Tras Putin: la responsabilidad democrática del mundo libre
Mi punto de partida es claro: no habrá una Rusia pacífica y democrática sin una Ucrania victoriosa, libre y plenamente segura
Acabo de regresar de Washington D. C., donde he sido ponente en un importante foro de representantes políticos conservadores, la International Democracy Union (IDU), comprometidos con la defensa de la democracia, el Estado de derecho y la libertad.
Me han pedido intervenir en un panel dedicado a un tema tan complejo como necesario: After Putin: Shaping a peaceful and democratic future for Russia. Una cuestión que no es un ejercicio académico: afecta directamente al futuro de Europa, a la seguridad internacional y a la estabilidad global.
Desde mi doble condición de eurodiputado y secretario general de la International Demócrata de Centro (IDC), compartí algunas reflexiones que resumo a continuación.
Mi punto de partida fue claro: no habrá una Rusia pacífica y democrática sin una Ucrania victoriosa, libre y plenamente segura.
La agresión rusa contra Ucrania no es fruto de un arrebato ni de una decisión aislada; es la culminación de un proyecto autoritario e imperial que lleva más de veinte años construyéndose paso a paso. Por eso, hablar del «día después de Putin» sin garantizar antes la derrota de esa agresión y la restauración plena de la soberanía ucraniana sería una ilusión peligrosa.
Subrayé también un aspecto esencial: el putinismo no es solo Putin. Es un sistema político y económico: un aparato represivo consolidado, una oligarquía dependiente del Kremlin, una economía militarizada y un nacionalismo agresivo que alimenta la hostilidad hacia Occidente. Ese entramado seguirá existiendo cuando Putin abandone el poder, sea cual sea el escenario de transición.
La pregunta no es únicamente quién sucederá a Putin, sino cómo desmantelar una estructura diseñada para perpetuar la autocracia. Cualquier cambio profundo será gradual, incierto y potencialmente inestable. No repetir el error de creer que la democracia se implanta en dos días.
En este punto introduje una reflexión necesaria: Europa (y especialmente el norte de Europa) no puede repetir el error de dar por hecho que la democracia puede implantarse de un día para otro. Ya lo vimos en la Primavera Árabe, cuando muchos en Occidente pensaron que la caída de un régimen autoritario equivalía automáticamente al nacimiento de una democracia estable. La realidad demostró lo contrario.
Este mismo error se cometió en Rusia tras la caída de la Unión Soviética. El experimento democrático fracasó, en parte, porque los occidentales nos acercamos al país como quien llega al «El Dorado»: buscando oportunidades de negocio inmediato y sin la paciencia, el método ni el acompañamiento institucional necesarios para una transición democrática real.
En vez de fomentar la construcción lenta y profunda de instituciones, de tejido cívico y de cultura democrática, fuimos con los McDonald’s, símbolos del mercado rápido, pero no con la visión a largo plazo que exige consolidar una sociedad libre. Ese vacío fue el terreno fértil en el que acabaría germinando el putinismo.
Ante esta realidad, la comunidad transatlántica tiene responsabilidades fundamentales. La primera es mantener la unidad estratégica. Europa, Estados Unidos y sus socios democráticos deben actuar coordinadamente. Las divisiones internas, ya sea en Washington, Bruselas o cualquier capital europea, solo refuerzan la narrativa del Kremlin y facilitan futuras agresiones. El atlantismo no es una consigna simbólica; es una condición de seguridad.
La segunda responsabilidad es apoyar a la sociedad civil rusa, tanto dentro como fuera del país. Millones de ciudadanos han visto desaparecer sus espacios de libertad; miles han debido exiliarse. He tenido ocasión de conocer y trabajar con muchos de ellos, de la oposición democrática de Rusia y de otros países del espacio postsoviético.
Si aspiramos a imaginar una Rusia diferente, debemos fortalecer a quienes están dispuestos a construirla: con recursos, formación, redes de cooperación y protección frente a la represión y la desinformación del Kremlin.
La tercera responsabilidad es reforzar la seguridad y la resiliencia de los países del Este. Finlandia, Polonia, los Estados bálticos, Moldavia o Georgia saben bien que cualquier debilidad europea es una oportunidad para el expansionismo ruso. La ampliación de la OTAN, el fortalecimiento de nuestras capacidades de defensa y el apoyo estructural a Ucrania son inversiones indispensables para el futuro del continente.
El objetivo del mundo democrático no es humillar a Rusia, sino crear las condiciones para que, algún día, pueda integrarse voluntariamente en un orden internacional basado en reglas, respeto a las fronteras y dignidad humana. Para ello será esencial exigir responsabilidades por los crímenes de guerra, establecer mecanismos de compensación a Ucrania y condicionar cualquier cooperación futura a transformaciones reales y verificables.
El futuro de Rusia dependerá, en última instancia, de los propios rusos. Pero el mundo libre tiene la obligación moral y estratégica de corregir los errores del pasado y actuar con visión de largo plazo, evitando la ingenuidad de las transiciones exprés y comprendiendo que la consolidación democrática requiere tiempo, constancia y coherencia.
Desde los espacios donde convergen la moderación y el realismo seguiremos defendiendo esta visión, convencidos de que una Europa segura y una Rusia democrática, algún día, son dos caras de la misma esperanza.
- Antonio López-Istúriz es eurodiputado y secretario general de la IDC