Los efectos del asesinato de Charlie Kirk en la «sociedad de la barbarie»
El mecanismo de legitimación de la violencia es conocido: deslegitimar al inocente y victimizar al agresor. Así lo han estudiado autores como Bar-Tal, Sabucedo o Apter en The Legitimization of Violence. El proceso es meticuloso: deshumanizar al adversario, ridiculizarlo, tildarlo de criminal, fanático, racista o fascista
Charlie Kirk, originario de Arlington Heights (Chicago), fue el fundador de Turning Point USA
El asesinato de Charlie Kirk, en un campus universitario estadounidense, nos recuerda la oscura vigencia de la violencia política. El crimen contra quien se atrevió a hablar con firmeza de la verdad revela hasta qué punto la intolerancia ideológica puede degenerar en odio homicida. No se trata de un hecho aislado, sino de un síntoma de un tiempo en el que la mentira, la censura y el odio pretenden desplazar al diálogo y a la razón.
Vivir sin mentira fue el último escrito de Aleksandr Solzhenitsyn antes de ser arrestado y luego exiliado de la Unión Soviética bajo la tiranía comunista. Este texto constituye un rechazo frontal a la violencia política y un llamado a no dejarse amedrentar.
La «sociedad de la barbarie»
Vivir sin mentiras, consiste en vivir como personas honestas sin claudicar ni callar de manera cómplice ante la agresión y la falsedad con que la ideología del mal busca pautear y configurar un mundo inhabitable. Un mundo que, bajo el motor del odio, la violencia y la mentira, pretende instaurar lo que, parafraseando a Kant, sería la «sociedad de la barbarie»: poder sin libertad y sin ley. Una suerte de caosmos, aquel delirio inventado por Deleuze. O, en palabras del cínico Frank Underwood de House of Cards: «bienvenida la muerte de la era de la razón; ya no existe el bien ni el mal, solo estar dentro o fuera del poder».
La sociedad de la barbarie de la violencia en clave política, es la claudicación de la razón, del logos, del diálogo que hace posible la libre expresión de las ideas, con la única limitación del respeto a la dignidad de todo hombre y de todos los hombres. En la sociedad de la barbarie pervertida por la violencia política, el ágora, espacio público por excelencia, pierde sentido, y la vida política —la forma de vida más alta a la que está llamada la persona en sociedad— queda reducida a una promesa incumplida. Sin diálogo, sin deliberación, sin discusión prudente y sensata de las ideas, se imposibilita una vida lograda, fundada en la verdad. No extraña, entonces, que los antiguos afirmaran: veritas parit odium; la verdad engendra odio, y ello sucede precisamente cuando se la rechaza.
La violencia política adopta expresiones diversas: asesinato, campos de prisioneros, genocidio, terror, censura, engaño, coacción moral
En la sociedad de la barbarie, la violencia política adopta expresiones diversas: asesinato, campos de prisioneros, genocidio, terror, censura, engaño, coacción moral, psicológica y física. Su propósito es siempre el mismo: silenciar y aniquilar al disidente. Ervin Staub, en su célebre obra The Roots of Evil (1989), recordaba que uno de los factores cruciales de la violencia política es la ideología. Un sistema totalizante, una visión utópica de una sociedad ideal. Una suerte de religión invertida que divide al mundo en opresores y oprimidos, donde hay que eliminar al «enemigo» que entorpece mis fines.
De ahí que la violencia política transforme a quienes la practican. Los convierte en personas que justifican el desprecio hacia grupos enteros, vistos como culpables de los males de la vida. Esa perversión moral termina por legitimar incluso la eliminación de inocentes. Como advertía el entonces cardenal Ratzinger, la violencia llega a presentarse como un falso consuelo para quienes están rotos por la vida.
Legitimización de la violencia
El mecanismo de legitimación de la violencia es conocido: deslegitimar al inocente y victimizar al agresor. Así lo han estudiado autores como Bar-Tal, Sabucedo o Apter en The Legitimization of Violence. El proceso es meticuloso: deshumanizar al adversario, ridiculizarlo, tildarlo de criminal, fanático, racista o fascista; asociarlo a atrocidades pasadas y presentarlo como amenaza presente. En esa lógica, todo queda justificado. La agresión física, la censura, el asesinato y hasta el terrorismo.
El profesor florentino Sergio Cotta, en Why Violence? A Philosophical Interpretation, identificó en la «metafísica de la subjetividad» el germen de este mal. El hombre que se erige como sol de sí mismo, como pretendía Marx o en palabras de Nietzsche, no soporta no ser dios. Pero fue Solzhenitsyn quien expresó la raíz última de esta tragedia, a propósito de los millones de seres humanos asesinados bajo el régimen del terror marxista soviético: «Los hombres han olvidado a Dios; por eso todo esto ha pasado», afirmó en 1984 al recibir el Premio Templeton.
El olvido de Dios es el origen del eclipse de la verdad y de la violencia contra la vida. Y solo un «vivir sin mentira», arraigado en la verdad y en Aquel que nos dio la existencia, puede revertir este destino.
El desafío es claro. Acometer la tarea para que Dios no sea expulsado de nuestras leyes, de nuestras escuelas, nuestros hogares. Charlie Kirk en nombre de Aquel que dio la vida, murió heroicamente en ese empeño.
El testimonio de Charles Kirk se convirtió en un ejemplo vivo que conmovió hasta lo más profundo e íntimo a Erika, su esposa, quien, entre lágrimas, realizó el acto más significativo que identifica a un cristiano. Perdonar a quien asesinó al amor de su vida por la fuerza del Amor.