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Trump, Irán y el riesgo de las líneas rojas

El presidente Trump se enfrenta a una de sus mayores crisis desde su regreso a la Casa Blanca. Y no por ICE, ni por Minnesota, sino por una herida auto-infligida: su verborrea con Irán

El presidente de Estados Unidos Donald Trump y el «líder supremo» de Irán Ali JameneiAFP

Tras semanas de protestas masivas —en aumento desde diciembre— y una represión brutal del régimen teocrático, con más de 3.000 muertos según organizaciones de derechos humanos, Trump decidió tirarse a la piscina. En su apoyo público a los manifestantes aseguró que la «ayuda está en camino». El mensaje era inequívoco: si el régimen reprimía con violencia, Estados Unidos actuaría. No había demasiadas interpretaciones posibles. La amenaza era directa, real y explícita.

Cuatro días después, sin embargo, parece haberse producido una marcha atrás. Todo indica que su círculo más cercano —junto con líderes de Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes Unidos e incluso Israel— le habría desaconsejado una acción militar inmediata. El motivo: la insuficiente presencia militar estadounidense en la región para proteger a sus aliados frente a las previsibles represalias iraníes. Trump parece darse ahora por satisfecho con la cancelación de más de 800 ejecuciones que el régimen tenía previstas para este fin de semana.

Si la historia acaba aquí, estaríamos ante una bajada de pantalones en toda regla.

No está claro si se trata de una pausa táctica, mientras se recolocan activos militares relevantes sobre el tablero —inshallah— o de una desescalada definitiva. En este último caso, no sería solo una decisión estratégica cuestionable, sino una auténtica traición a quienes se levantaron contra el régimen alentados por palabras americanas. De momento, los ayatolás se sienten envalentonados tras la pausa americana, culpando abiertamente a Trump de las muertes.

Pero la traición no es nueva. Todas las administraciones estadounidenses recientes han acabado reculando tras mostrar apoyo inicial a los movimientos civiles iraníes. Así fue en el 1999, en el movimiento verde del 2009, en el 2017, en el noviembre sangriento del 2019, y en la revuelta femenina del 2022, tras el asesinato de Mahsa Amini. El miedo al vacío de poder que podría dejar una caída del régimen ha pesado siempre más que la coherencia estratégica. El patrón se repite: promesas solemnes, advertencias públicas, líneas rojas cuidadosamente trazadas… y, cuando llega el momento de hacerlas valer, silencio.

Las razones pueden incluso parecer razonables. Irán no es una nación homogénea. Más del 40 % de su población no es persa: kurdos, azeríes, lures y turcos conforman un mosaico étnico complejo. Sus fronteras actuales son, en gran medida, fruto de otra chapuza británica tras el desmantelamiento de su imperio. Estas minorías, además, están concentradas geográficamente, lo que hace plausible que un colapso del régimen derive en la fragmentación territorial del país.

A Turquía le aterra ese escenario: daría alas a su propia minoría kurda, que lleva décadas persiguiendo la independencia. Un vacío de poder en Irán podría también reavivar la inestabilidad en Siria, justo cuando empieza —lentamente— un proceso de reconstrucción tras una guerra civil devastadora.

No intervenir, aunque sea temporalmente, no es necesariamente el problema. El problema son los exabruptos previos a la inacción. Esa combinación —amenaza grandilocuente seguida de parálisis— es una muestra clásica de debilidad que ha perseguido a más de un presidente estadounidense. Y la historia reciente demuestra que ese tipo de vacilación no apacigua a los regímenes autoritarios: los envalentona. Las líneas rojas solo sirven si se hacen cumplir. Si no, se convierten en una invitación al desafío.

Ya lo vimos hace una década con Obama. Cuando se fijan límites solemnes y luego se tolera que sean cruzados sin consecuencias, el mensaje es claro: la amenaza era retórica. Y los adversarios aprenden rápido. Así los Muytahids aprendieron que podían torear al gigante americano, y, si no lo hubiera remediado Trump 2.0, estaríamos en frente de un Irán nuclear. El resultado de rajarse no es la estabilidad, sino el deterioro progresivo del orden que se pretendía preservar.

Aquí es donde, previsiblemente, llegarán las críticas desde Europa. Se hablará de soberanía, de legalidad internacional, de precedentes peligrosos y de dobles raseros. Se citará la carta de Naciones Unidas como si fuera la Torah, olvidando que ningún orden jurídico serio reconoce un derecho ilimitado de los Estados a masacrar a su propia población.

Conviene recordarlo: la soberanía nunca fue concebida como una licencia para matar. Mucho antes de su formulación contemporánea, el derecho internacional encuentra sus raíces en el ius gentium romano y en su desarrollo por los juristas escolásticos de Salamanca. Para ellos, la legitimidad del poder estaba condicionada al respeto de ciertos principios universales que Vitoria y sus compinches concebían como un derecho «natural». Cuando el gobernante se convierte en depredador de su pueblo, pierde esa legitimidad.

Esa tradición fue continuada por Grocio y otros padres del derecho internacional moderno, que entendían que existían crímenes tan graves que no podían quedar blindados por fronteras o formalismos. De ahí nace, mucho más tarde, la doctrina de la responsabilidad de proteger, hoy tan citada como incumplida.

Moralmente, por tanto, no hay tacha alguna en una acción dirigida a proteger a un pueblo de sus sátrapas. En el caso iraní, además, el término no es metafórico.

Hay actores malos. Algunos, directamente malvados. Y para mantenerlos a raya no bastan declaraciones bienintencionadas

Más allá de estas lindezas académicas, la realidad del mundo es más cruda. Hay actores malos. Algunos, directamente malvados. Y para mantenerlos a raya no bastan declaraciones bienintencionadas ni comunicados cuidadosamente redactados. Hay que fijar límites claros. Y cuando se traza la famosa raya en la arena, quien la cruza debe saber que habrá consecuencias.

Trump todavía está a tiempo. Estados Unidos no dispone únicamente de opciones cinéticas, y una respuesta firme no tiene por qué ser inmediata ni necesariamente militar. Pero sí debe ser inequívoca. Si la amenaza lanzada se evapora sin consecuencias, el mensaje será devastador: que basta resistir unos días para que Washington mire hacia otro lado y pelillos a la mar. De momento, eso parece haber interpretado el régimen en Teherán. Desgraciadamente para ellos, las protestas no surgen de un intervencionismo yanqui, sino que sus causas son endógenas. Tienen sus raíces en una crisis económica y social sin precedentes, lo que augura que, antes o después, volverán, si cabe con mayor virulencia.

Si, por el contrario, Trump decide actuar —con inteligencia y determinación— aún podrá convertir lo que parece ser un error inicial en una demostración de liderazgo y se habrá ganado el respeto y el cariño del gran pueblo iraní.

Dios quiera que así sea.