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13 de julio de 2024

Sin banderaCarmen de Carlos

Mis terremotos

El horror de Pisco se repetía en Chile con una diferencia, sabías que detrás de aquella tragedia había un país y la reconstrucción llegaría. En Perú esa sensación no existía, como no existe en Siria y en Turquía está por ver

Actualizada 09:21

La Organización Mundial de la Salud advierte que el terremoto de Turquía y Siria podría alcanzar la cifra de 30.000 fallecidos, un modo menos traumático de referirse a los muertos. La Unión Europea ha realizado un despliegue de recursos formidable para tratar de sacar de los escombros a aquellos que todavía siguen con vida y a los cuerpos que se descomponen pese a las temperaturas bajo cero.

La experiencia de un terremoto, yo estuve en dos, resulta difícil de describir, pero imposible de olvidar. El 9 de julio de 2013 la tierra sacudió Pisco, en el departamento o región de Ica. Las casas y la iglesia de esta localidad peruana, en su mayoría de adobe, se deshicieron. El sacerdote, entre lágrimas, repetía una frase: «Hay lugares que no deberían ser habitados».

El seísmo, sismo para los sudamericanos aunque ahora se usa el término en España, alcanzó 7,9 grados en la escala de Richter. El epicentro se produjo en la fricción de las placas de Nazca y Sudamericana, 45 kilómetros al oeste de la costa y a una distancia similar de profundidad en el océano Pacífico. En las ciudades de Paracas y San Andrés tres olas barrieron un paisaje histórico que queda para el recuerdo de los privilegiados que lo conocieron. Lo que no se tragó el mar lo devoró la tierra.

En la plaza del pueblo, porque aquello era un pueblo, se apilaban los cadáveres a la espera de los camiones frigoríficos. Los perros olfateaban en busca de restos de vida entre montañas de hierros, arena, ladrillos, ventanas rotas, puertas, cocinitas y coches aplastados. Algún milagro sucedió, pero los muertos se amontaban sin parar y sus panzas se hinchaban mientras desprendían ese olor a otro mundo tan fácil de identificar.

Entrada la noche, el movimiento de tierra continuaba, la falta de agua y de alimentos era un problema grave y Alan García, por entonces presidente, presumía del poderío del Perú y rechazaba la ayuda internacional. De buen apetito, García recibía, directo de Lima, unos pollos asados deliciosos y hablaba en televisión como si todo lo tuviera bajo control. Un golpe de realidad le obligaría en poco tiempo a reconocer la tragedia y a aceptar la ayuda que había rechazado. Álvaro Uribe, presidente entonces de Colombia y experto en tragedias naturales –y artificiales– sería un salvavidas determinante para los peruanos afectados por el terremoto.

Con el transcurrir de las horas y la luna en lugar del sol, comenzaron a oírse detonaciones. Los saqueos de lo que quedaba en pie se localizaban por los silbidos de las balas. Los asaltantes no distinguían y hasta el cementerio se convirtió en un botín de guerra de los supervivientes. Las tumbas habían volado por las sacudidas y los sarcófagos se profanaban en busca de las joyas de los muertos, que no eran pocas.

Entre los cajones rotos, uno me llamó la atención, era el de Sara Hellen, esposa –según la inscripción– del conde Drácula. Su cuerpo fue rechazada por medio mundo por miedo a que fuera una vampiresa, hasta que pudo dar con sus huesos en aquel Campo Santo. Murió, según la lápida, el 9 de julio de 1913 y su familia pagó una buena suma de dinero para que pudiera descansar en paz. Lo hizo hasta que la tierra se echó a temblar.

Tranquilos estaban también los reclusos de la prisión de Chincha. Unos 700 presos se fugaron aterrados por el azote de la tierra. La mayoría volvería en busca de alimento y refugio. A otros, los más peligrosos, habría que darles caza.

El 27 de febrero de 2010 media docena de regiones de Chile temblaron como una hoja. Valparaíso, la Metropolitana, O´Higgins, Maule, Biobío y la Araucanía. De la costa afectada por una inmensa ola desaparecieron las viviendas y construcciones. Donde había casas sólo quedaba tierra. En la playa asomaba una lavadora junto a la cabeza de un caballo y extremidades sueltas. La población colocó carteles donde se podía leer: Aquí estaba la casa de la familia Pössel.

En el camino de Talcahuano, en la copa de un árbol, recuerdo una embarcación de pesca colgada de las ramas. La secuencia en algunas zonas de Chile fue parecida a la de Pisco. Asumido el shock del terremoto, de día asaltaban los supermercados, salían con los carritos llenos de electrodomésticos, plasmas, comida, ropa de deporte y lo que pillaran. El toque de queda puso fin al vandalismo descarado, pero en las noches la delincuencia aprovechaba para asaltar las viviendas. Los vecinos de no pocos sitios organizaron patrullas armados con escopetas y los disparos rompían el silencio de una tierra que no paraba de tiritar.

En los cerros sobrevivieron aquellos que lograron escapar en cuanto sintieron el temblor y percibieron la furia del mar. La presidenta, Michelle Bachelet, en una intervención incomprensible llamó a la calma por televisión y aseguró que no había riesgo de tsunami, pero «la ola» ya se había tragado a la gente y convertido el mar en una alfombra de luces de intermitentes y focos de automóviles que se apagaban en su viaje al fondo del mar.

Los testimonios de los médicos eran desoladores. Recuerdo un oncólogo que lloraba como, según decía, nunca había hecho al tratar a sus pacientes. Medio millar de muertos y 23 desaparecidos. Los números, comparados con los de Turquía y Siria parecen nada, pero eran personas.

El horror de Pisco se repetía en Chile con una diferencia. Sabías que detrás de aquella tragedia había un país y la reconstrucción llegaría. En Perú esa sensación no existía, como no existe en Siria y en Turquía está por ver.

Las réplicas siguieron en la investidura de Sebastián Piñera, el 10 de marzo. El por entonces Príncipe de Asturias, el Rey Felipe, se miraba sus hombros manchados del polvo que caía del techo mientras las lámparas se balanceaban. De las regiones afectadas la que mejor soportó los movimientos fue Santiago, donde las construcciones, a diferencia de Turquía y Siria, cumplen con la normativa adecuada para zonas sísmicas.

El terremoto de Chile desplazó el eje de la tierra 8 centímetros, obligó a Bachelet a dar explicaciones en los tribunales, inauguró la Presidencia de Piñera con un bautismo fúnebre y su gobierno tuvo que afrontar una crisis humanitaria de sangre y lágrimas de la que no salió mal parado.

Pasarán muchos días, meses y hasta un año, por lo menos, para que la tierra de Siria y Turquía se calme. A Erdogan, por el pasado y el presente (relegó la ayuda a las zonas gobernadas por la oposición) esta tragedia le pasará factura. A Bashar al-Ásad, si esa guerra eterna y su régimen no lo han tumbado ya, será difícil que, por muchos terremotos que haya, caiga como se merece.

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