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Carmen de Carlos
AnálisisCarmen de Carlos

Michelle Bachelet, en Madrid: la magia de una inmerecida buena reputación

Resulta sorprendente cómo la expresidenta y Alta Comisionada de la maltrecha ONU para los DD. HH. mantiene una buena imagen en el exterior y sigue en puestos de organismos internacionales donde su legado es efímero pero busca suceder a António Guterres

Act. 08 jul. 2025 - 09:24

Michelle Bachelet con Gustavo Petro, Nicolás Maduro, Miguel Díaz-Canel y Daniel Ortega de fondo

Michelle Bachelet con Gustavo Petro, Nicolás Maduro, Miguel Díaz-Canel y Daniel Ortega de fondoDavid Díaz

En Chile esperaban de ella algo más que pasar inadvertida en las primarias de la izquierda oficialista, donde se impuso la comunista Jeannette Jara Román. En la ONU, donde ocupa el cargo de Alta Comisionada para los Derechos Humanos desde 2018, confiaban —han dejado de hacerlo— en que dejará una huella indeleble y en Madrid, donde estuvo ayer, Michelle Bachelet lo que hizo fue hablar sobre: «El rol de las mujeres en el liderazgo internacional y en la resolución de conflictos.»

La expresidenta de Chile (2006-10 y 2014-18), en dos gobiernos intercalados con el malogrado Sebastián Piñera, pasa por los países y las crisis como si viviera en otro mundo. Sin embargo, resulta asombroso cómo mantiene una buena imagen en el exterior y logra puestos en organismos internacionales donde su legado aporta poco o nada a la historia.

En esta ONU de capa caída, Bachelet no ha supuesto siquiera un balón de oxígeno o bocanada de aire fresco, para las víctimas de las dictaduras de países próximos, con las que coexistió cuando estaba en el Palacio de la Moneda. Para los dictadores de Venezuela, Nicaragua y Cuba, la mujer que ayer daba clases de liderazgo femenino internacional en los cursos de verano de la Complutense no ha sido un azote, ni siquiera un problema y mucho menos una solución.

Para los Maduro, Ortega Murillo o Castro y Díaz-Canel tener a Bachelet en la ONU ha sido un paseíllo. Dicho de otro modo, exactamente lo contrario de lo que les sucedió con el socialista uruguayo Luis Almagro, en la OEA, que olvidaba los eufemismos y llamaba a las dictaduras, dictaduras.

Bachelet, de 73 años, es ese personaje que siempre cae de pie, aunque su gestión esté a la altura del betún

Bachelet, de 73 años, es ese personaje que siempre cae de pie, aunque su gestión esté a la altura del betún e incluso le salpicara la corrupción o el tráfico de influencias, con su hijo Sebastián Dávalos de protagonista.

Su padrino político fue un excelente presidente: Ricardo Lagos. El socialdemócrata primero la nombró al frente del ministerio de Sanidad y después en Defensa. En el primero comenzaron los rumores, que posteriormente se harían denuncias, que ponían en duda su titulación de médico pediatra. El enigma no termina de estar totalmente resuelto, pero su popularidad resistió y parece que la estela perdura.

La segunda Cartera que le entregó Lagos, la de Defensa, se interpretó como una especie de revancha del presidente contra las Fuerzas Armadas donde todavía mencionar a Pinochet les producía satisfacción plena. El proceso de modernización del Ejército y las imágenes de ella subida a un carro de combate reforzaron la reputación de la mujer que reconocería que guardaba silencio cuando se tropezaba con uno de sus verdugos en el ascensor de su casa.

Los gobiernos de Bachelet pasaron como agua de lluvia. No sucedió lo mismo con su gestión del terremoto y tsunami de 2010. La presidenta, la primera en serlo en Chile, llegó a dirigir un mensaje a la nación tranquilizando a la población y dando garantías de que la gran ola que se tragó un buen pedazo de la costa, no se produciría. Lo dijo cuando acaba de suceder. También la denunciarían por ello, pero, una vez más, saldría bien parada.

La hija de Alberto Bachelet, un general de Brigada de la Fuerza Aérea leal a Salvador Allende, que estuvo detenido, sometido a suplicios y a los pocos meses de ser liberado murió por los problemas cardiorrespiratorios que padecía, se educó en la Alemania Oriental donde uno de sus ídolos era –y es– Erich Honecker.

En esos orígenes quizás se explique sus simpatías por los regímenes totalitarios de izquierda en las Américas, pero difícilmente su incompetencia que, ironías de la historia, nunca le ha pasado factura.

Tampoco se entendió su actuación en aquella Cumbre Iberoamericana de 2007 en Santiago de Chile donde era anfitriona y Hugo Chávez, con el que tiene una galería de imágenes entusiastas, desbarró hasta provocar el hartazgo del Rey Juan Carlos que le espetó el famoso, «¡Por qué no te callas!» Bachelet, como le sucedió en el ascensor cuando veía a su torturador, no reaccionó y aquel episodio fue un despropósito con la posterior intervención estelar de Daniel Ortega (el que más barbaridades dijo).

En las primarias de la izquierda chilena se esperaba que la Alta Comisionada por los DD.HH., respaldara la candidatura de la exministra y compañera de filas socialistas, Carolina Toha, pero Bachelet se hizo la distraída. Dicho de otro modo, no se mojó.

En su partido, no parece que sentará bien su indiferencia, pero en Chile observan que ella apunta más alto y el año que viene, que habrá elecciones en la ONU, quiere volver a intentar alcanzar la secretaría general de Naciones Unidas.

A su favor tendrá a los dictadores caribeños, a los expresidentes atrincherados por corruptos como Rafael Correa y Evo Morales, a la condenada Cristina Fernández de Kirchner y al único de los suyos que hoy tiene poder: Luiz Inacio Lula da Silva. En contra, dada su trayectoria, es un misterio.

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