Benito Mussolini (1883-1945) líder fascista italiano

Benito Mussolini (1883-1945) líder fascista italianoGTRES

¿Por qué hay que estudiar historia para saber qué es fascismo y qué no lo es?

Sería interesante saber cuántos de quienes acusan al otro de «fascista» con semejante entusiasmo han leído a Mussolini, a Giovanni Gentile o a los historiadores que llevan décadas estudiándolos

En España se puede ser fascista por defender la unidad nacional, pedir controles a la inmigración o discrepar de una ley del gobierno. Basta con escuchar determinados discursos de la izquierda y de la izquierda a su izquierda para comprobar hasta dónde se ha estirado la palabra. En Europa ocurre algo parecido. El fascista es, con demasiada frecuencia, el otro. Y una vez colocado el sambenito, ¿para qué discutir lo que propone?

El manifiesto del 8M de Sumar de este año reúne bajo la lucha contra el fascismo asuntos que van desde el aborto hasta las políticas migratorias europeas. Cabe preguntarse cuánto puede ensancharse una definición antes de que deje de explicar algo.

También sería interesante saber cuántos de quienes la pronuncian con semejante entusiasmo han leído a Mussolini, a Giovanni Gentile o a los historiadores que llevan décadas estudiándolos. No hay manera de medirlo, pero sí una recomendación sencilla: antes de llamar fascista a alguien, abra un libro.

Benito Mussolini (en el centro) junto al filósofo y político fascista Giovanni Gentile (a la derecha de la foto con gafas)

Benito Mussolini (en el centro) junto al filósofo y político fascista Giovanni Gentile (a la derecha de la foto con gafas)

Para entender de dónde salió aquello hay que retroceder hasta finales del siglo XIX. Europa estaba cambiando a una velocidad extraordinaria. Crecían las ciudades, las organizaciones obreras y la participación política, mientras el parlamentarismo recibía ataques desde posiciones muy distintas. El nacionalismo podía adquirir formas excluyentes y algunos revolucionarios empezaban a desconfiar de que el proletariado fuera a comportarse como anunciaban sus teorías.

En ese ambiente hay que situar a Georges Sorel, autor de Reflexiones sobre la violencia, y su interés por los mitos capaces de movilizar a las masas. Sorel no explica por sí solo el fascismo, pero ayuda a comprender parte de sus materiales de construcción. Zeev Sternhell, Mario Sznajder y Maia Asheri estudiaron en El nacimiento de la ideología fascista cómo se encontraron determinadas revisiones del marxismo y el nacionalismo.

El resultado no fue una simple prolongación del conservadurismo tradicional. Mussolini, por cierto, venía del socialismo. Había dirigido Avanti!, el periódico del Partido Socialista Italiano, y rompió con su partido en 1914 por defender la entrada de Italia en la guerra. Este dato suele entusiasmar a quienes quieren resolver la discusión afirmando que el fascismo era de izquierdas.

Tampoco es tan sencillo. Su trayectoria explica una procedencia; lo que hizo después obliga a estudiar una transformación. El fascismo terminó combatiendo el marxismo, la lucha de clases y el internacionalismo obrero. James Gregor dedicó un libro a reconstruir ese recorrido intelectual del joven Mussolini.

La Gran Guerra puso los muertos, las armas y una generación acostumbrada a obedecer, combatir y convivir con la violencia. Después llegaron el regreso de los soldados, las frustraciones nacionales y la sensación de que el mundo anterior se había hundido. El fascismo ofreció una promesa de regeneración: levantar una nación nueva sobre las ruinas de una sociedad que consideraba decadente. La política empezó a adquirir lenguaje, disciplina y maneras de frente de batalla.

La Revolución bolchevique de 1917 añadió otro ingrediente. Para unos era la esperanza; para otros, el anuncio de que podían perder sus propiedades, su posición y hasta la vida. En la Italia de posguerra, Mussolini supo aprovechar ese miedo. Fundó los Fasci di combattimento en marzo de 1919 y el Partido Nacional Fascista en 1921.

Entre tanto, sus escuadras se dedicaron a destruir organizaciones obreras, atacar sindicatos, periódicos y cooperativas y apalear a sus adversarios. Hubo propietarios y empresarios que los apoyaron y autoridades que miraron hacia otro lado.

Marcha sobre Roma

Marcha sobre Roma©GTRESONLINE

La Marcha sobre Roma de 1922 terminó con el rey encargándole formar gobierno. La dictadura se levantó durante los años siguientes, entre la violencia y el desmantelamiento de las libertades. El asesinato del socialista Giacomo Matteotti, en 1924, marcó una crisis decisiva.

Después llegaron el partido único, la persecución de la oposición y la liquidación de los contrapesos. Los que habían pensado que podrían servirse de Mussolini acabaron dentro de su régimen.

¿Qué querían los fascistas? Algo bastante más ambicioso que ganar unas elecciones y cambiar unas leyes. Querían rehacer la nación, someter al individuo a una comunidad dirigida desde arriba y sustituir el pluralismo por la obediencia. Roger Griffin ha explicado la importancia de ese sueño de renacimiento nacional. Emilio Gentile ha estudiado la militarización de la política y la aspiración totalitaria. Stanley G. Payne permite distinguir el fascismo de otras derechas y otras dictaduras. Merece la pena leerlos antes de meterlo todo en el mismo saco.

Portada de 'La doctrina del fascismo'

Portada de 'La doctrina del fascismo'

Y después están los propios fascistas. La doctrina del fascismo, publicada en 1932 bajo la firma de Mussolini y con una participación decisiva del filósofo Giovanni Gentile, deja bastante poco espacio para las dudas: rechazo de la democracia liberal, subordinación del individuo al Estado y exaltación de la guerra.

Giovanni Gentile y Emilio Gentile son, por cierto, personas distintas: uno contribuyó a elaborar la doctrina; el otro ha dedicado su trabajo a estudiarla. La economía tampoco se despacha con dos consignas. El corporativismo fascista sometía la representación de trabajadores y empresarios al Estado y prohibía la huelga.

Reducirlo todo a cuánto intervenía el Gobierno en la economía impide entender cómo funcionaba aquel poder. Una bajada de impuestos no demuestra que un partido sea democrático, igual que una intervención estatal no lo convierte en fascista.

¿Qué tiene de fascista el PP o Vox?

Volvamos a España. El programa del PP de 2023 defiende el Estado de derecho, la economía de mercado y las sociedades abiertas. ¿Dónde está ahí el proyecto de partido milicia y destrucción del pluralismo? Se puede criticar al PP desde la primera página de su programa hasta la última, pero quien quiera llamarlo fascista tendrá que demostrar algo más que su propia antipatía.

Vox presenta otra combinación: nacionalismo, restricciones migratorias y, en su programa económico de 2025, rebajas fiscales, reducción normativa, reindustrialización y defensa de la propiedad. Se pueden discutir sus propuestas y denunciar las que se consideren injustas o excluyentes. Lo que no puede hacerse es dar por demostrada su condición fascista mediante la repetición del adjetivo.

La prueba está en su relación con los derechos, la oposición, los jueces y los límites del poder, además de en lo que escribe en un programa.

En Italia, la historia de Fratelli d’Italia pasa por el espacio político posfascista. Ocultarlo sería absurdo; tratar esa procedencia como una condena hereditaria que impide cualquier cambio, también. Meloni ha rechazado la nostalgia fascista y reivindicado la Constitución democrática. Habrá que juzgar sus decisiones y contrastarlas con sus palabras, pero presentar su partido como una reproducción del de Mussolini exige pruebas que no se sustituyen enseñando una fotografía antigua.

El politólogo Cas Mudde distingue la derecha radical populista del extremismo contrario a la democracia. La primera puede aceptar las elecciones y chocar con derechos de las minorías o con los contrapesos de la democracia liberal. Ahí hay problemas que merecen discusión seria. Llamarlos por su nombre permite explicar qué está pasando; llamarlo todo fascismo ahorra trabajo, pero explica bastante menos.

Quedan dos lecturas: Anatomía del fascismo, de Robert O. Paxton, para observar lo que hicieron los fascistas y con quiénes se aliaron, y Quién es fascista, de Emilio Gentile, para discutir el abuso de las comparaciones y la idea de un fascismo que vuelve eternamente con cualquier disfraz. Son autores que discrepan y obligan a pensar. Precisamente por eso sirven.

Se puede combatir la xenofobia, denunciar un abuso de poder y enfrentarse a una propuesta autoritaria sin falsificar la historia. El fascismo fue demasiado terrible para reducirlo al nombre que le ponemos a quien nos lleva la contraria. Y sus víctimas merecen algo más que aparecer, sin haberlo pedido, en la siguiente bronca electoral.

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