El arte de la guerra y la ética a 80 años del final de la Segunda Guerra Mundial
EE.UU. debía de dar un golpe definitivo y tomar el liderazgo del final de aquella gran guerra. Invadir las islas del Japón era una misión imposible y el Gobierno de Tokio aun sabiendo que la guerra estaba perdida no se rendiría sin honor
El ministro de Relaciones Exteriores, Mamoru Shigemitsu, firma el Acta de Rendición de Japón poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial
Entre el 8 de mayo, que supuso la rendición incondicional de Alemania en el frente Europeo, y el 14 de agosto de 1945, con la rendición total de Japón, en el frente del Pacífico, se produjo el final de la Segunda Guerra Mundial con la victoria de las potencias aliadas (Estados Unidos, la Unión Soviética y Gran Bretaña) frente a los países del Eje, encabezados por el Tercer Reich alemán y el imperio japonés. Se cumplen exactamente ochenta años del fin de esta guerra, la más terrible y mortífera de la historia de la humanidad.
La victoria aliada estuvo precedida por dos acciones que nunca debemos olvidar.
Entre el 13 y 15 de febrero de 1945, doce semanas antes de la capitulación alemana, en una operación conjunta de la Fuerza Aérea Británica (RAF) y las Fuerzas Aéreas Norteamericanas (USAAF) más de mil bombarderos dejaron caer 4.000 toneladas de bombas incendiarias sobre la ciudad de Dresde, convirtiendo a la «Florencia del Elba» en un auténtica bola de fuego incandescente que abrasaron vivos a más de 25.000 civiles, aunque para muchos fueron aproximadamente 40.000. Fue el golpe definitivo para hacer capitular a la Alemania nazi.
En agosto de 1945, el día 6, el B-29 «Enola Gay» de la USAAF, lanzó la primera bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima y el día 9 el bombardero «Bockscar» lanzó la segunda bomba atómica sobre Nagasaki. Murieron entre 110.000 y 210.000 personas.
Ambos actos de guerra dependieron de cálculos basados en la proporción de consecuencias. Ambas acciones suponían directamente matanzas sobre población civil inocente. Ni Dresde, ni Hiroshima, ni Nagasaki, suponían una amenaza para las fuerzas aliadas. En el caso de Dresde concentraba muchísimos refugiados y heridos escapados de los frentes. Hiroshima sí albergaba el cuartel general del segundo ejército japonés, pero era una ciudad tranquila y llena de civiles como Nagasaki.
Winston Churchill sí lamentó luego su parte de decisión sobre el bombardeo de Dresde. Sin embargo, Harry Truman siempre consideró una decisión acertada lanzar las bombas atómicas. La batalla de Okinawa había supuesto un baño de sangre para las fuerzas norteamericanas. El bloqueo naval a Japón y los bombardeos masivos sobre ciudades japonesas no garantizaban una victoria rápida.
En la otra parte del mundo, Stalin el otro ganador de la gran guerra se había adueñado de media Europa y, como bien intuía Churchill, una «cortina de acero» se estaba corriendo peligrosamente sobre el viejo continente. Además, los soviéticos, habían entrado en la guerra del Pacífico y se estaban haciendo con Manchuria.
EE.UU. debía de dar un golpe definitivo y tomar el liderazgo del final de aquella gran guerra. Invadir las islas del Japón era una misión imposible y el Gobierno de Tokio aun sabiendo que la guerra estaba perdida no se rendiría sin honor.
Por eso dar luz verde a los resultados del proyecto Manhattan era la mejor baza para Truman y sus asesores. Esa arma, destructiva como ninguna otra en la Historia haría que el emperador Hirohito, el Hijo del Cielo, aceptase la rendición incondicional. Así fue.
Truman inició un nuevo tiempo en el arte de la guerra.
Pero más allá de los hechos, cuando en 1956 la Universidad de Oxford decidió nombrar doctor honoris causa a Harry Truman, una brillante filósofa, Elisabeth Anscombe, se opuso con firmeza: «Me opongo con vehemencia –dijo– a rendir honores al señor Truman, porque la culpa de una mala acción no se puede compartir a través del elogio y la adulación, así como de su defensa».
Truman, responsable último del lanzamiento de las bombas atómicas no podía, según Anscombe, ser laudado por la Universidad de Oxford, aun sin negar los hechos descritos antes y, a pesar, de que su decisión podría haber salvado, hipotéticamente, miles de vidas poniendo fin a la Segunda Guerra Mundial.
Para Anscombe tales cálculos no eximían a Truman de tomar una decisión criminal y haber ordenado el asesinato de cientos de miles de personas inocentes.
Anscombe afirmó cosas como estas: «Una persona muy mediocre puede hacer cosas increíblemente malvadas y no por ello provocar nuestra admiración. Cualquier tonto pude ser todo lo tramposo que convenga. Si se es estúpido no se puede ser bueno ni hacer nada bueno» (escribe en su discurso: Mr Truman´s Degree).
La filósofa llegó al punto de comparar a Truman con grandes villanos de la historia. Si hacemos esto –dijo–: «¿qué Nerón, qué Gengis Kan, qué Hitler o qué Stalin no serán premiados en el futuro?». No se equivocaba, hemos visto más tarde, premiar de nuevo, con el Nobel de la Paz, a Barack Obama cuya política exterior instigó y agitó las Primaveras Árabes e hizo plausible el concepto de «guerra humanitaria».
Por eso la gran lección de Anscombe aquel 1 de mayo de 1956, consistió en testimoniar que la ética de nuestro tiempo se hace cada vez más imperceptible. Por eso, llegados a este punto, es cuando la filosofía moral se hace verdaderamente útil.
Cuando Elizabeth Anscombe pronunció estas palabras en una sala repleta de teólogos, filósofos e historiadores más importantes de Oxford, recibió las acusaciones de «grosera, ingenua, pretenciosa, pacifista, católica» e, incluso: «¡claro, es que es una mujer!».
Ella, sin embargo, vio lo que sus colegas fueron incapaces de ver que «no se podía honrar a quien había tomado una decisión intrínsecamente injusta».