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El entonces político del Partido Laborista británico, Peter MandelsonAFP

Los papeles de Epstein arrasan con Mandelson, el astro del laborismo

Artífice de las victorias consecutivas de Blair, su duradera relación con el pedófilo le estalla en la cara a toda la izquierda británica

A sir Keir Starmer, por una vez, no le ha temblado la mano: ha ordenado a su equipo de Downing Street que entregue a la Policía la totalidad de los correos electrónicos que lord Peter Mandelson habría filtrado al pedófilo Jeffrey Epstein cuando era ministro de Comercio e Innovación, durante la etapa de Gordon Brown al frente del Gobierno, entre 2007 y 2010. Según se desprende de las revelaciones de los principales diarios británicos, el contenido de las comunicaciones entre Epstein y Mandelson afectaría a información sensible acerca de proyectos económicos gubernamentales en aquel entonces.

Ya el pasado mes de septiembre, Starmer se vio obligado a cesar a Mandelson como embajador británico en Estados Unidos –puesto en el que apenas llevaba seis meses– a raíz de que una anterior tanda de correos electrónicos desclasificados mostrase que el otrora astro del laborismo instó a Epstein a luchar por una liberación anticipada tras ser condenado por prostitución infantil en 2008. «Tus amigos están contigo y te quieren», le escribió Mandelson al pedófilo tras el arresto de este último en Florida.

También por la exclusiva de The Daily Telegraph según la cual Mandelson, siendo ministro, presionó con éxito a The Royal Bank of Scotland –recién nacionalizado para evitar su quiebra tras la crisis financiera de 2007– para que vendiese a Epstein Sempra Commodities, una joint venture que la entidad bancaria compartía con la energética Sempra Energy. La suma total de la operación alcanzó los mil millones de libras esterlinas.

La pregunta que muchos se hicieron es por qué Starmer ofreció a Mandelson la embajada en Washington, –el cargo más codiciado de la diplomacia británica– cuando había razones de peso para no hacerlo. Por lo menos, dos. La primera: no era miembro de la carrera diplomática, pues en el Reino Unido, salvo muy tasadas excepciones, la máxima representación en el extranjero incumbe a los profesionales del ramo. La segunda: el agraciado por el nombramiento pertenecía a una generación laborista, la de Tony Blair y Gordon Brown, defenestrada después de la derrota electoral de 2010.

La respuesta tal vez tenga que ver con la peculiar plaza que ocupa Mandelson en el universo laborista. Primero, y aunque el aspecto sea anecdótico, por su condición de nieto –por vía materna– de Herbert Morrison, legendario ministro del Interior en el Gobierno de coalición presidido por sir Winston Churchill durante la Segunda Guerra Mundial, que después ayudó a Clement Attlee a articular el primer Gobierno exclusivamente laborista de la Historia. Pero, sobre todo, por los méritos propios del interesado.

Mandelson empezó a despuntar en el Partido Laborista a principios de los noventa por el entonces líder, Neil Kinnock, para remodelar la vetusta comunicación de una formación que no lograba sacar a los conservadores del poder. El Partido Laborista perdió los comicios de 1992, pese a haber ganado una veintena de escaños. Mandelson obtuvo el suyo por primera vez en el «bastión rojo» de Hartlepool. Con todo, Kinnock no tuvo más remedio que renunciar, pero no Mandelson, recuperado a partir de 1994 por el flamante y joven líder, Blair.

Fue entonces cuando el especialista en comunicación política pudo desplegar todo su talento, mientras Blair y Brown, asistidos por el sociólogo Anthony Giddens sentaban, a través de la «Tercera Vía», las bases de un nuevo laborismo despojado de sus argumentos y prejuicios más socialistas y plenamente echado en brazos de una globalización liberal, muy de moda a finales de los 90.

El resultado fue la aplastante mayoría absoluta de 1997, atribuible en gran parte al genio electoral y comunicativo de Mandelson. Hasta la Princesa Diana de Gales, poco antes de morir, recomendó sus servicios a la Familia Real para que esta mejorara su maltrecha imagen.

Para Mandelson empezaba su primera experiencia en el poder. No la desaprovechó: tres ministerios en cuatro años hasta que se produjo su primera dimisión, motivada por un préstamo para adquirir una vivienda. La segunda por el escándalo de los pasaportes. La tercera por unas inoportunas vacaciones en el yate de un magnate ruso, siendo ya comisario europeo de Comercio. Mandelson dimitía, pero absuelto, siempre volvía. Las sucesivas controversias no fueron óbice para que volviera a diseñar las estrategias victoriosas de las elecciones de 2001 y 2005.

La suerte sonreía a Mandelson, que, por si no fuera suficiente, se desenvolvía con suma habilidad en las altas esferas del poder planetario, configurado una bien nutrida agenda de contactos. El de Epstein, entre ellos. Ahora, la suerte ha desaparecido. De momento, e independientemente del desenlace de la investigación penal en curso, ya ha perdido la honorabilidad pública. E incluso la personal: sus fotos en calzoncillos durante una de las fiestas de Epstein han rematado su reputación, probablemente para siempre.