No fue Zapatero, fue el pueblo de Venezuela
La amnistía es incompleta. Es selectiva. En mi caso, estoy fuera de esa amnistía, como muchos otros perseguidos. Mientras voces del régimen lo anuncian sin pudor, Zapatero calla. Porque su papel no es incomodar al poder: es darle cobertura
El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero en una imagen de archivo
Venezuela vive semanas decisivas. Después del 3 de enero, el país entró en un proceso que ya no puede revertirse con propaganda: el madurismo perdió el monopolio del miedo. Y justo en este punto —cuando se discuten amnistía, liberaciones, retorno de exiliados y un camino electoral— reaparece en Caracas José Luis Rodríguez Zapatero. No es casualidad. Es sintomático.
Zapatero ha pasado años vendiéndose como mediador. Pero en los momentos estelares en los que Venezuela pudo abrir una transición democrática real, su presencia no fue garantía de equilibrio, sino un factor de confusión. La semana pasada aterrizó para respaldar el proceso de amnistía impulsado por Delcy Rodríguez y el madurismo sin Maduro, y se permitió elogios explícitos: dijo tener «gran confianza» en Delcy, celebró un «renacer» y presentó el ambiente como el mejor en una década.
Quien conozca a Venezuela entiende el subtexto: cuando el régimen está herido necesita una cara europea –progresista, socialista, española– para intentar reencuadrar la historia. La operación no es humanitaria. Es política: que el mundo crea que la apertura nace del chavismo, no del costo acumulado de su fracaso, ni de la presión internacional, ni de la resistencia democrática del pueblo venezolano.
El mediador que siempre termina del mismo lado
Zapatero ha estado presente cuando Venezuela pudo cambiar. En 2018, en República Dominicana, existía una posibilidad –difícil pero real– de avanzar hacia elecciones mínimamente competitivas. ¿Qué ocurrió? Se impusieron condiciones que consolidaban el control del régimen, se profundizaron inhabilitaciones y se buscó convertir el acuerdo en un instrumento para legitimar la trampa.
Aquella vez, la delegación opositora se negó a firmar. La decisión –que yo asumí con claridad– no fue caprichosa: fue evitar un pacto que convertía la lucha democrática en rendición administrada. Esa negativa aceleró la deslegitimación internacional de Maduro y abrió el camino hacia el proceso de presión que hoy ha cambiado el tablero.
Zapatero nunca ha hecho autocrítica sobre ese punto. Al contrario: su discurso ha sido siempre el mismo, como si la democracia fuera una cuestión de paciencia estética y no de garantías reales.
El «observador» silencioso ante el fraude del 28J
En 2024, Maduro lo invitó como gran «observador» electoral. Y desde entonces Zapatero no ha dicho la frase que cualquier demócrata mínimamente honesto debía decir: hubo fraude y Edmundo González Urrutia ganó. Mientras Edmundo vive en el exilio, el «observador» prefiere seguir siendo una figura útil para el aparato que lo invitó.
El contraste es brutal para la conciencia española: un opositor reconocido internacionalmente que no puede pisar su país, y un expresidente europeo que entra y sale de Caracas como si nada hubiera pasado. ¿Qué clase de mediación es esa? ¿Qué neutralidad es esa?
La gran mentira: adjudicarse la libertad de los presos
Ahora Zapatero intenta presentarse como protagonista de liberaciones de presos políticos. Y aquí hay que ser tajantes: eso no es verdad. Las excarcelaciones que se han producido desde el 3 de enero obedecen a un cambio de correlación de fuerzas, a la presión internacional y al peso determinante de Estados Unidos. Zapatero no fue capaz ni siquiera de lograr –en sus años de «acceso» privilegiado– la liberación de presos españoles retenidos por el régimen, y ahora pretende aparecer como garante de un proceso que él no produjo.
Que Jorge Rodríguez agradezca a Zapatero su «mediación» forma parte del guion: el régimen necesita blanquear su retroceso y venderlo como magnanimidad, no como concesión forzada.
Además , la amnistía es incompleta. Es selectiva. En mi caso, estoy fuera de esa amnistía; como muchos otros perseguidos. mientras voces del régimen lo anuncian sin pudor, Zapatero calla. Porque su papel no es incomodar al poder: es darle cobertura.
Zapatero, Sánchez y el olor a diplomacia opaca
En España, todo esto toca un nervio adicional: Zapatero no opera solo como figura internacional, sino como parte de una constelación política que ha orbitado alrededor del chavismo durante años. En las últimas semanas ha vuelto a estar en el centro del debate público por el caso Plus Ultra, con investigación judicial y acusaciones políticas en el Senado, y con su propia defensa pública negando haber mediado en el rescate y desvinculando su consultoría privada de esa operación.
No hace falta dictar sentencia desde una columna: basta con exigir lo mínimo democrático. Transparencia. Rendición de cuentas. Explicaciones claras sobre la relación de ciertos intermediarios españoles con negocios, vuelos, contactos y «gestiones» en torno al régimen venezolano.
El fondo del asunto: no reciclar al madurismo
Lo que está en juego no es Zapatero, es Venezuela. La pregunta es si el proceso abierto se convertirá en transición democrática real o en reciclaje del madurismo con maquillaje legal y padrinos internacionales.
La respuesta depende de que no se pierda el foco: libertad total para los presos políticos, desarme de grupos paramilitares, legalización de partidos, restitución de libertades y un cronograma electoral claro, con árbitro legítimo y elecciones verificables.
Zapatero siempre aparece cuando el régimen necesita oxígeno. Pero esta vez Venezuela está en otra etapa: el miedo ya no manda como antes. El proceso es irreversible, aunque no automático. Hay que empujar. Presionar. Vigilar. No bajar la guardia.
Al lector español le digo algo simple: cuando vean a Zapatero sonriendo en Caracas, recuerden a Edmundo en el exilio. Recuerden el 28 de julio. Recuerden las víctimas. Recuerden que la democracia no se negocia para quedar bien con nadie: se recupera para que el pueblo vuelva a decidir.