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Hugo Coya
CrónicaHugo Coya

Perú: cobre al sol, plata en la sombra y leyes que se derriten

La economía funciona, la minería exporta, pero el Congreso legisla como si el delito mereciera subsidio. Los parlamentarios han aprobado lo que muchos juristas llaman sin rodeos leyes pro-crimen: normas que facilitan excarcelaciones, reducen penas, complican la labor de fiscales y jueces, y debilitan los mecanismos de control

Soldados peruanos en las calles de Perú

Soldados peruanos en las calles de PerúRR SS

Lima y el vecino puerto del Callao se encuentran otra vez bajo estado de emergencia. Los soldados patrullan los mercados y las esquinas donde antes se vendían mangos y cigarrillos sueltos.

José Jerí, recién juramentado presidente tras la destitución de Dina Boluarte, promete que devolverá la seguridad en treinta días. Treinta días de uniformes, treinta días de miedo reglamentado. En el Perú, el calendario del orden siempre tiene fecha de vencimiento.

La receta es conocida: se decreta la emergencia como si fuera una vacuna y se confunde autoridad con presencia armada. Mientras tanto, el subsuelo sigue cumpliendo con puntualidad su deber patriótico: el cobre mantiene la balanza comercial y la plata reluce, discreta, desde las entrañas de la tierra. Porque sí, el país no solo es uno de los mayores productores de cobre del planeta; también es uno de los principales productores mundiales de plata. Un metal que ilumina paneles solares y joyas extranjeras, pero que en casa apenas alcanza para el espejo donde mirarse sin vergüenza.

La impunidad ya no es un defecto del sistema: es una política de Estado con mayoría parlamentaria

Esa es la ironía: el país que brilla por dentro se apaga por fuera. La economía funciona, la minería exporta, pero el Congreso legisla como si el delito mereciera subsidio.

En los últimos meses, los parlamentarios han aprobado lo que muchos juristas llaman sin rodeos leyes pro-crimen: normas que facilitan excarcelaciones, reducen penas, complican la labor de fiscales y jueces, y debilitan los mecanismos de control. La impunidad ya no es un defecto del sistema: es una política de Estado con mayoría parlamentaria.

Así, Lima —esa ciudad que brilla por las noches y sangra por las mañanas— vive entre los anuncios del presidente y los ruidos del Congreso. Mientras los soldados patrullan la capital, los legisladores patrullan la justicia. Unos con fusiles, otros con decretos; ambos con el mismo resultado: más miedo, menos confianza.

Pero no todo se mide en toneladas ni en puntos del PIB. También en vidas que se apagan sin titular, en barrios que se blindan, en jóvenes que crecen convencidos de que la ley no sirve para protegerlos, sino para salvar a los de siempre. La riqueza mineral del país es una metáfora cruel: el cobre resiste el fuego, la plata no se oxida, pero las leyes se derriten con el calor del poder.

Cuando, como se espera, dentro de unas semanas termine este nuevo estado de emergencia, Lima y el Callao volverán a la normalidad: los soldados regresarán a los cuarteles, los políticos a sus pactos, los delincuentes a las calles. Solo la plata seguirá brillando bajo tierra, impasible, como si el país tuviera dos rostros: uno mineral y eterno, y otro humano y fugaz.

Porque un país puede exportar metales, pero no puede exportar conciencia. Y mientras la economía siga funcionando mejor que la justicia, el Perú —ese país que aún no sabe si brilla o se oxida— seguirá mirándose en el espejo empañado de su propia plata.

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