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El presidente Donald Trump y el líder supremo de Irán Alí Jameneí en una foto de archivoAndrew Caballero-Reynolds / AFP

La guerra que todos estábamos esperando por fin ha comenzado. Como hace ocho meses, las negociaciones entre Washington y Teherán —¡qué lejos está ya el recuerdo de Pearl Harbour!— solo han servido para enmascarar el momento preciso de un ataque decidido de antemano. ¿Cuándo se tomó esa decisión? Quizá en el momento en que, primero Netanyahu y luego Trump, los vencedores de la guerra de los Doce Días se dieron cuenta de que aquello no había servido para gran cosa. Quizá —y esta es otra posibilidad, no necesariamente excluyente— tan pronto como se dieron cuenta de que ambos necesitan un impulso para sacar adelante las complicadas citas electorales que norteamericanos e israelíes tienen pendientes en el próximo otoño.

La partida acaba de comenzar y es demasiado pronto para hacer un pronóstico. Como suele ocurrir en el ajedrez, los movimientos de apertura se están jugando de memoria y no han deparado sorpresa alguna. El planeamiento militar de Washington y Tel Aviv, bien coordinado, ha dado prioridad a la maltrecha defensa aérea iraní y a su capacidad de respuesta, limitada en la práctica al lanzamiento de misiles balísticos de impreciso guiado y, en el caso de las bases norteamericanas más a mano, quizá también drones de menor alcance. Como era de esperar, también ha formado parte de la primera oleada de ataques el propio liderazgo iraní, en el que un Jameneí no sabemos si estúpido o deseoso del martirio se ha dejado cazar con tanta facilidad como lo hizo Maduro en Venezuela.

Por parte de la República Islámica, los movimientos de respuesta que vamos conociendo parecen tan predecibles como los de los norteamericanos: promesas de venganza apocalípticas que todo el mundo sabe que no pueden cumplir, acompañadas de salvas de misiles contra las ciudades israelíes y las bases de los EE.UU. en Oriente Medio. Como Hamás en la franja de Gaza, bien saben los líderes iraníes que puedan quedar vivos —al contrario de lo que ocurre en la Rusia de Putin, aquí no importa demasiado el nombre del relevo porque todas las estructuras de poder están en manos del estamento clerical chií— que la única batalla que podrían ganar es la de la opinión pública, para la que un puñado de muertos norteamericanos cuentan más que centenares de bajas iraníes.

El mate del pastor

A los jugadores de ajedrez, la muerte de Jameneí puede haberles recordado al conocido mate del pastor. Y es cierto que ambas jugadas tienen una cosa en común: solo son posibles frente a un enemigo que no sepa jugar. Pero ahí termina toda coincidencia. Las guerras no necesariamente terminan cuando cae el rey, como sí ocurre en el ajedrez. Hezbolá, Hamás y los hutíes han visto sus estructuras descabezadas sin que eso afectase a su voluntad de combatir. No fue la muerte de sus líderes, sino el esfuerzo prolongado de las unidades terrestres de las Fuerzas de Defensa de Israel, lo que, a costa de no pocas bajas, provocó la derrota militar —ya sabe el lector que, políticamente, ambos sobreviven todavía— de Hamás y Hezbolá. Los hutíes, sin frontera común con Israel, nunca fueron derrotados. Fue decisión suya dejar de lanzar misiles sobre su enemigo cuando se acordó la tregua de Gaza.

La partida, pues, debe continuar. ¿Dónde se va a plantear el medio juego? La mayor parte de las casillas del tablero son poco prometedoras, como es el caso de la Guardia Revolucionaria, una hidra de innumerables cabezas que muerde por todas ellas; o demasiado peligrosas, como le ocurre a la industria del petróleo. Tendremos que estar atentos en los próximos días para ver si uno u otro bando decide tantear este último terreno, que, como ocurrió en la guerra de los Doce Días, por ahora se ha quedado al margen porque ambos bandos tienen mucho que perder en el envite y bastante poco que ganar.

La fase final

Con la velocidad con la que está llevándose a cabo la campaña, probablemente no tarde mucho en llegar la fase final de la partida. Será entonces cuando se vea con mayor claridad la asimetría entre ambos contendientes. Irán carece de piezas mayores, es verdad, pero sus enemigos no tienen peones.

Tanto Trump como Netanyahu querrían ver al pueblo iraní haciendo para ellos el papel de la infantería que ninguno de los dos está dispuesto a desplegar sobre el terreno. Esa fue la estrategia norteamericana en Afganistán y, a decir verdad, funcionó durante años… pero entonces se podía contar con combatientes bien armados, liderados por señores de la guerra visceralmente opuestos a los talibanes.

Si Trump tiene en Irán aliados parecidos es posible que consiga sus objetivos. Pero si todo lo que guarda en la manga es la esperanza de que civiles desarmados —que, en su mayoría, odian a Israel incluso más que al régimen que les oprime— salgan a la calle a enfrentarse a una Guardia Revolucionaria acorralada desde el aire, lo único que va a lograr es un baño de sangre. Suerte tendremos si no acaba todo en una guerra civil como la de Siria. Por ese camino, ni obtendrá ni el Nobel de la Paz ni hará realidad su sueño, a veces oculto y a veces público, de un mandato vitalicio.