también miembros de las grandes casas nobiliarias, como los Montmorency, los Polignac y los Rohan, cuyas redes familiares se extendían por las principales cortes europeas. Algunos encontraron refugio en Inglaterra, otros en los Estados alemanes, Austria o Rusia, y muchos participaron en iniciativas militares y políticas destinadas a restaurar la monarquía.
Pero no todos los emigrados eran defensores incondicionales del absolutismo. Algunos temían la violencia callejera, la persecución religiosa o las denuncias motivadas por sus orígenes familiares. El propio Lafayette, «héroe de los dos mundos», aunque inicialmente había respaldado la Revolución como jefe de la Guardia Nacional, tuvo que huir de Francia como consecuencia de la radicalización del proceso.
También Chateaubriand, entonces joven aristócrata, tuvo que huir del país antes de convertirse en la gran figura del romanticismo literario.
Además, en el oeste de Francia, la resistencia al nuevo régimen desembocó en las guerras de la Vendée. Las medidas de descristianización alimentaron una insurrección campesina, católica y monárquica. Fue un levantamiento contrarrevolucionario. Pero la respuesta republicana fue brutal: incendios, fusilamientos y matanzas de civiles que dejaron huella en el país.
La tragedia en la Vendée demuestra cómo la «violencia revolucionaria» no se limitó a la nobleza, sino que alcanzó también a sectores más rurales, religiosos y populares.