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AnálisisMauricio G. Álvarez Rico

La Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de Trump: el nacimiento de un nuevo (des)orden mundial

Trump ha dibujado un nuevo orden mundial, más fragmentado, competitivo e inestable. Y debemos tomarlo en serio porque si algo caracteriza al actual presidente de los EE.UU. es su claridad, que hace innecesaria cualquier hermenéutica. Lo que se ve (o se lee) es lo que hay

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en el Foro Económico de DavosEFE

La Estrategia de Seguridad Nacional (NSS por sus siglas en inglés), tiende a ser un documento anodino que sólo despierta el interés de los círculos diplomáticos, académicos y militares más especializados. Sin embargo, la última versión de la NSS, fruto del regreso a la Casa Blanca de un movimiento MAGA desatado, adquiere una relevancia excepcional, y anuncia sin duda una nueva etapa en las relaciones internacionales.

Para explicarlo nos fijaremos en cuatro grandes ejes que articulan todo el documento y que juntos están configurando un nuevo (des)orden mundial.

La renuncia de Estados Unidos a su auctoritas al frente de Occidente

Para los redactores de este documento, Estados Unidos debe dejar de jugar el papel de paladín de la democracia y las libertades en el mundo, cuyos réditos en términos económicos o políticos han sido tan escasos.

Por primera vez en decenios la NSS no contiene ni una sola referencia a la promoción de valores democráticos, de libertades o la defensa de los derechos humanos en el mundo. La nueva administración ha abjurado de facto de ese papel moral con el que Estados Unidos siempre había justificado sus acciones exteriores, los sacrificios, la sangre derramada de sus soldados y, más aún, su posición como única superpotencia mundial.

La consecuencia es que, al abajarse al mismo plano moral que los demás países, Estados Unidos ya no estará en condiciones de reclamar para sí una adhesión de los restantes Estados democráticos en razón de unos valores éticos o morales.

Por ello, puede ser que durante unos años mantenga su «potestas», pero al aplicar esta nueva doctrina habrá perdido su «auctoritas», la fuerza que ha mantenido a los Estados Unidos al frente de los países democráticos y liberales de Occidente.

Es cierto que ese papel era ya muy discutido, y se encontraba muy dañado y atacado; pero, en vez de haberse apuntalado ese edificio moral, la nueva administración lo ha declarado en ruina y desahuciado, lo que aboca a unas relaciones internacionales sin referentes éticos o morales que puedan ayudar a configurar alianzas y bloques que defiendan la democracia y las libertades frente a las dictaduras y los abusos de los derechos humanos. Tan sólo quedará la aplicación de la «potestas», del poder que puede ejercer cada Estado sobre los demás para tejer sus propias alianzas.

«It´s the economy, stupid!»

El principio que ha de guiar la acción exterior de los Estados Unidos es, sin duda, las relaciones comerciales y el retorno económico propio que se obtenga en cada uno de esos intercambios. Esta es la clave de bóveda que sostenga la paz entre las naciones.

Según la visión implícita que se perfila en esta estrategia de defensa, la existencia de unos lazos económicos fuertes impediría los conflictos armados entre las naciones, ya que los países estarían más interesados en mantener, aunque sea de manera desigual, los beneficios antes que perderlo todo por el estallido de un conflicto bélico. De ahí la decisión de apostar por el dominio económico, ya que se considera que Estados Unidos tiene, en terminología trumpiana, todas las cartas para ganar la partida global. Y la misión autoimpuesta de Trump es asegurarse de que seguirá siendo así en los siguientes decenios.

Pero los peligros del reduccionismo inherente a esta Weltanschaunng son evidentes: al no reconocer otras claves que motivan la toma de decisiones de otros Estados y sociedades fuera de la tradición cultural occidental, se impide aplicar políticas para prevenir riesgos y desactivar amenazas.

La nueva Doctrina Monroe: repliegue hemisférico y choque con China

Uno de los aspectos que más ha llamado la atención ha sido el nuevo planteamiento estratégico por el que la administración Trump expresa públicamente su intención de considerar el hemisferio occidental como una zona de domino exclusivo estadounidense.

La idea no es en absoluto innovadora y su fuente de inspiración es más que evidente: la doctrina Monroe, a la que ha unido la aplicación del corolario de Th. Roosevelt del Big Stick.

Sin embargo, si originalmente esta doctrina quiso ser el inicio del expansionismo americano, la presente reformulación supone por el contrario un repliegue desde una posición de dominio global a una posición de dominio regional. No se trataría, por tanto, de un paso adelante, sino de un paso atrás, al ceder los espacios que se consideran no esenciales a las otras potencias con las que se pretende tener una relación pacífica y fluida mediante lazos económicos. Las consecuencias de ello son de enorme trascendencia.

En primer lugar, en el interior de ese espacio todos los países y territorios deben asumir la soberanía o dominio más o menos directo de los Estados Unidos. Dichas entidades estatales han de aceptar plegarse a los intereses estadounidenses como Estados títeres, cediendo de hecho parte de su soberanía en interés (fundamentalmente económico) de la potencia dominante.

Así encontramos el caso de Venezuela, Groenlandia, Panamá o Cuba, por poner algunos ejemplos de candente actualidad. La reacción anti-yanqui que tales injerencias puede despertar en la zona son fácilmente predecibles, tanto si son espontáneas como alentadas y orquestadas desde el exterior. No olvidemos que esta política también implica la expulsión de todos los demás actores internacionales de la región, en un grave desafío hacia los legítimos intereses de otros países cuya reacción, especialmente en el caso de China, no podemos pensar que se vaya a limitar a una mera queja diplomática.

Pero aún hay más. La definición contenida en la NSS de hemisferio occidental no es la puramente geográfica, sino que se extiende al conjunto del Pacífico alcanzando la conocida desde la Guerra Fría como first island chain (islas Kuriles, Japón, Taiwan, Filipinas, Corea del Sur y Borneo) o primera línea de defensa frente al expansionismo chino. En el centro de ese juego la NSS sitúa Taiwan, que se convierte en el umbral estratégico irrenunciable para ambos bandos en esta etapa recién inaugurada de bipolaridad.

El rechazo del multilateralismo

Como consecuencia necesaria de todo lo anterior, esta NSS declara el fin del multilateralismo al otorgar prioridad absoluta a la soberanía nacional y rechazarse la gobernanza global, lo que conlleva actuar al margen de las Naciones Unidas y del Derecho Internacional.

En la entrevista que el presidente estadounidense concedió al New York Times el pasado 8 de enero, al ser preguntado si consideraba que existía algún tipo de límite a sus poderes globales, Trump afirmó: «Sí (…). Mi propia moralidad. (…) No necesito el derecho internacional».

Una última consideración nos ha de llevar a reflexionar acerca de todos aquellos países o regiones que, por ser de menor peso político o económico, van a verse empujados a una zona gris de disputa entre potencias.

Además, esta NSS tiene como corolario dejar sin el paraguas estadounidense a antiguos aliados como Europa, indisponer a Corea o Japón frente a China al hacerles corresponsables de su defensa, o abrir una nueva carrera neocolonial por el dominio de los recursos de África.

Todo esto aumenta la necesidad de que cada actor internacional busque desarrollar unas capacidades defensivas propias, obtener nuevos aliados regionales, y en conjunto se acelera la carrera armamentística en la que la posesión del arma nuclear puede ser el elemento diferenciador de supervivencia. Muchos gobernantes habrán valorado si, en caso de que Venezuela hubiera dispuesto de armas nucleares, la actuación estadounidense hubiera sido la misma.

Visto todo lo anterior, es evidente que con la última NSS Trump ha dibujado un nuevo orden mundial, más fragmentado, competitivo e inestable. Y debemos tomarlo en serio porque si algo caracteriza al actual presidente de los EE.UU. es su claridad, que hace innecesaria cualquier hermenéutica. Lo que se ve (o se lee) es lo que hay.

*Mauricio G. Álvarez Rico es Doctor en Historia y Máster en RRII por el King´s College London