Venezuela después de Maduro: Muchas preguntas llenas de esperanza
La captura de Maduro puede ser el final de una persona, pero no disuelve por arte de magia el aparato que construyó: un régimen con mandos militares, redes de inteligencia, estructuras paramilitares, economías ilícitas, cárceles de rehenes políticos y un sistema de propaganda entrenado para sobrevivir al caos
Imágenes de Caracas bajo los bombardeos
En la madrugada de hoy, el mismo día en que Panamá logró salir del régimen de Noriega, Venezuela despertó dentro de un hecho sin precedentes en la historia reciente de la región: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció una operación militar en territorio venezolano y aseguró que Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, fueron capturados y sacados del país.
Venezuela entró en una mezcla de conmoción, miedo y una emoción contenida. En paralelo, quienes tratan de quedar en pie intentan ocupar el vacío con mensajes de fuerza: Delcy Rodríguez declaró que el gobierno no conoce el paradero de Maduro y Flores, y exigió «prueba de vida», y Vladimir Padrino llamó a «resistir» lo que describió como presencia de fuerzas extranjeras. Lo mismo hizo Diosdado Cabello.
Pero más allá de la adrenalina y de la emoción, nos toca subrayar una verdad esencial: Todo esto es responsabilidad política de Nicolás Maduro. Durante años tuvo salidas. Pudo abrir el cauce democrático. Pudo negociar una transición con garantías. Pudo evitar que Venezuela terminara siendo presentada ante el mundo como un «narco-Estado» y como un problema de seguridad internacional. Escogió lo contrario: represión, fraude, criminalidad y soberbia.
La pregunta que hoy le importa al venezolano común —y también a España, a Europa y a toda la región— es simple: ¿qué puede pasar ahora?
Lo inmediato: lograr que el final de Maduro sea el final de un sistema
La captura de Maduro puede ser el final de una persona, pero no disuelve por arte de magia el aparato que construyó: un régimen con mandos militares, redes de inteligencia, estructuras paramilitares, economías ilícitas, cárceles de rehenes políticos y un sistema de propaganda entrenado para sobrevivir al caos.
Por eso, esta etapa exige lucidez: el objetivo no es solo «celebrar», sino evitar un vacío que se convierta en prolongar la agonía de la dictadura. Venezuela necesita hoy mucha sensatez.
La regla de oro: quien intente heredar el crimen heredará el castigo
Lo que deben entender Delcy Rodríguez, Diosdado Cabello y Padrino es lo siguiente: la era de la impunidad está terminando. Hoy no se trata de amenazas, sino de hechos. Si Estados Unidos ha ejecutado una operación de esta magnitud, la más directa en la región desde Panamá 1989, es porque considera a Venezuela un asunto de seguridad nacional y crimen transnacional.
Quien intente «continuar» el madurismo, no con política sino con represión y economía ilícita, se coloca en la misma ruta de choque. En cambio, quien facilite una transición ordenada puede contribuir a evitar más dolor y más destrucción.
Tres opciones
Tres posibilidades inmediatas que me atrevo a dibujar en un momento muy movido:
La primera, una transición inmediata con legitimidad democrática y apoyo externo.
Es el escenario que Venezuela necesita: reconocer la fuerza ciudadana que se expresó el 28 de julio y encaminar proceso de reconstrucción de las instituciones, con garantías para todos bajo un espíritu de unidad nacional y con el liderazgo de Edmundo Gonzalez y María Corina Machado y la Plataforma Unitaria. La clave aquí no es la revancha, sino el orden. No se puede reconstruir un país en el aire: hace falta autoridad legítima, control territorial progresivo y una hoja de ruta clara.
La segunda, una fractura interna y negociación acelerada.
Cuando un capo cae, el círculo se mira a sí mismo y calcula. Este es el momento en el que algunos dentro del régimen pueden concluir que la única salida personal es facilitar una transición con acompañamiento de países aliados. No por virtud, sino por supervivencia. Aquí no hay romanticismo: hay cálculo.
Este escenario abre una oportunidad: un acuerdo de salida con garantías condicionadas (no impunidad), liberación de presos políticos, apertura humanitaria, y reconocimiento de un proceso de transición y elecciones bajo acompañamiento internacional.
El tercero, la agonía autoritaria y represión de supervivencia.
Es el camino a evitar y que sugieren, al menos en el tono, los mensajes de Padrino y Diosdado sobre «resistir» y rechazar tropas extranjeras, y el discurso de «agresión imperialista» que busca cohesionar a los propios con miedo y nacionalismo.
En este escenario, el Madurismo sin Maduro intentaría sobrevivir: militariza calles, reprime protestas, corta comunicaciones y se atrinchera en Caracas. Sería el peor camino, porque prolonga el sufrimiento y lo inevitable: se acabó la dictadura. Esto acelera nuevas acciones de fuerza.
Venezuela necesita paz, pero no la «paz» del miedo. Necesita democracia, pero no como consigna abstracta: como instituciones reales. Necesita ayuda internacional, pero bien enfocada: no solo asistencia humanitaria, sino reconstrucción institucional, reforma del sector seguridad, reinstitucionalización de justicia, y un plan serio para la recuperación económica. Y necesita un mensaje nítido: este momento no puede terminar en un simple «reemplazo» del dictador por otro rostro del mismo sistema.
El país está, como se dice en medicina, en pleno parto: doloroso, incierto, decisivo. Habrá preguntas difíciles: ¿quién garantiza el orden? ¿cómo se protegen los civiles? ¿cómo se evita que bandas y grupos armados llenen vacíos? ¿qué papel jugarán la comunidad internacional, la OEA, la ONU, la UE? Y también habrá preguntas morales: ¿cómo se hace justicia sin caer en espirales de violencia?
Pero por primera vez en mucho tiempo, esas preguntas están llenas de esperanza, porque ya no nacen de la resignación, sino de la posibilidad.
El destino de Venezuela, a partir de hoy, debe ser uno: transición democrática inmediata y reconstrucción nacional con apoyo internacional. A quienes hoy quedan entre los escombros del madurismo, el mensaje es tan sencillo como histórico: abran la puerta, negocien el regreso a la democracia, o terminarán arrastrados por la misma ola que se llevó a Maduro.