'La destrucción del Templo de Jerusalén'. Obra de Francesco Hayez

'La destrucción del Templo de Jerusalén'. Obra de Francesco HayezWikimedia Commons

La destrucción del Templo de Jerusalén: cómo Roma convirtió la victoria de Tito en propaganda imperial

En el año 70 d. C., las legiones de Tito arrasaron Jerusalén y destruyeron el Segundo Templo. Roma inmortalizó la victoria en un arco triunfal aún en pie, mientras el éxito militar impulsó al general hacia el trono imperial

Según el Evangelio de Marcos, al contemplar el Templo de Jerusalén, Jesús anunció: «¿Ves esos grandes edificios? Pues serán destruidos, sin que quede piedra sobre piedra». Casi cuatro décadas después, en el año 70 d. C., las legiones de Tito cumplieron aquellas palabras al arrasar el edificio, emblema de la fe judía.

Aquel no era el primer templo que se alzaba en Jerusalén. Según la tradición bíblica, Salomón había levantado el primero en el siglo X a. C., hasta que los babilonios lo destruyeron en el año 587 a. C. Siglos después, en el 515 a. C., se completó el Segundo Templo, reconstruido bajo dominio persa.

Maqueta del Segundo Templo de Jerusalén en el siglo i a. C.

Maqueta del Segundo Templo de Jerusalén en el siglo i a. C.

Su destrucción no fue un episodio aislado, sino el desenlace de décadas de enfrentamientos con Roma. Desde el año 63 a. C., cuando Pompeyo ocupó Judea, la presencia romana había alimentado un creciente rechazo entre quienes veían en ella una amenaza para su religión y su independencia. Los zelotes, un movimiento surgido en ese clima de resistencia, defendían la expulsión de los dominadores y fueron ganando fuerza a medida que se acumulaban los agravios.

En Cesarea, en el año 66, una disputa legal entre griegos y judíos terminó en una matanza ante la pasividad de la guarnición romana. La indignación fue todavía mayor cuando se supo que el procurador Gesio Floro había sustraído dinero del tesoro del Templo. La respuesta no se hizo esperar: el hijo del sumo sacerdote ordenó interrumpir los sacrificios en honor al emperador y atacar a las tropas romanas en Jerusalén. Comenzaba la primera guerra judeo-romana.

Mientras tanto, Roma atravesaba su propia crisis. La muerte de Nerón en el año 68 desató una nueva pugna por el poder y llevó a Vespasiano a interrumpir la campaña militar para disputar el trono imperial. Tras hacerse con la púrpura, el nuevo emperador volvió a Roma y confió a su hijo Tito la misión de someter a los rebeldes. El general puso entonces rumbo a Jerusalén, decidido a doblegar la ciudad.

Los judíos habían conseguido frenar los primeros ataques romanos e incluso expulsar a varias tropas de Judea. Sin embargo, los éxitos iniciales no duraron demasiado. Los zelotes, que conocían bien el terreno y sabían tender emboscadas, tenían un problema: no se ponían de acuerdo y carecían de la disciplina necesaria para enfrentarse al ejército romano en campo abierto.

Tito tampoco esperaba que Jerusalén resistiera tanto. Al no conseguir tomarla al primer asalto, ordenó levantar un cerco alrededor de la ciudad. Los legionarios construyeron terraplenes y una empalizada que impedía escapar a los habitantes y recibir ayuda del exterior.

Dentro de las murallas, la situación empeoraba por momentos. Jerusalén estaba llena de peregrinos que habían llegado para celebrar la Pascua judía, y todos dependían de unas reservas de agua y alimentos que empezaban a agotarse. Los romanos no permitían salir a nadie, de modo que cada día que pasaba se hacía más difícil resistir.

Tras varios intentos por tomar la fortaleza Antonia, los romanos recurrieron a un ataque por sorpresa y consiguieron hacerse con ella mientras los defensores zelotes dormían. El Templo, sin embargo, no figuraba entre los objetivos de Tito.

Ampliado décadas antes por Herodes el Grande, era una construcción imponente que el general probablemente pretendía conservar y dedicar al culto imperial romano. Pero los acontecimientos se torcieron. Aunque Tito no quería destruir el santuario, el fuego se extendió sin control y terminó convirtiendo en cenizas uno de los lugares más sagrados del judaísmo.

La victoria de Tito quedó grabada en piedra en el arco que lleva su nombre, todavía en pie en Roma, donde se representa el saqueo de Jerusalén y de su Templo. Según el historiador Flavio Josefo, el general rechazó la corona triunfal concedida por el Senado, alegando que no había mérito en vencer a un pueblo abandonado por su propio dios.

Sin embargo, la campaña le dio una enorme popularidad y contribuyó a que, años después, sucediera a su padre en el trono imperial. La destrucción del Templo sigue recordándose cada año durante el Tisha b'Av. En Jerusalén permanece el Muro de las Lamentaciones, parte del recinto sagrado.

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