La gesta de «El Abuelo»: una epopeya emocional en la carrera del titán Barreiros
La gesta de «El Abuelo»: una epopeya emocional en la carrera del titán Barreiros
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En la difícil España de la posguerra, exhausta tras el conflicto bélico, con las arcas del Estado esquilmadas, una generación truncada por la guerra y el peso de un demoledor aislamiento internacional, surgió una figura que desafió todos los límites: Eduardo Barreiros.
En el mundo del motor Eduardo Barreiros no fue únicamente un mecánico visionario. Fue mucho más. Encarnó la pugna silenciosa entre la iniciativa individual y una economía férreamente intervenida. Desafió las limitaciones de su tiempo y dotado de una intuición técnica extraordinaria y de una voluntad inquebrantable, contribuyó de forma decisiva a motorizar una España que comenzaba a levantar la vista hacia el futuro.
Su trayectoria excepcional ha sido objeto de varios artículos de investigación en El Debate. Hoy, narraremos uno de los episodios que jalonaron aquella prodigiosa aventura empresarial. Una auténtica gesta donde convergen la audacia, la innovación, la incertidumbre y la victoria. Un capítulo que marcó un antes y un después en la historia de la industria española y abrió para Barreiros un camino de prestigio del que ya no habría retorno. Su nombre tenía algo de entrañable y mucho de legendario: «El Abuelo».
El abuelo de Barreiros
Un gran impulso en la España de posguerra
En la España de aquellos años. La gasolina era un bien escaso, caro y sometido a restricciones. Barreiros poseía la cualidad de los grandes pioneros: ver oportunidades donde los demás solo encontraban obstáculos. Gracias a su talento, tractores y camiones comenzaron a transformarse para funcionar con motores diésel, de mucho menor consumo y proporcionando así un impulso decisivo a miles de transportistas, agricultores y pequeñas empresas que ayudó a sostener economías familiares y contribuyeron a la recuperación de todo un país.
Barreiros
Barreiros había fundado Barreiros Diésel en 1954 y, apenas dos años después, la compañía había alcanzado un nivel de desarrollo técnico e industrial óptimo para fabricar sus propios vehículos. La llegada del motor EB-6 constituyó mucho más que un avance mecánico. Representaba la piedra angular de una futura generación de camiones concebidos íntegramente por la empresa. Sin embargo, el siguiente paso dependía de una administración que seguía protegiendo con celo la industria estatal y observaba con recelo el ascenso de aquel gallego. Barreiros tenía la capacidad, tenía la experiencia y tenía la determinación. Lo que aún no tenía era el permiso.
Barreiros Diesel
El TT-90 y el concurso portugués que cambió la historia
Y fue precisamente en esa tesitura cuando nació una de las gestas más extraordinarias de la historia industrial española.
Porque a veces el azar abre resquicios en estructuras que parecen inamovibles. No en vano decía el viejo refrán que «Dios escribe derecho con renglones torcidos». Y ese resquicio llegó en 1957 en forma de un concurso convocado por el Ejército portugués para dotar a sus tropas, destacadas en Angola, de un camión todoterreno robusto, fiable y capaz de atravesar los terrenos más difíciles de su África colonial.
Ejército portugués con camiones Barreiros en Angola
Aquella convocatoria no suponía solo un contrato militar. Era la oportunidad. En el Ministerio de Industria existía una excepción decisiva: se podía autorizar la fabricación de una serie limitada siempre que estuviera destinada a la exportación.
Al concurso concurrirían algunos de los fabricantes más prestigiosos del continente, respaldados por recursos muy superiores y por una experiencia inalcanzable para aquella joven compañía gallega. Pero Eduardo Barreiros no construyó su carrera eligiendo los caminos fáciles.
La rueda de El Abuelo
Sin saberlo todavía, aquel concurso portugués estaba a punto de convertirse en el escenario de una de las páginas más brillantes de la epopeya industrial española. Allí nacería una leyenda sobre ruedas y comenzaría la historia de «El Abuelo».
Ante la ausencia de los permisos oficiales necesarios, la respuesta de Barreiros al desafío portugués no siguió los cauces convencionales. Fue una carrera contra el reloj. Como relata Hugh Thomas en Barreiros, el motor de España, la operación estuvo envuelta en la máxima discreción y en los talleres de Barreiros Diésel de Villaverde el vehículo comenzó a tomar forma casi en secreto. De hecho, Pegaso estatal había contemplado la posibilidad de presentarse al concurso, pero se vio incapaz de hacerlo dentro de los plazos establecidos.
Nave alquilada en Villaverde en la que se gestó El Abuelo
La carrera a contrarreloj llevada en secreto
Solo un reducido círculo tenía acceso a la información. Barreiros eligió a su lado a uno de sus mejores ingenieros, Mario Gamarra, convertido junto a él en custodio de una iniciativa cuyo éxito dependía, en gran medida, del silencio.
El Abuelo de Barreiros
Mientras el tiempo corría inexorablemente, un pequeño grupo de especialistas trabajaba bajo las órdenes directas de don Eduardo, sorteando obstáculos y tomando decisiones ipso facto, conscientes de que cada jornada perdida podía comprometer el proyecto. La premura era tal que muchas de las etapas habituales del diseño tuvieron que simplificarse. Los planos completos quedaron sin terminar y numerosos cálculos se resolvieron sobre la marcha. Más que seguir un procedimiento convencional, todo el equipo avanzaba impulsado por la experiencia, la intuición y la necesidad imperiosa de ganar tiempo.
En apenas dos meses, Eduardo Barreiros y el ingeniero Mario Gamarra lograron materializar dos prototipos: uno con cabina cerrada y el otro, abierta. Ambos estaban impulsados por el motor EB-6 y equipados con tracción integral 4x4, una configuración concebida para satisfacer las exigencias operativas del Ejército luso. Fue emergiendo entre bocetos improvisados, soluciones urgentes y largas jornadas de trabajo. Sus componentes procedían de orígenes diversos. Los grupos motrices de una grúa Douglas; el cabestrante de un camión GMC de la Segunda Guerra Mundial, adquirido al ejército estadounidense en 1947; y la dirección era una Ross de husillo paraboloide. «El Abuelo» era, en esencia, un complejo rompecabezas mecánico, un Frankenstein ensamblado gracias al talento de Eduardo Barreiros y de su reducido equipo de técnicos capaces de convertirlo en un vehículo extraordinariamente eficaz. Se llamó oficialmente el TT 90-22 por sus características técnicas: Todo Terreno, equipado con un motor diésel de 90 caballos y con dos ejes motrices.
Publicidad de los motores diesel de Barreiros
Robustez e inteligencia bajo la carrocería en las pruebas del verano del 57
Pero la verdadera fortaleza de aquellos vehículos no estaba en su apariencia robusta, sino en la inteligencia que escondían bajo la carrocería. Un ingenioso sistema de balancín, conectado al bastidor mediante las suspensiones, dotaba a los ejes de una flexibilidad excepcional y proporcionaba unos ángulos de ataque impro pios de su categoría. Allí donde otros camiones se detenían, atrapados por la arena, el barro o la roca, los Barreiros seguirían avanzando.
No serían solo vehículos de transporte. Eran instrumentos concebidos para dominar territorios difíciles, para internarse en las inmensas extensiones del África colonial portuguesa, donde una avería podía significar el aislamiento y donde la fiabilidad equivalía a supervivencia.
Barreiros con el gran Fangio
Las pruebas decisivas se celebraron en Portugal durante el verano de 1957. El Ejército portugués había diseñado un recorrido de una exigencia extrema. Bajo un calor abrasador, los vehículos participantes debían enfrentarse a pendientes imposibles, extensiones de arena traicionera y barrancos donde un error de cálculo podía significar el final de la prueba. Uno tras otro, los grandes favoritos fueron quedando atrás. La poderosa Mercedes alemana, la ACLO francesa y Bedford inglesa, sucumbieron en el terreno. Entonces llegó el turno de un camión desconocido para la mayoría de los presentes.
Cuando llegó la hora decisiva, Eduardo Barreiros hizo lo que hacen los verdaderos creadores: no delegó su obra en otras manos. Aquel camión llevaba su nombre, sus desvelos y buena parte de sus sueños. había nacido de su ingenio y de su empeño, y se presentó no solo como constructor, sino también conduciría de su propia apuesta.
Presentación del libro infantil de Barreiros por su bisnieto.
Fue allí donde «El Abuelo» reveló su verdadera naturaleza. El vehículo afrontó la prueba cargado con tres toneladas y remolcando, además, una pieza de artillería. A medida que avanzaba por los bancales de arena, el silencio comenzó a imponerse entre los observadores. Nadie sabía con certeza hasta dónde podría llegar aquella máquina concebida contra reloj.
El momento más crítico llegó al borde de un impresionante barranco. El brutal desnivel parecía desafiar cualquier posibilidad de éxito. Durante algunos instantes, el eje delantero perdió contacto con el suelo y el camión quedó suspendido en una posición inverosímil, como si dudara entre continuar o rendirse a la gravedad. Los oficiales portugueses siguieron la maniobra conteniendo la respiración. Ninguno de los competidores se había atrevido siquiera a intentarlo. Pero «El Abuelo» siguió avanzando. Incluso un moderno General Motors, teóricamente superior en prestaciones y recursos, quedó atrapado en la arena. Lo que sucedió después tuvo algo de símbolo y mucho de justicia poética: el camión gallego terminó remolcando al coloso norteamericano ante la mirada atónita de militares, técnicos y jueces de la Lloyd's Register.
Fábrica de Barreiros
El constructor al volante de su obra
Aquel fue el instante en que comenzó a cambiar el juicio de los presentes. La escena poseía una fuerza magnética. Un industrial autodidacta, al volante de un prototipo construido con urgencia en unos talleres madrileños, arrastraba a una de las grandes referencias de la industria mundial. Ya no se estaba decidiendo únicamente un contrato. También se demostraba que el ingenio, la innovación y la excelencia técnica podían competir de tú a tú con las grandes potencias industriales. La explicación de aquella proeza se encontraba en soluciones técnicas como decisivas.
Barreiros, en El Abuelo
El singular balancín del eje delantero mantenía la tracción en circunstancias extremas, adaptándose continuamente a las irregularidades del terreno. A ello se sumaban los brutales neumáticos elipsoidales suministrados por Straussler, auténticas piezas de ingeniería cuyo peso superaba los doscientos kilogramos por unidad. capaces de distribuir el peso sobre una superficie mucho mayor y evitar que el vehículo se hundiera allí donde otros quedaban atrapados.
Mucho más que ganar un contrato
Ganar el concurso ya parecía un pequeño milagro para una empresa que apenas unos años antes trabajaba en un modesto taller. Pero la verdadera hazaña aún estaba por llegar: el compromiso de entregar 300 camiones al Ejército portugués en el plazo máximo de un año. El contrato obligó a multiplicar la producción, buscar colaboradores, reorganizar talleres y recurrir a toda la imaginación técnica y empresarial que había caracterizado a Eduardo Barreiros desde sus comienzos.
El Abuelo de Barreiros
Aquel pedido no solo puso a prueba la capacidad de fabricación de la empresa. Demostró que Barreiros estaba preparado para dar el salto definitivo del ingenio artesanal a la gran industria. «El Abuelo», como ya le llamaron todos para la posteridad se había convertido en la llave que abriría a Barreiros las puertas de la fabricación de vehículos industriales a gran escala.
Cuentan que, cuando Franco recibió a Eduardo Barreiros, este realizó una exhibición de «El Abuelo» en los montes de El Pardo y volvió a conducirlo él. El Jefe del Estado, en presencia del Presidente del INI y del Ministro de Industria, pronunciaría unas palabras que el empresario jamás olvidaría: «Adelante, Barreiros, adelante». A partir de aquel momento, los obstáculos administrativos comenzaron a despejarse.
Réplica en el Museo Barreiros de Valdemorillo
Lo más emotivo: el recibimiento de sus hombres
Quizás el episodio más emotivo se produjo a su regreso de Portugal. La noticia de la victoria había corrido ya por talleres y oficinas. Los trabajadores conocían el alcance de lo conseguido. Ya todos sabían de las dificultades, de las horas robadas al reloj y de las incertidumbres que habían acompañado al proyecto desde sus primeros días. Por eso, cuando Eduardo Barreiros cruzó de nuevo las puertas de Villaverde, no fue recibido como un su jefe, ni como a un empresario más, sino como el hombre que había desafiado todos los pronósticos. Sus obreros lo alzaron sobre los hombros como se alza a los toreros tras una faena memorable. Y, por un instante, entre el estruendo de los aplausos y el orgullo compartido, «El Abuelo» dejó de ser un camión para convertirse en leyenda.