La «Operación Telaraña»: un día de infamia para Rusia diferente al Pearl Harbor de Estados Unidos
Es fácil hacer leña del árbol caído y aprovechar lo ocurrido en sus bases aéreas para exagerar la impotencia de Moscú. El arte de la guerra todavía cuenta y no hay demasiado arte en el burocratizado oso ruso
Vista de los drones almacenados antes de ser transportados al camión desde el que fueron activados a control remoto en la «Operación Telaraña»
En la prensa internacional de los últimos días se pueden encontrar numerosas comparaciones de la «Operación Telaraña» —nombre clave de la brillante acción clandestina que destruyó un número todavía indeterminado de bombarderos estratégicos rusos en sus bases, muy lejos del frente— con el ataque japonés a Pearl Harbor que provocó la entrada de los EE.UU. en la Segunda Guerra Mundial. Quizá la batalla por la audiencia lo justifique todo y… ¡qué mejor cebo para los lectores que la insinuación de que se acerca la Tercera Guerra Mundial! Sin embargo, hay muchas más diferencias que semejanzas entre la Operación Telaraña y el ataque japonés.
Para empezar, los buques de Yamamoto se adelantaron al comienzo oficial de las hostilidades. De ahí que su acción haya pasado a la historia —al menos a la historia de los EE.UU.— como un día de infamia. En Ucrania, en cambio, fue Rusia la que cruzó la frontera sin previa declaración de guerra. Quizá preocupado por la posibilidad de que su ataque se considerara una infamia como la de Pearl Harbor, el presidente Putin —que pocos días antes había asegurado al mundo que la inminente invasión era un bulo de los histéricos occidentales— optó por hacer lo mismo que había hecho en todos y cada uno de sus crímenes anteriores: negarlo todo. Ya que no era posible ocultar que sus tropas estaban en Ucrania, se esforzó por desmentir la existencia de ese país; y, por si eso no fuera suficiente, ordenó a los rusos que, bajo pena de largos años de prisión, fingieran que lo suyo no era una guerra sino una operación especial. Tres años después —las cárceles rusas intimidan mucho— todavía siguen haciéndolo.
Es posible que Putin, cada vez más aislado del mundo, no se haya dado cuenta de que vivimos en los tiempos de la posverdad. Cuando se le explica a la gente de hoy que las convenciones de Ginebra prohíben la perfidia —definida como «apelar a la buena fe de un adversario con la intención de traicionarla»— se limitan a sonreír con benevolencia, compadeciéndose quizá de la ingenuidad de los legisladores del siglo pasado. Putin podría haberse ahorrado todas sus mentiras y los rusoplanistas le aplaudirían exactamente igual, como cada uno aplaude en su fuero interno a los jugadores de su equipo de fútbol que consiguen engañar al árbitro de turno.
La diferencia más importante entre la Operación Telaraña y el ataque a Pearl Harbor no está en quién es culpable de qué, sino en sus consecuencias
Por eso, creo que la diferencia más importante entre la Operación Telaraña y el ataque a Pearl Harbor no está en quién es culpable de qué, sino en sus consecuencias. El éxito de Yamamoto —parcial, porque no estaban en puerto los portaviones norteamericanos— le dio a Japón seis meses de ventaja en el tablero del océano Pacífico. No fue suficiente, es verdad, pero es mucho más de lo que va a conseguir Ucrania con su ataque a las bases aéreas rusas.
Misión imposible
Dice Zelenski que la Operación Telaraña pasará a la historia. Exagera, pero sí es probable que el audaz golpe dado a la aviación estratégica rusa pase rápidamente a la historia del cine, como seguramente ocurrirá con el episodio de los buscas de Hezbolá. Ambas hazañas, la ucraniana y la israelí, recuerdan más a los mejores episodios de la saga de Misión Imposible que a las operaciones militares propias de la guerra convencional.
Los rusos tienen aviones sobrados para lanzar todos los misiles de crucero que pueden producir
Más allá del cine, las dos operaciones darán qué pensar a los militares de todos los países. Sobre todo la ucraniana porque, al contrario que la israelí, parece fácilmente repetible. Sin embargo, la Operación Telaraña no dejará apenas huella en la guerra de Ucrania. Los rusos tienen aviones sobrados para lanzar todos los misiles de crucero que pueden producir y, además, este tipo de armas, muy vulnerables ante la pléyade de sistemas de que dispone a Ucrania para la defensa aérea a baja cota, ya estaban siendo progresivamente reemplazadas por misiles balísticos combinados con oleadas de drones cada noche más numerosas.
¿No se ha logrado nada entonces? Yo no diría tanto. Como la incursión de Kursk, la Operación Telaraña ha logrado sacudir el espacio informativo ruso, en el que los halcones rugen de indignación. Nunca se sabe si eso es bueno o es malo, pero lo que sí es decididamente positivo es que ha aumentado el crédito de Ucrania en los mercados políticos del globo. Las acciones de Kiev han subido y las de Moscú han bajado.
Solo el tiempo dirá por cuánto tiempo se sostiene este efecto frente a la desinformación rusa, que presenta a sus fuerzas avanzando inexorablemente en todos los frentes… aunque, por el momento, parecen haberse olvidado de Pokrovsk, su objetivo del año anterior. Quizá pasen los próximos meses acercándose rápidamente a Sumi, pero no crea el lector que hay nada divertido en esta ironía. La cosa no es para reírse —hay muchos muertos cada día— pero tampoco deberíamos dejarnos engañar.
Rusia impotente
Es fácil hacer leña del árbol caído y aprovechar lo ocurrido en sus bases aéreas para exagerar la impotencia de Moscú. El arte de la guerra todavía cuenta y no hay demasiado arte en el burocratizado oso ruso, que no ha levantado cabeza desde los viejos tiempos del comunismo y los comisarios políticos.
Captura
Con todo, si de hacer leña del Ejército ruso se tratara, me parece mucho más relevante el párrafo del Komsomólskaya Pravda que copio en este artículo para que nadie piense que es uno de esos bulos tan de moda. El redactor —y, detrás de él, el Kremlin, porque nada se escribe en Rusia sin censura previa— hace sus cuentas de la lechera sobre el futuro de la guerra: «Trump puede prohibir la transferencia de misiles Patriot a Ucrania … lo que significa que los Iskander y Kinzhal podrán disparar contra las plantas de ensamblaje de drones». Quizá recuerde el lector que no hace mucho tiempo el propio Putin —como siempre, seguido lealmente por el rusoplanismo— aseguraba que los anticuados Patriot eran incapaces de hacer frente a misiles hipersónicos como el Kinzhal. Sobre todo —le faltó decir al dictador— si logra convencer a Trump de que los retire.
La ira del rusoplanismo
Aunque no pueda ponerse un pero al ataque ucraniano desde la perspectiva del derecho de la guerra, lo que ha ocurrido estos días pasará sin duda a la historia de la infamia. Pero no por el hecho en sí, sino por la reacción del rusoplanismo que, espoleado por el Kremlin, ha salido en tromba a acusar a Zelenski de poner en riesgo a la humanidad. El Komsomólskaya Pravda da el pistoletazo de salida de esta cruzada cuando se pregunta retóricamente si es seguro «pinchar a un oso con un palo mientras asciende lentamente la escalera de la escalada hacia una guerra mundial», sin siquiera considerar que, en beneficio de la seguridad global, bien pudiera el oso bajar de la escalera y ocuparse de sus asuntos.
Es verdad que los aviones destruidos tienen un papel relativamente relevante —el corazón de la disuasión está en los misiles de los submarinos, casi invulnerables en las profundidades de los océanos— en la tríada nuclear rusa. Pero son los mismos aviones que casi cada noche lanzan misiles contra las ciudades ucranianas, matando indiscriminadamente a hombres, mujeres y niños. Si Putin quiere mantener a salvo sus bombarderos —lo que me parece muy bien— seguro que puede llegar a un acuerdo con Zelenski. Basta con que no los utilice para atacar Ucrania, como tampoco usa sus submarinos balísticos para atacar a los mercantes que llevan trigo ucraniano por el Mediterráneo.
Lo que a mí me parece infame es que de los muertos en las calles ucranianas no se queje el rusoplanismo. Para ellos, no está ahí el problema. Si no quieren morir —pensarán los más pertinaces— solo tienen que rendirse. Lo que jamás deberían hacer las víctimas es atreverse a defenderse, no vaya a ser que Rusia «se vea obligada» a usar sus armas nucleares.
Es Rusia quien bombardea Ucrania y son sus ojivas nucleares las que podrían matarnos a todos
No crea el lector que exagero. Uno de los lumbreras que sirven de referencia al rusoplanismo español es el propagandista norteamericano Scott Ritter. Firma el hombre estos días un artículo lleno de santa indignación: «No podemos vivir en un mundo donde nuestro futuro esté dictado por la paciencia y moderación (sic) de un líder ruso frente a provocaciones de las que nosotros mismos somos responsables. Ucrania, no Rusia, representa una amenaza existencial para la humanidad.» Curioso, ¿no? Es Rusia quien bombardea Ucrania y son sus ojivas nucleares las que podrían matarnos a todos, pero la culpa es de su cruel enemigo que se empeña en defenderse. ¡Pobre Putin! —le falta decir al impenitente rusoplanista— que cada noche tiene que ver como los inmisericordes edificios ucranianos destruyen los misiles que tanto dinero le cuestan al pueblo ruso. La cosa me recuerda —perdone el lector la digresión— a un defensa de los tiempos gloriosos del Atlético de Madrid que se quejaba un día en la prensa de que un delantero del equipo rival le había dado un cabezazo en la bota.
Ya he explicado tantas veces las razones por las que Rusia no va a usar armas nucleares en Ucrania que no quiero repetirme una vez más. Para eso está la hemeroteca y, al contrario que los rusoplanistas que navegan a los cambiantes vientos de la propaganda que viene de Moscú, ni Putin ni yo hemos cambiado de opinión sobre este asunto. Sin embargo, hay algo en todo esto que sí que me preocupa. Serviles al Kremlin o simplemente ignorantes, las personas como Ritter y sus seguidores españoles no se dan cuenta de que es su tesis la que pone en peligro a la humanidad. Su insistencia en que las potencias nucleares puedan hacer lo que quieran con sus vecinos sin ser castigadas hará que el Tratado de no Proliferación salte por los aires —a nadie le gusta la indefensión— y multiplicará los riesgos de una hecatombe para las generaciones posteriores.
Una nota de realidad
No crea el lector que, a mi edad, conservo la ingenuidad de mis años mozos. Bien sé que en el mundo real —tenemos la evidencia estos días en España— no todos somos iguales ante la ley. Hay presuntos delincuentes que buscan el aforamiento para mejorar su situación procesal y, más allá de la política, criminales tan poderosos que jamás rendirán cuentas de sus muchos delitos. Pero eso, como se dice en Galicia, pasa porque pasa, no porque deba pasar. Los propios beneficiados invariablemente niegan que exista cualquier trato de favor. Ni el más felón de los españoles —o eso espero— se atrevería a defender públicamente que la desigualdad ante la ley hace mejor a la sociedad.
¿Digo nadie? Bueno, quizá alguno sí. Cuando se trata de la política internacional, el rusoplanismo, con personajes de la ralea de Scott Ritter a la cabeza, sí que aboga por que los débiles carezcan de derechos. A Ritter lo entiendo, porque su país es poderoso. ¿Pero a sus colegas españoles? No sé. Alguna razón tendrán. Quizá —seamos pragmáticos— solo sea un sueldo.
Continuando en la misma línea de pragmatismo, es probable que los seres humanos tengamos que resignarnos a que, de cuando en cuando, tiranos como Putin persigan, y a veces logren, aplicar la ley del más fuerte. Sin embargo, quienes no cobramos por nuestra opinión deberíamos tener claro que a nadie se le puede negar la legítima defensa. Tampoco al valiente pueblo ucraniano. ¿Y eso sirve de algo? —se preguntará alguno de los lectores— ¿qué importa nuestra opinión? Si es usted de los que alberga alguna duda, solo tiene que fijarse en los esfuerzos que hace el Kremlin para engañarnos.