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Mamdani: el regalo envenenado para Trump


La victoria de un socialista en Nueva York revela la fractura generacional que amenaza tanto a Trump como a los demócratas

Trump y Mamdani

Trump y MamdaniDavid Díaz

Las elecciones del martes en Estados Unidos tienen a todo el mundo muy excitado. «Fin del trumpismo», dicen unos. «Bofetada a los republicanos», dicen otros. En mi modesta opinión, la realidad es mucho más simple… y al mismo tiempo más compleja.

Los demócratas han ganado dos gobernaciones en estados que históricamente les pertenecen. Virginia jamás ha elegido tres veces seguidas a un gobernador del mismo partido. En Nueva Jersey, los suburbios del área de Nueva York dominan desde hace tiempo a un sur rural y republicano. Y en la ciudad de Nueva York, con apenas un 38 % de participación, los jóvenes han elegido a un alcalde en una urbe que siempre vota demócrata… incluso cuando sus alcaldes se disfrazan de republicanos, como Bloomberg, para evitar las primarias. Esta vez la contienda fue entre un socialista confeso (Zohran Mamdani) y un demócrata tradicional (Cuomo).

Es cierto que los márgenes en Virginia —cuyo norte vive de nóminas federales— fueron más amplios de lo esperado. En medio de un cierre gubernamental, los empleados públicos en mitad de un ERTE no entienden de filibusterismo legislativo: votaron hace un año a los republicanos y, por tanto, los culpan del bloqueo. También es cierto que la Administración parece estar perdiendo el apoyo latino, probablemente por el tono virulento de su cruzada anti migratoria. Esto se notó principalmente en Nueva Jersey.

Promesas incumplidas y realidades caras

Trump prometió a su nueva coalición republicana acabar con la inflación y abaratar la vida de la clase trabajadora. Y no lo está logrando. Tras un inicio prometedor con DOGE y un vendaval desregulatorio, casi todos los titulares se han centrado en política internacional, como si hubiese olvidado a su base del Make America Great Again.

La inflación continúa al 3 %, y ya no por la energía —que baja— sino por la cesta de la compra, la que más golpea a los humildes. La vivienda sigue subiendo a ritmos de vértigo, y las trabas regulatorias convierten en epopeya construir una casa en muchos estados. A esto se suma el pánico por la inteligencia artificial: millones temen perder sus empleos, precisamente en las capas sociales que auparon a Trump.

El socialista millennial

Todos esos miedos confluyeron en la elección de Zohran Mamdani: un socialista declarado (aunque no sepa bien lo que el término significa), el alcalde más joven de Nueva York en un siglo, y para más inri, musulmán.

Nunca ha trabajado, ha vivido de su madre y promete milagros con recetas bolivarianas

Nunca ha trabajado, ha vivido de su madre y promete milagros con recetas bolivarianas. Su mandato será, previsiblemente, tan catastrófico como auguran sus detractores. Afortunadamente, muchas de sus «medidas estrella» —como la subida masiva de impuestos— dependen de los legisladores de Albany, lo que las convierte en puro postureo. Pero ya tenemos la experiencia de San Francisco o del Nueva York de Dinkins, de lo rápido que puede degenerar una ciudad con políticas erróneas y políticos pueriles.

El sistema electoral tampoco ayuda a interpretar su victoria: la alcaldía de NY se vota en un año sin presidenciales ni legislativas, con lo cual los incentivos a participar no son los mejores. La participación fue del 38 %, que ya es récord frente al 21 % anterior. Los datos demoscópicos son reveladores: entre los neoyorquinos nativos, Mamdani obtuvo solo el 38 % del voto, pero entre los inmigrantes recientes, el 85 %. Y la presencia de Cuomo como adversario, un personaje caído en desgracia por escándalos de acoso sexual, le regaló a Mamdani más del 80 % del voto femenino joven.

La «coalición del cabreo»

Los republicanos harían mal en consolarse. Empujado por unos votantes juveniles, la famosa generación Z, Mamdani ha articulado una «coalición del cabreo»: jóvenes de familias acomodadas pero sin futuro, endeudados por títulos universitarios que ya no garantizan el ascenso social. Viven hacinados en estudios compartidos, trabajan mucho y ahorran poco. No poseen nada —ni activos ni la esperanza de tenerlos—, y, desde su posición de capital neto negativo, les resulta fácil rechazar el capitalismo. Más fácil aún lanzarse en los brazos de un osezno que les ofrece el «todo gratis» del nuevo socialismo urbano.

El espejo de Trump, ahí está el verdadero problema: para Trump… y también para los demócratas.

Trump forjó una alianza entre republicanos tradicionales y obreros desencantados del paternalismo estatal. Les ofreció desregulación, reindustrialización y asequibilidad. Si no pone ahora el foco en esto último, los demócratas le robarán la cartera en las midterms.

Cierto es que Nueva York, Washington o San Francisco son territorio hostil y a los republicanos no se les ha perdido nada en esos lares. Pero también lo es que parte del mensaje de Mamdani resuena en los condados obreros de Ohio, Michigan o Carolina del Norte, distritos que serán esenciales si los republicanos pretender re-editar su mayoría en la Cámara de representantes.

No es cierto que Trump haya abandonado a su base —las rebajas fiscales del Big Beautiful Bill beneficiaron sobre todo a los trabajadores, con exenciones para propinas y horas extra—, y los salarios reales han subido un 1,5 % por encima de la inflación. Pero eso no basta cuando llenar el carrito del supermercado duele más que nunca. En política, no se gana por lo que haces, sino por lo que la gente cree que haces. Trump, maestro de la narrativa, parece, de momento, haber perdido el relato. Y le va mucho en ello. Una mayoría demócrata en la Cámara de representantes el año que viene prácticamente garantiza que tendremos un impeachment en el 2027.

El dilema demócrata

Para los demócratas, el problema es más grave. Los aparatchiks de Washington apostaron por centristas en Virginia y Nueva Jersey, pero no vieron venir el huracán que les pegó desde su ala izquierda con Mamdani. Su victoria ha fortalecido al ala socialista del partido, con Sanders y Ocasio-Cortez frotándose las manos. Si en las primarias del año que viene los radicales ganan, aunque sea un puñado de distritos, los centristas habrán perdido el alma del partido. Y si Mamdani intenta aplicar siquiera el 10% de lo prometido, los republicanos tendrán un bate de béisbol perfecto para golpear en las midterms.

Un contrato social resquebrajado

Más allá de la táctica electoral de ambos partidos, la elección de Mamdani refleja un mal más profundo. La sensación que se está desmoronando el pacto social, tanto entre clases como entre generaciones. Nadie ofrece respuestas serias al impacto de la robótica y la inteligencia artificial sobre el mercado laboral. No en veinte años, sino esta misma década.

Tampoco se aborda cómo reconectar a una juventud educada pero sin futuro, atrapada entre la deuda y la frustración. Les prometieron el sueño americano; han recibido un crédito estudiantil y un trabajo part-time en Starbucks. Son los nuevos fijos discontinuos americanos. Y además, les toca financiar una seguridad social para sus mayores, conscientes de que para cuando les toque su turno, el sistema habrá dejado de ser viable.

Reparar este tejido roto requerirá cirugía social de precisión. Y tal vez, reexaminar los principios sobre los que hemos construido un siglo de prosperidad. Desde el sistema fiscal, hasta la estructura del mercado laboral, pasando por la seguridad social, todas las estructuras van a mutar.

Los libertarios optimistas pensamos que la humanidad, como ha hecho en incontables ocasiones anteriores, se adaptará y saldremos fortalecidos. Pero eso es una observación a largo plazo, y las elecciones son en doce meses. Quizá soy un ingenuo en pensar que nuestros políticos —de ambos bandos— están a la altura de esa tarea. Pero no por ignorar estos problemas van a desaparecer. Y hay que proponer soluciones coherentes al electorado.

Epílogo: Nueva York sobrevivirá

Las elecciones del pasado martes son una mota en el universo, pero ignorar su mensaje sería un error. Nueva York sobrevivirá a Mamdani. Tras unos años de caos, y una predecible aceleración de la salida de los ricos (los que mas aportan a las arcas) de la ciudad, NY acabará en otra crisis fiscal. Entonces aparecerá otro Bloomberg que la rescate. Pero la receptividad de una juventud educada ante un mensaje tan pueril como extravagante revela algo más profundo: un malestar de fondo, una marea silenciosa que amenaza con tragarse al establishment entero.

Resolver nuestros nuevos dilemas en un país lastrado por el yugo de una deuda insostenible, será poco menos que un milagro.

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