La posverdad del presidente Trump
«America First» ¿recuerdan? Un nuevo orden mundial multipolar, anunciado en Munich está surgiendo, pero hay un límite moral muy claro que ni aún los Estados Unidos podrán cruzar sin alentar nuevos conflictos
Donald Trump en uno de sus gestos característicos
El pasado martes día 18 nos despertamos con una declaración inquietante de Donald Trump, si es que algo puede extrañarnos ya a estas alturas: «Nunca deberían haberla iniciado. Deberían haber hecho un trato». Se refiere a la guerra de Ucrania y al país agredido por la «operación militar especial» de Vladimir Putin. ¿Insinúa el nuevo inquilino de la Casa Blanca que el Gobierno de Ucrania debería haberse rendido entonces? ¿Está exigiendo que lo haga ahora? Pero lo que me desconcierta es que acuda a un instrumento tan propio del universo woke como es la posverdad. De ahí mi desconcierto y el particular amargor del café del desayuno esa mañana.
Es sorprendente que, en un evidente empeño de marginar al Presidente ucraniano de una posible negociación con Rusia, le recomiende convocar elecciones por estimar su popularidad en un 4%. Otra posverdad. ¿Quién acredita esa apreciación? ¿Qué valor tiene, cuando las mayorías democráticas se establecen en urnas? ¿Cómo exigir elecciones a un país en guerra? El Presidente estadounidense no muestra empacho alguno, sin embargo, en negociar con el amo del Kremlin, cuya legitimidad y talante democrático muestra la propensión de sus rivales a fallecer para no perturbar la estabilidad de la «tercera Roma».
Lo peor de este alarde de «realismo» sea alzar sobre el pavés de vencedor al tirano ruso
Con todo, tal vez lo peor de este alarde de «realismo» sea alzar sobre el pavés de vencedor al tirano ruso, instando al presidente ucraniano a aceptar su derrota porque, de no hacerlo «va a quedarse sin país». Seguro que a Donald Trump no le perturba esta antología del disparate, pero no comparto en absoluto su posición. Ucrania está semidestruida, es cierto. Ha perdido una sensible parte de su juventud, cuando su demografía no era ya muy boyante, muchas de sus ciudades están arrasadas y su PIB se ha reducido a la mitad. Pero, a despecho de la supuesta impopularidad de su Presidente, el país ha resistido con denuedo la agresión rusa, signo evidente de una legítima aspiración de su pueblo a la libertad reconocida por el derecho internacional.
¿Ha logrado Rusia imponer su razón?
La guerra es una ordalía bárbara que los europeos creíamos erradicada de nuestro continente, pero por desgracia, ha vuelto. Según sus reglas, la paz que de ella nace es hija de la victoria, y ésta se alcanza imponiendo por la fuerza la razón del vencedor. Pues bien, siquiera en este orden de ideas ¿ha logrado Rusia imponer su razón? Para formular una apreciación objetiva basta, con examinar los propios objetivos del agresor, que constan en los borradores de Tratado que, en octubre de 2021, Putin arrojó brutalmente sobre la mesa de la Alianza Atlántica y de los Estados Unidos. Brutalmente, porque de no aceptarse el órdago, se insinuaba el uso de la fuerza mediante el despliegue adelantado hacia Ucrania del Ejército ruso.
Los Artículos 4 al 6 del borrador «ofrecido» a la OTAN venían a exigir, de una parte, la retirada de las fuerzas del territorio de las naciones que se habían adherido al Tratado de Washington con posterioridad a 1997, es decir, de todas las que habían estado comprendidas en el Pacto de Varsovia, con excepción de Polonia, Hungría y Chequia; y de otra, la renuncia a cualquier ampliación ulterior de la Alianza («to refrain from any further enlargement of NATO, including the accession of Ukraine»). Ahí lo tienen, Ucrania. Ante la imposible aceptación por Occidente de tales términos, cabe presumir que la proposición rusa no era más que un burdo intento de justificar la agresión.
Rusia sigue sin alcanzar sus objetivos estratégicos. ¿Por qué habría que facilitárselo ahora a costa del país agredido?
La «operación militar especial» contra Ucrania tenía por finalidad superior deponer al Gobierno ucraniano e imponer el diktat del Kremlin a una Administración Biden a la que se había visto retirarse de Afganistán en circunstancias ignominiosas y a una Europa complacida de su soft power, pero geopolíticamente irrelevante.
Según la estimación rusa, ambas se plegarían con toda probabilidad a los hechos consumados. Pero ni Ucrania ni su Ejercito eran ya los de 2014, ni Jarkov era terreno abonado para la estrategia híbrida de Gerasimov, como lo habían sido Crimea y el Donbás. El Ejército de la Federación Rusa se vio forzado a retroceder, las operaciones se estancaron conduciendo a una guerra de desgaste y, tres años más tarde, Rusia sigue sin alcanzar sus objetivos estratégicos. ¿Por qué habría que facilitárselo ahora a costa del país agredido?
La guerra «limitada» de Ucrania –que también se ha querido ver, con razón, como delegada o proxy– ciertamente, está envuelta en una crisis generalizada que se ha ido ampliando o complicando, mientras las operaciones se estancaban. La cuestión es que una crisis generalizada no resuelta a tiempo puede dar lugar a una «impensable» guerra generalizada con intercambio nuclear, Putin dixit; pero es que Trump acaba de coincidir con él. Mala cosa, porque debilita su posición negociadora, cuando el mismo Presidente norteamericano ha dicho «deberían haber hecho un trato». ¿Quiénes deberían haber hecho ese trato al que Trump se ha referido de modo ciertamente confuso?
Trump persigue una finalidad concreta, como es simplificar el tablero
Descartada, por absurda, la idea de que Donald Trump no sabe lo que hace y la no menos disparatada de que, con todo su brillante equipo es víctima de la desinformación rusa, sólo me queda pensar en que, apartando de la negociación a Europa y a la misma Ucrania, persigue una finalidad concreta, como es simplificar el tablero.
Si hablamos de la guerra, los actores serían los contendientes, representados por sus líderes, Putin y Zelensky. Pero si nos referimos a la crisis, que es el fondo de la cuestión a resolver, los actores serían Trump, líder de la superpotencia en la que descansa la seguridad de Occidente, y Putin, líder de una gran potencia que dispone de miles de cabezas nucleares, el mayor arsenal del mundo, por cierto. Los demás no cuentan.
No pretendo penetrar con tan escaso bagaje en una mente semejante, aparentemente rectilínea y con seguridad calculadora, pero cabe explicar la aproximación de Trump a Putin por la necesidad de practicar el pivot al Pacífico y hacerlo cuanto antes, porque por experiencia sabe que cuatro años pasan pronto, y debe hacerlo sin dejar cabos por atar.
Lo hemos visto presionar a Arabia Saudita para que se concierte con Israel en los Acuerdos de Abraham, aislando a Irán y desactivando la amenaza que representaba. Acaso pretenda ahora que, en la pista europea de este circo multipolar, Rusia salve al menos la cara y no corra a refugiarse en su «amistad eterna» con China, rival de Occidente en el Indopacífico. Pero, por más que lo demande su «patriotismo» no puede crear una posverdad a costa de los inocentes sin caer en el cinismo.
A este lado del Atlántico, aunque no nos guste oírlo, no hay ningún «gendarme» con la talla estratégica suficiente para equilibrar a Rusia. O no lo hay todavía
En un ejercicio de realismo, lo que cabría afirmar es que, en Europa, la cuestión es tan compleja como en Oriente Medio, pero también tan distinta como lo son las tallas de Rusia e Irán, o las viejas naciones de Europa del dinámico Israel y las monarquías del Golfo.
Desactivar el polvorín europeo, visible en el órdago de Putin tres años atrás, no es posible sin la garantía de Estados Unidos a Ucrania, aunque el país, libre de aspirar a ello en todo caso, no cuente con la unanimidad necesaria para unirse a la OTAN. Porque a este lado del Atlántico, aunque no nos guste oírlo, no hay ningún «gendarme» con la talla estratégica suficiente para equilibrar a Rusia. O no lo hay todavía. La Alianza Atlántica debe ser preservada a toda costa, e incluso revitalizada. Especular con su disolución es una grave imprudencia.
Ahora bien, más allá de la indignación que el impecable discurso de Vance en la Conferencia de Munich o la asertiva exposición de Hegseth ante el grupo Ramstein han suscitado entre los líderes europeos, más allá de la desagradable impresión causada por «la posverdad de Trump» en la opinión pública europea, las naciones de Europa deben ponerse a la tarea de superar e integrar nuestros disfuncionales sistemas de defensa para constituir un sólido pilar en la Alianza Atlántica y recuperar así el protagonismo en su propia casa. Otro día, si les parece hablamos de un desafío procedente del Este como en los ya lejanos tiempos de la Guerra Fría. Sólo que la guerra con la que lidiamos hoy es más bien caliente, y que ninguna potencia extracontinental amable parece ya dispuesta a desplegar euromisiles como entonces.
Esperemos que todo esto no pase de ser un gambito más del nuevo sheriff de Washington, que unir a sus balandronadas de Groenlandia, Canadá o a la Costa Azul de Gaza
Cosas del realismo, diríamos. «America First» ¿recuerdan? Un nuevo orden mundial multipolar, anunciado en Munich el fin de semana pasado, está surgiendo. El idealismo que ha inspirado el viejo orden basado en normas parece en claro retroceso. Pero cuidado, hay un límite moral muy claro que ni aún los Estados Unidos podrán cruzar sin alentar nuevos conflictos.
Este límite es la adhesión a la verdad, legado de la cultura occidental. Si para ganar la voluntad de una potencia revisionista como Rusia Trump se allana convirtiendo a la víctima en provocadora de la agresión para justificarlo, se estará destruyendo la seguridad de Europa y la cohesión de la civilización a la que la propia gran nación americana pertenece.
El interés vital de los Estados Unidos «con sus valores nacionales y el propio honor intactos», en palabras de Collins, no dejaría de sufrir las consecuencias. Esperemos contra toda desesperanza, que todo esto no pase de ser un gambito más del nuevo sheriff de Washington, que unir a sus balandronadas de Groenlandia, Canadá o a la Costa Azul de Gaza.