Friedrich Merz candidato de la Unión Demócrata Cristiana (CDU) y Alice Weidel de la AfD
El Gobierno alemán declara la guerra política a la AfD para recuperar a sus votantes
Hace medio año, Friedrich Merz, líder de la Unión Democristiana alemana (CDU), fue investido como canciller alemán pactando con los socialdemócratas, que lideraban el anterior Gobierno, y dejando en la oposición al segundo partido más votado en las elecciones de febrero, Alternativa para Alemania (AfD). Desde entonces, las encuestas no paran de augurar una crecida imparable del partido escorado a la derecha y dirigido por Alice Weidel. En algunos casos, hasta situándola como primera fuerza política.
Es por eso que, con varias elecciones clave en los próximos meses en territorio teutón, Merz sabe que, o actúa, o todo indica que los votos para su partido irán en descenso y para AfD en aumento. Con cinco estados federados llamados a votar en 2026, ha decidido marcar un rumbo contundente y pasar a definir directamente al partido de Weidel como su «principal adversario» y mantener un veto absoluto a cualquier colaboración.
Una línea de pensamiento mucho más cercana a la gran líder histórica de la CDU, Angela Merkel, que la que había esgrimido hasta ahora el propio Merz, que antes de ser investido como canciller incluso votó junto a la AfD en un tema migratorio que le costó duras críticas en su partido y en la oposición.
Sea como fuere, la realidad es que la formación derechista ya es la principal fuerza en varias partes del país, especialmente en los länder orientales como Sajonia-Anhalt o Mecklemburgo-Pomerania Occidental, arrebatando al resto de formaciones distritos rurales y barrios obreros que habían sido sus bastiones. Allí, la AfD ha encontrado un voto de agravio, alimentado por el frenazo económico, la inflación y un debate migratorio que nunca ha llegado a cerrarse desde la crisis de refugiados de 2015.
Para revertir esa tendencia, los democristianos han puesto en marcha el plan Weisse Flecken, manchas blancas en castellano. La estrategia pasa por invertir tiempo y recursos en esos territorios e intentar reconectar con quienes perciben que la clase política ha dejado de hablar de sus problemas. «Hubo decisiones que erosionaron la confianza: la entrada irregular de inmigración, la ley de nacionalización exprés, el abandono de nuestras calles», suele recitar el propio Merz con frecuencia.
El canciller alemán, Friedrich Merz
Concretamente, el canciller quiere aplicar una política migratoria más restrictiva, recortes en ayudas sociales ligadas a extranjeros y un discurso que pivota sobre la seguridad ciudadana como elemento central para las familias alemanas. Es decir, un acercamiento a la línea de pensamiento de AfD para recuperar los terrenos perdidos a su costa.
La polémica lleva varios días salpicando el tablero político alemán, concretamente desde que, a principios de mes, Merz comentó que en los centros urbanos persistía «un problema evidente», en referencia a barrios donde confluyen mayorías de origen inmigrante. Esta frase provocó el rechazo inmediato de la izquierda alemana y también de los socialdemócratas, con quienes gobierna. Su líder, Lars Klingbeil, afirmó: «Quiero vivir en un país en el que la apariencia no determine si encajas o no en el paisaje urbano».
El equilibrio político es delicado para Merz, pues quiere recuperar terreno ante AfD, utilizando para ello varios de sus principios, lo que le enfrenta a los socialdemócratas, con quienes tendría que pactar para formar gobiernos, teniendo en cuenta que, a día de hoy, ningún sondeo les entrega la mayoría absoluta en los estados federados.
Si el canciller no triunfa en su propuesta y la formación de Weidel sigue creciendo, Alemania entraría en un terreno desconocido. O, simplemente, en una reconexión de la clase política con los problemas del ciudadano a pie.