Trump y su Seguridad Nacional: bye, bye, Europa
España, atrapada entre su irrelevancia en Bruselas y la creciente centralidad de Marruecos para Washington, aparece como aliado prescindible, útil para vigilar el Estrecho pero incapaz de influir en el diseño estratégico
El secretario de Estado de EE. UU., Marco Rubio, el presidente Donald Trump y el secretario de Defensa, Pete Hegseth
La Administración de Donald Trump ha publicado por fin su nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSS, por sus siglas en inglés). Este documento fija las prioridades estratégicas de cada Presidencia y actúa como aviso a navegantes para aliados y adversarios. Y, como era previsible, ha levantado más de una ceja en los circuitos militares y diplomáticos de medio mundo.
El fin del buenismo estratégico
El NSS supone un giro radical respecto a la visión tradicional de seguridad estadounidense. A diferencia de Administraciones anteriores, abandona aspiraciones «wilsonianas» como promover la democracia o defender el famoso «orden internacional basado en reglas».
La estrategia eleva la seguridad económica al nivel de la seguridad nacional
Su enfoque es abiertamente transaccional y profundamente «America First». Todo se articula en torno a tres ejes: soberanía estadounidense, prosperidad económica y compromiso selectivo. Y lo hace con una crítica frontal a unos aliados que, según Washington, llevan décadas «parasitando» la seguridad que paga Estados Unidos.
La estrategia eleva la seguridad económica al nivel de la seguridad nacional, justificando así la reindustrialización acelerada de EE. UU. y la imposición de reciprocidad estricta en comercio y defensa.
Un mapa del mundo... y un vació en Europa
A nivel geográfico, el NSS consolida el «corolario Trump» a la Doctrina Monroe: en el hemisferio occidental, manda Washington, sin excepción. De hecho, por primera vez incluye el norte de África. Frente a China, apuesta por la contención económica y por forzar el rearme de Japón y Corea. En Oriente Medio, busca estabilidad ampliando los Acuerdos de Abraham. En África, sustituye la ayuda humanitaria por acuerdos comerciales.
¿Y Europa? Europa recibe desprecio puro y duro. Las formas recuerdan más a una campaña electoral que a un documento de Estado, pero conviene no subestimar el diagnóstico: es más certero de lo que en Bruselas gustaría.
Europa: una civilización «en riesgo»
Trump define a Europa como un «frente de civilización en riesgo» que, por su «autodebilitamiento voluntario», avanza hacia su propio declive. Apunta a dos causas: la hipertrofia regulatoria y la caída de la natalidad, que generan un «suicidio demográfico» que Bruselas intenta compensar con inmigración masiva. Según el texto, en veinte años el continente será irreconocible. ¡Una pedrada en la frente para empezar!
Bruselas: el burócrata globalista
El documento describe a la Unión Europea como un «burócrata globalista» que impone regulaciones que erosionan la soberanía de los Estados miembros y destruyen la competitividad europea: El GDPR como forma de censura tecnológica; el Green Deal como un auto-sabotaje económico; la crisis energética como «autoinfligida», ignorando advertencias continuadas de EE. UU.
Trump apuesta explícitamente por reforzar relaciones bilaterales, sobre todo con el eje de Varsovia (Polonia, Hungría, Balcanes), en detrimento de la Europa occidental.
La bomba nuclear es para la OTAN
En defensa, el documento plasma lo previsible: exigir que Europa pague su parte, lidere el gasto en Ucrania y refuerce el flanco este. Pero hay una novedad explosiva. Trump afirma que EE. UU. solo cumplirá el Artículo 5 con aquellos miembros que sean «pagadores». El texto cita incluso el Acuerdo de La Haya –el compromiso del 5 % del PIB en defensa– que, pese a sus cuentos, también firmó Pedro Sánchez. Es un ultimátum disfrazado de coalición.
Francia, Alemania y los supervivientes
Para Francia, el documento es un aviso directo: la presenta como «rival encubierto» por su autonomía nuclear y su política migratoria. Para Alemania, la sentencia es más dura: será quien asuma 140.000 millones de euros anuales adicionales en gasto de defensa. Los únicos que salen razonablemente bien parados en Europa occidental son el Reino Unido («un socio de verdad») y la Italia de Giorgia Meloni.
España: el aliado prescindible
Para España, el NSS es devastador. Trump condiciona el acceso a tecnologías punteras en IA, computación cuántica y defensa a ser un aliado «confiable», dejando a la UE fuera si insiste en regulaciones «anti-innovación». Señala a España como corresponsable del desastre migratorio al ser «la puerta de entrada» de África. En energía, propone acelerar terminales de GNL en Polonia y Grecia, eliminando la ventaja comparativa española tras la guerra de Ucrania.
Señala a España como corresponsable del desastre migratorio al ser «la puerta de entrada» de África
En defensa, el riesgo es doble: amenaza arancelaria explícita a productos españoles si España no cumple sus compromisos OTAN y reconocimiento del papel español en el flanco sur… pero acompañado de un giro estratégico hacia Marruecos.
Marruecos: el nuevo protegido de Washington
La NSS reafirma el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara. Se apoya en la Resolución 2756 del Consejo de Seguridad (octubre 2025), impulsada por Trump, que prolonga la MINURSO pero insta a «conversaciones sin condiciones previas» basadas en el plan marroquí. Es, en la práctica, el entierro del referéndum del Frente Polisario.
Para Trump, el norte de África forma parte del «hemisferio occidental» donde EE. UU. no tolerará injerencia china ni rusa. Marruecos aparece como socio clave por su estabilidad, sus minerales críticos y su posición energética. Muchos de estos recursos se encuentran en zonas del Sáhara o muy cerca de Canarias.
En defensa, la estrategia propone ampliar ejercicios conjuntos (African Lion) y acelerar ventas de armas avanzadas, condicionando todo únicamente a la cooperación marroquí en inteligencia contra el yihadismo.
Conclusión: Europa ya no es el centro... y España, menos aún
En resumen, la nueva NSS no es solo otro documento de Washington. Es un parte oficial: Europa ha dejado de ser estratégica para EE. UU., salvo para contener a Rusia y servir de mercado. Trump no rompe la OTAN, pero la redefine: la convierte en una alianza a dos velocidades, donde solo los que pagan cuentan. Y España, atrapada entre su irrelevancia en Bruselas y la creciente centralidad de Marruecos para Washington, aparece como aliado prescindible, útil para vigilar el Estrecho pero incapaz de influir en el diseño estratégico.
Europa puede indignarse; España puede hacerse la ofendida. Pero el mensaje de Washington es inequívoco: Estados Unidos ya no va a salvar a quien no quiera salvarse a sí mismo.