Fundado en 1910

Irán: los graves riesgos de sus mentiras y engaños

Irán ha hecho de la ambigüedad nuclear un instrumento de poder. Negocia cuando se siente débil, avanza cuando detecta vacilación en Occidente y utiliza sus pausas diplomáticas para ampliar su capacidad tecnológica

miembros del parlamento de Irán vestidos con uniformes del CGRI, corean «Muerte a Estados Unidos» durante una sesión en TeheránAFP

El régimen iraní constituye hoy una de las amenazas más serias para la seguridad internacional, no solo por su ambición nuclear sino por su carácter abiertamente yihadista y terrorista. Su política exterior combina la expansión regional con la exportación del terror, mientras en el interior impone un sistema de represión total donde la disidencia se paga con prisión, tortura o muerte.

Comprender a Irán exige mirar tanto a sus laboratorios nucleares subterráneos como a sus cárceles llenas de mujeres, estudiantes y periodistas cuyo único «delito» es reclamar libertad y dignidad.

El mito del programa civil

Desde hace años, Teherán sostiene que su programa nuclear tiene fines exclusivamente civiles. La evidencia lo desmiente. Los programas de generación eléctrica solo requieren uranio enriquecido al 5 o 6 %, pero las centrifugadoras iraníes están diseñadas para alcanzar niveles superiores al 90 %, el umbral necesario para fabricar armas nucleares.

El Organismo Internacional de Energía Atómica ha documentado la existencia de cientos de kilos de uranio enriquecido al 60-70 %, material que podría reconvertirse rápidamente para uso militar y que según parece el régimen habría puesto a buen recaudo antes de los ataques estadounidenses e israelíes.

Más revelador aún es quién controla el programa: no el Ministerio de Energía, sino directamente el Líder Supremo y el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica, verdadero núcleo del régimen yihadista y terrorista. Si se tratara de un proyecto civil, estaría bajo supervisión técnica y escrutinio público; sin embargo, su estructura militarizada confirma que las intenciones son otras.

A esto se suma la localización de las principales instalaciones, excavadas a cientos de metros bajo tierra y fortificadas como búnkeres de guerra. Ninguna planta eléctrica necesita semejante blindaje. Solo una industria de carácter militar destinada a sobrevivir a un ataque justifica semejante arquitectura.

Una política de fuerza y chantaje

Irán ha hecho de la ambigüedad nuclear un instrumento de poder. Negocia cuando se siente débil, avanza cuando detecta vacilación en Occidente y utiliza sus pausas diplomáticas para ampliar su capacidad tecnológica. Su objetivo no es la guerra abierta, sino la consolidación de un estatus nuclear de umbral que le permita amenazar y chantajear a Israel, a los países árabes y, en último término, a toda la comunidad internacional y así blindar la existencia de su execrable régimen como hace el estrafalario y sanguinario régimen norcoreano.

No hablamos de un Estado convencional, sino de un régimen yihadista y terrorista que combina ambición expansiva, fanatismo religioso y represión interna absoluta. En el exterior, financia, adiestra y dirige a organizaciones terroristas como Hezbolá, Hamas, los hutíes o las milicias chiíes de Irak y Siria; en el interior, aplasta a toda oposición. Esta doble dinámica convierte a Irán en un actor transnacional de terror y desestabilización.

Por eso la respuesta internacional no puede limitarse a gestos diplomáticos. Cada concesión al régimen se traduce en un nuevo avance encubierto. Solo una presión sostenida –económica, política y de inteligencia– acompañada de una vigilancia real puede frenar el programa nuclear. Irán debe renunciar al enriquecimiento más allá de niveles civiles y suspender el desarrollo de misiles de largo alcance y dejar de usar sus proxies terroristas como arma contra sus enemigos. Todo lo demás son excusas para ganar tiempo.

Un futuro de «no paz»

El horizonte más probable es una «no paz» calculada: Irán alternará las amenazas con supuestos guiños de cooperación para mantener dividida a la comunidad internacional. Mientras tanto, seguirá avanzando en su tecnología de centrifugado y su industria de misiles balísticos e hipersónicos así como en su sanguinaria red de grupos terroristas. Si Occidente cede a la fatiga o a la ingenuidad diplomática, el resultado será un Irán nuclear una amenaza inasumible para la

Comunidad internacional

Esa perspectiva no es compatible con la estabilidad regional ni con la libertad de comercio global. Un Irán umbral nuclear dispararía una carrera armamentística en Oriente Medio. Evitarlo exige tres cosas: unidad entre las potencias democráticas, amenaza creíble del uso legítimo de la fuerza y apoyo decidido a los iraníes que desde dentro se enfrentan al régimen.

Narges Mohammadi: símbolo de la resistencia

Mientras desarrolla sus proyectos de poder, el régimen yihadista y terrorista de Teherán mantiene su barbárica represión interior. Narges Mohammadi, premio Nobel de la Paz, es el símbolo de quienes se niegan a someterse. Activista por los derechos humanos y contraria a la pena de muerte, Mohammadi ha sido encarcelada una y otra vez; hoy cumple siete años y medio de prisión en condiciones infrahumanas. Su «crimen»: exigir libertad e igualdad para las mujeres iraníes.

El Comité Nobel ha pedido oficialmente su liberación, denunciando tratos crueles y degradantes. Sin embargo, la respuesta internacional ha sido, en gran medida, un silencio cómplice. En las grandes capitales occidentales abundan las declaraciones tibias y las evasivas diplomáticas, pero faltan actos de verdad. Ciertas izquierdas que se movilizan con pasión contra injusticias en Occidente callan cuando el verdugo es antioccidental. Es la repugnante doble moral en estado puro.

La cobardía del relativismo

Ese silencio revela una patología moral: medir la injusticia según quién la comete, no según quién la sufre. Occidente se refugia en el eufemismo del «diálogo constructivo» para no admitir que negocia con un régimen yihadista y terrorista. Pero los hechos son tozudos: se asesina, se azota, se tortura y se cuelga de grúas a homosexuales y se encarcela y tortura mujeres, sindicalistas y minorías religiosas por el simple hecho de pensar distinto. Es profundamente inmoral no denunciarlo.

El contraste entre los jóvenes iraníes que arriesgan sus vidas por un horizonte de libertad y la indiferencia de buena parte de nuestras clases políticas resulta sangrante. Mientras en Teherán se encarcela a mujeres por quitarse el velo, en las universidades occidentales se banalizan debates sobre microofensas identitarias. Esa disonancia moral dice mucho de nuestra época: el ruido de lo trivial ahoga las voces de lo esencial.

Y, aun así, persiste la esperanza. En los últimos días, varias capitales europeas –especialmente Berlín– han visto manifestaciones multitudinarias en apoyo al pueblo iraní. Entre 200.000 y 250.000 personas marcharon por la libertad y la justicia, recordando que la conciencia moral europea no está completamente dormida.

Ética, estrategia y futuro

Hablar de Irán no es solo hablar de geopolítica. Es hablar de nuestra capacidad colectiva para distinguir el bien del mal, la libertad del miedo. Resistir al chantaje nuclear y apoyar a los demócratas iraníes no es altruismo: es defensa propia del mundo libre.

Cada vez que un líder occidental recibe con honores a emisarios de Teherán sin mencionar a Mohammadi ni a las víctimas del régimen, envía un mensaje de claudicación. Ningún acuerdo energético ni cálculo táctico vale más que los principios que sostienen nuestras democracias. La historia enseña que la cobardía moral siempre se paga muy caro.

*Gustavo de Arístegui San Román es diplomático y fue embajador de España en la India