Margallo por el pintor Augusto Ferrer-Dalmau

Margallo por el pintor Augusto Ferrer-Dalmau

El misterio de la muerte del general Margallo en Melilla: ¿lo mató el enemigo o uno de sus hombres?

Según el periodista Luis Morote, sitiado en el fuerte, Margallo era un excelente blanco porque sus anteojos brillaban: lo apuntaron a conciencia y un solo tiro bastó

Melilla era, a finales del siglo XIX, una pequeña población constreñida dentro de las murallas. El Tratado de Wad-Ras, que puso fin a la guerra de 1859-1860, había otorgado a España la ampliación del campo exterior de la ciudad, que se iba a trazar mediante el alcance de un tiro de cañón con la espoleta a cero.

Esta medida le daba grandes posibilidades a la plaza, que iba a contar con nuevos barrios, bien urbanizados, para aumentar su población y acoger las tropas necesarias. En 1893 se estaba completando la delimitación con la construcción de fuertes que aseguraran el perímetro. Uno de ellos, el de la Purísima Concepción, se decidió que debía estar en un lugar donde se asentaban la mezquita en ruinas y el cementerio musulmán de Sidi Guariach. Era entonces comandante general de la plaza el general Margallo.

Juan García y Margallo, general de brigada y comandante general de la plaza de Melilla

Juan García y Margallo, general de brigada y comandante general de la plaza de Melilla

Los cabileños de la zona entendieron la construcción española como una ofensa a su religión y la atacaron. Posiblemente fuera también un acto de rebeldía para defender la independencia. En ese año, Melilla estaba muy poco defendida, con las murallas y los fuertes en regular estado y poco artillados.

La reacción de los rifeños desembocó en una guerra en la que los fuertes quedaron sitiados y las piezas de artillería debían ser trasladadas de unos a otros y servidas en ocasiones por paisanos voluntarios. Escribía Torres Campos: «Setecientos hombres dispuestos a entrar en fuego, que había en la plaza el día 2 de octubre, eran fuerza muy escasa para batirse con la de las kabilas limítrofes a nuestro campo. Por eso las bajas alcanzaron la proporción enorme de un tercio de los combatientes».

Resumiendo, en pocos días los rifeños destruyeron las obras iniciadas y pusieron cerco a los fuertes exteriores existentes. Los de Camellos y San Lorenzo apenas podían resistir y se decidió un repliegue hasta los más próximos a la plaza, que eran Rostrogordo y Cabrerizas Altas. Viendo cómo este último sufría un asedio constante y difícil de sostener, Margallo acudió el 28 de noviembre con fuerzas de guarnición en su socorro. La situación era complicada y envió al entonces capitán Picasso, famoso por su informe de 1921, a pedir más refuerzos a la ciudad. Se jugó la vida en la carrera, lo que le valió la Laureada.

La situación era crítica. Para asegurar el abastecimiento de los fuertes, se optó por sacar un par de cañones y algunas tropas que defendieran la llegada de los bastimentos. Los rifeños eran muy numerosos: más de tres mil atacantes armados. No solo no iban a poder recibir suministros, sino que los cañones estaban a punto de caer en manos enemigas.

Margallo salió del fuerte de Cabrerizas Altas para ordenar las operaciones de contención del enemigo. Cayó con una herida en el pómulo que le causó la muerte. Pocos minutos después, las guerrillas del Batallón Disciplinario lograban llegar hasta los sitiados.

Esta extraña muerte está llena de interrogantes. Margallo ha pasado a la historia como un héroe que, despreciando el riesgo, se puso al frente de los hombres. Pudiera pensarse que no era una acción para un general que, además, era comandante de la plaza. Según el periodista Luis Morote, sitiado en el fuerte, Margallo era un excelente blanco porque sus anteojos brillaban: lo apuntaron a conciencia y un solo tiro bastó.

Entierro del general Margallo al paso de la calle San Miguel de Melilla

Entierro del general Margallo al paso de la calle San Miguel de Melilla

Sin embargo, este episodio dio lugar a informaciones, si no maliciosas, por lo menos sin contrastar. Lo que hoy llamaríamos teorías de la conspiración. El periodista Manuel Ciges Aparicio sostuvo que el tiro que mató a Margallo procedía del campo español y era una venganza porque se había dedicado al contrabando de armas, las mismas con las que se estaba matando a sus compatriotas. Incluso añadió que el autor del disparo fue el joven teniente Miguel Primo de Rivera, luego dictador.

Ciges no ofreció ninguna prueba, solo transmitió un rumor. Fue temerario en afirmaciones que comprometían a personas que no se podían defender, puesto que lo escribió en su libro España bajo la dinastía de los Borbones, publicado en 1932. Ciges Aparicio fue fusilado en 1936 en Ávila, donde ejercía de gobernador civil. Algunos sostienen que esas acusaciones fueron la causa de su muerte.

Cuando el general extremeño salió a vigilar las operaciones, ya estaba cesado como comandante general de la plaza. El ministro de la Guerra, el general López Domínguez, autor de la reforma militar que dejó a Melilla con poca guarnición, lo destituyó sin informarle previamente.

Noticias de la prensa de la época entendieron que el acto heroico del veterano de las guerras carlistas y de la de África fue un gesto de despecho motivado por un exacerbado sentido del honor. La Época o El País insistían en esta interpretación.

Margallo había sido reemplazado en el mando con la intención de buscar una cabeza de turco que ocultara la imprevisión del Gobierno en la defensa de la ciudad. Se le compensó con la Cruz Laureada de San Fernando.

Muchas veces las interpretaciones proceden de personas que no quieren que la realidad destruya su visión de los hechos. Aunque el episodio tiene sombras, es posible que las cosas sucedieran como se contaron.

Que Margallo, seguro de que estaba fuera del alcance de tiro, saliera a vigilar una operación arriesgada de retirada. Si hubiera sido un temerario buscando la muerte, habría arriesgado aún más.

Pero la campaña de 1893 en los límites de Melilla dejó unas enseñanzas que no se aprovecharon: los rifeños no estaban dispuestos a admitir una sumisión incondicional, eran capaces de organizarse para la guerra, eran duros en la lucha, valientes y buenos tiradores. Odón de Buen escribió en esas fechas: El conflicto actual de Melilla estaba previsto y pudo ser evitado. El desprecio al enemigo es un error fatal. Y se repetiría en 1909 y en 1921.

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