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Aquilino Cayuela
AnálisisAquilino Cayuela

La conciencia histórica del presente: el principio del fin del viejo orden mundial

El curso de este año 2025 se cierra marcado por guerras considerables y activas que han dominado el paisaje internacional

Los presidentes Donald Trump de EE.UU., Xi Jinping de China y Vladimir Putin de Rusia

Los presidentes Donald Trump de EE.UU., Xi Jinping de China y Vladimir Putin de RusiaÁngel Ruiz

El inicio de la ocupación de Ucrania por parte de Rusia, el 24 de febrero de 2022, y la guerra que se extiende hasta el presente ha supuesto una concatenación de cambios en mundo actual. Cambios espectaculares e imprevisible que han roto el imaginario ético político de los últimos treinta años.

Dos argumentos habían predominado desde 1995. El más reconocido y divulgado fue el llamado fin de la Historia, formulado por Francis Fukuyama:

«El liberalismo económico y político como ideario de Occidente, finalmente se ha impuesto en el mundo como se evidenció en el colapso y agotamiento de las ideologías alternativas (socialismo real). El triunfo del liberalismo democrático como término de la evolución ideológica en sí, supone el fin de la historia en términos hegelianos –toma de conciencia de la libertad individual–, de modo que su concreción futura u objetivación en el mundo será ciertamente inevitable e insuperable».

Pero existió otro argumento implícito y más fundante al que nos hemos aferrado ideológicamente en los últimos 35 años:

«La ilusión de la paz perpetua o las expectativas de una paz suscitadas en 1995 cuando celebrábamos, en el mundo académico, los doscientos años del aniversario del opúsculo de Kant Sobre la paz perpetua». Creímos e interiorizamos esta ilusión pensado que las condiciones de posibilidad de una paz perdurable, que había pronosticado Kant en 1795 se habían cumplido plenamente 200 años después».

Cuando Vladimir Putin el 24 de febrero de 2022 ordenó la invasión de Ucrania acabó definitivamente con esta ilusión. No habíamos alcanzado ninguna paz perdurable. Todo fue un espejismo prolongado en el tiempo.

El curso de este año 2025 se cierra marcado por guerras considerables y activas que ha dominado el paisaje internacional:

La guerra de Europa, entre Rusia y Ucrania. Tal vez la más considerable y peligrosa por su significativo enfrentamiento entre una Rusia revisionista de un nacionalismo imperialista y la Europa Occidental. Una guerra que enfrenta a Europa Occidental y Rusia y que la Administración Trump está tratando devolver a la vía diplomática y establecer un acuerdo de paz.

La de Oriente Próximo, en Gaza, actualmente pacificada y en vías de una compleja solución. Una guerra que ha costado a Israel sostener un amplio conflicto en la región, no solo contra los terroristas de Hamás, sino Irán y sus milicias chiíes extendidas en el Líbano, los territorios de Siria, Irak y el Yemen.

La multiplicidad de conflictos y la manifiesta multipolaridad internacional no queda ahí: Hay tensiones en las fronteras de Irán con Pakistán, India con China y Serbia con Kósovo, donde las amenazas de guerra van y vienen.

Existe una anunciada posibilidad de grave conflicto en el estrecho de Formosa, por la intención de China de anexionarse Taiwán y la prolongada amenaza de guerra entre las dos Coreas.

Se mantienen latentes conflictos como los que enfrentan a Armenia y Azerbaiyán (por Nagorno–Karabaj), en los territorios kurdos de Turquía, en la nueva Siria dirigida por yihadistas suníes, en Sudán del Sur, en República Centroafricana y en Birmania. Además, la inestabilidad ha aumentado, a gran escala, en los países del Sahel, muy gravemente en Nigeria y también en Somalia.

Otra fuente de conflictos viene de la redes del narcotráfico que ejercen una continua violencia en México, Ecuador y Colombia, junto a las narco dictaduras como la que Maduro sostiene en Venezuela, actualmente bajo la presión de los Estados Unidos.

El mundo ha cambiado más en los últimos cuatro años que en los 30 años anteriores.

Nuestras noticias están repletas de conflictos y tragedias.

A medida que aumentan los conflictos, las democracias parecen estar en declive. La polarización, el trucaje democrático ocasionado por un corrupto liberalismo y una nueva izquierda impositiva frente a la creciente voluntad de los ciudadanos por cambiar el rumbo político hacia una nueva derecha, está tensionando sociedades en naciones como Francia o España.

La Unión Europea pierde credibilidad, capacidad y valor a los ojos de sus ciudadanos.

Gracias a las esperanzas que siguieron a la caída del Muro de Berlín, el mundo se unió para abrazar la democracia y el capitalismo de mercado bajo la ilusión de la paz perpetua pensando que las sinergias iban a unir al mundo con la globalización –el comercio, la energía, la tecnología y la información–, pero todo fue un espejismo y ahora se está dividiendo. La globalización está fracturada y sin embargo sigue adelante.

En estos cuatro años el mundo ha cambiado extraordinariamente y podemos afirmar que hemos entrado en una «era de conflictos y multipolaridad». Una época de incertidumbres crecientes y riesgos que podrían ser catastróficos.

El orden liberal basado en normas que surgió tras el fin de la Segunda Guerra Mundial está terminal. La cooperación multilateral está dando paso a la competencia multipolar. Las transacciones oportunistas parecen importar más que la defensa de las normas internacionales. La competencia entre grandes potencias ha vuelto, y la rivalidad principal entre China y Estados Unidos determina el marco de la geopolítica.

Es probable que entre los cinco a diez años próximos se determine el nuevo curso del orden internacional.

Este «cambio de época» exige una responsabilidad decisiva por parte nuestra, los ciudadanos occidentales: Tomar conciencia histórica del presente y saber elegir bien a nuestros representantes políticos. Nos jugamos muchísimo.

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