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Nueve millones de tragedias: la transición humana de Venezuela

Esa transición empieza por entender la realidad de nuestra diáspora: el país está fracturado en millones de vidas repartidas por el mundo, pero sigue unido por un hilo moral, afectivo y cultural que el chavismo no logró cortar

Venezolanos exigiendo la amnistía en Venezuela

Venezolanos exigiendo la amnistía en Venezuela

Durante años hablamos de transición política, de transición económica, de transición petrolera. Todo eso importa, por supuesto. Pero hoy quiero proponer otra idea, más exigente y más profunda: Venezuela no solo necesita una transición de poder. Necesita una transición humana. Esa transición empieza por entender la realidad de nuestra diáspora: el país está fracturado en millones de vidas repartidas por el mundo, pero sigue unido por un hilo moral, afectivo y cultural que el chavismo no logró cortar.

De acuerdo con el trabajo serio y sistemático que viene realizando el investigador venezolano Tomás Páez, hoy hay más de nueve millones de venezolanos fuera del país, una cifra que ya no describe una «migración», sino una nueva geografía nacional: Venezuela dejó de ser solo un territorio; es una red humana global.

La prueba más conmovedora —y más estratégica— de esa realidad aparece en el estudio preliminar del Observatorio de la Diáspora Venezolana (ODV), dirigido por Páez y su equipo. En una encuesta aplicada entre el 3 y el 17 de febrero de 2026 a 1.204 venezolanos residentes en múltiples países (cuestionario en línea, estudio exploratorio-descriptivo, muestreo no probabilístico por conveniencia), el ODV muestra algo que debería cambiar nuestro modo de pensar el futuro: el 85% de los encuestados mantiene familiares directos en Venezuela.

Ese dato, por sí solo, es una sentencia contra la narrativa del «desarraigo». La diáspora no se ha ido de Venezuela: Venezuela se expandió. La familia —padres, hijos, hermanos, abuelos— sigue siendo el puente más poderoso entre el país real y el país disperso. No es solo afecto: es sostén. El estudio muestra que más de la mitad de los encuestados envía remesas o apoyo económico, confirmando responsabilidades transnacionales que han mantenido en pie a millones de hogares. Esta diáspora no es una «carga»: ha sido, en la práctica, una red de supervivencia nacional.

Ahora viene lo más importante: la idea del retorno: El ODV indica que el 44,5 % de los encuestados «consideraría regresar si mejoran las condiciones», y otro grupo minoritario dice: «Planeo regresar en el corto plazo». Pero el mensaje central es claro: el retorno no es un acto emocional, sino una decisión condicionada a transformaciones reales.

¿Cuáles son esas condiciones? Aquí la investigación es brutalmente transparente: la condición más citada es seguridad (87 %), seguida de estabilidad económica (81 %), funcionamiento de servicios (80 %), estabilidad política (74 %) y posibilidades de empleo (72 %).

Esto coincide exactamente con lo que cualquier venezolano honesto sabe: nadie vuelve para vivir con miedo, sin luz, sin agua, sin hospitales, sin escuelas y sin Estado.

En paralelo, el estudio reconoce otra realidad: la diáspora se está consolidando afuera. En la muestra, 74 % ya no mantiene vínculos laborales o proyectos activos con Venezuela. Eso significa algo duro: el desarraigo económico progresa con el tiempo y puede volverse irreversible si la transición no llega a tiempo.

Venezuela es un rompecabezas que hay que armar con nueve millones de piezas, hoy dispersas. Aquí está la gran intuición: esa dispersión no es solo trauma. También es capital humano, experiencia institucional, oficio, cultura democrática aprendida en sociedades abiertas, resiliencia. La tragedia nos obligó a madurar en otras tierras. La reconstrucción deberá aprovechar esa madurez.

Pero para eso no basta con «recuperar la economía» o «arreglar PDVSA». No basta con cambiar nombres en el poder. El madurismo hizo algo más destructivo que quebrar la industria: hizo daño antropológico. Destruyó confianza, rompió la noción de mérito, normalizó el miedo, degradó el lenguaje, corrompió vínculos y sembró desesperanza. La dictadura no solo empobreció al país: lo enfermó por dentro.

Por eso hablo de transición humana. La transición humana significa sanar: la familia separada, el tejido social, la relación del ciudadano con la ley, la dignidad de quien fue humillado por el abuso, la escasez y la arbitrariedad.

Esa sanación no ocurre sola. Necesita un proyecto nacional que sea, al mismo tiempo, político y moral. Un proyecto que atraiga de vuelta, no con propaganda, sino con hechos: seguridad real, instituciones que funcionen, escuelas y hospitales abiertos, justicia independiente, libertad plena y oportunidades concretas.

La investigación del ODV también muestra una diáspora laboralmente activa y productiva, con alta participación en empleo (jornada completa y parcial) y niveles de integración significativos en los países de acogida. Esto tiene una lectura: el venezolano afuera está aprendiendo, trabajando, construyendo. No estamos ante un pueblo derrotado. Estamos ante un pueblo expandido.

La gran pregunta para 2026 no es solo «cómo transicionamos». Es: ¿Cómo hacemos que valga la pena volver?

Porque el retorno no se decretará: se merecerá. Y se merecerá cuando Venezuela vuelva a ser un lugar donde se pueda vivir sin miedo, educar a los hijos con esperanza y envejecer con dignidad.

Nueve millones de venezolanos no pueden ser solo una cifra. Deben ser una promesa. La promesa de que tanto sacrificio, tanto dolor, tantas historias rotas tendrán recompensa: reconstruir una Venezuela fuerte, distinta, justa y verdaderamente libre.

La transición política podrá abrir la puerta. La transición económica podrá poner recursos. Pero será la transición humana —la del reencuentro, la confianza y la dignidad— la que finalmente nos devuelva un país. Porque Venezuela no es un gobierno. Venezuela no es un petróleo. Venezuela es su gente.

Hoy esa fuerza está regada por el mundo… esperando que llegue el día de volver a armar el rompecabezas.

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