Venezuela: entre la iguana y el sol
Es el colmo de la ironía: un país sentado sobre las mayores reservas de energía del planeta que no puede encender una bombilla. Seamos claros: sin electricidad no hay recuperación económica posible
La presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, en Caracas
Venezuela es hoy el único país del mundo donde las leyes de la física han sido sustituidas por el realismo mágico de una dictadura inepta. En el teatro de lo absurdo que dirige el régimen, la culpa de que millones de hogares venezolanos permanezcan en penumbra no la tiene el robo descarado, sino el ecosistema. Hemos pasado de la «iguana saboteadora» al «sol castigador».
Recientemente, la dictadora interina Delcy Rodríguez, con ese cinismo que ya es marca de la casa, soltó una nueva perla científica: los apagones son culpa del sol que cae sobre el país. ¡Vaya revelación! Resulta que en el trópico hace sol y, según la mente deslustrada del régimen, nuestra estrella es un agente imperialista que conspira contra el sistema eléctrico. Ya no es aquel reptil saboteador que, según sus portavoces predecesores, se inmolaba mordiendo cables de alta tensión para dejarnos a oscuras. Ahora es el astro rey el que nos tiene en la mira.
Pero mientras ellos inventan fábulas maliciosas, el pueblo venezolano padece una tragedia real. Detrás de cada apagón hay un enfermo que se queda sin oxígeno, un comerciante que pierde lo poco que tiene y familias enteras que ven cómo su calidad de vida se evapora en el calor sofocante de la desidia.
La verdad, sin embargo, no brilla por su ausencia, sino por su crudeza. La crisis eléctrica no es un fenómeno meteorológico (El Niño) ni zoológico (la iguana); es un monumento a la corrupción y a la incompetencia. Destruyeron la meritocracia para instaurar la milicocracia. Cambiaron a ingenieros de talla mundial por militares cuyo único mérito es saber cuadrarse ante el dictador. Politizaron Edelca, remataron Cadafe y Electricidad de Caracas hasta convertirlas en cajas chicas de la revolución. Robaron miles de millones de dólares en compras de equipos de mala calidad, en plantas eléctricas de segunda mano y en turbinas que hoy son chatarra porque nunca recibieron mantenimiento.
Un dato muy contundente lo aporta el ingeniero Rodolfo Tellerías, del Grupo Ricardo Zuloaga, quien precisa que durante la etapa democrática, hasta 1998, se invirtieron 40.254 millones de dólares que permitieron edificar un amplio sistema eléctrico soportado en tecnología de vanguardia a nivel mundial. Se consolidó un sistema eléctrico enteramente interconectado, con centrales hidroeléctricas como el Guri –entre las más grandes del mundo– que, junto a otras centrales de la misma naturaleza, garantizaban más del 60 % de la energía eléctrica consumida en el país, ahorrando el uso de combustibles fósiles equivalentes a más de 400.000 barriles diarios de petróleo.
Con esas inversiones de la democracia también se levantaron centrales térmicas de gran capacidad en Hispanoamérica y un sistema de transmisión a 765 kV, 400 kV y 230 kV que permitía llevar electricidad a todos los rincones del país. Venezuela llegó a ocupar el primer lugar de electrificación del subcontinente americano y el mayor consumo eléctrico per cápita de la región.
Veamos ahora qué pasó en la etapa de Chávez y Maduro. Nada más entre los años 2010 y 2013 se destinaron 120.000 millones de dólares para proyectos relacionados con la electricidad. Ya sabemos el resultado: cortes eléctricos, apagones y un sinfín de corruptelas. Allí está el proyecto Tocoma, en el estado Bolívar, convertido en una fosa séptica de dólares robados que jamás se terminó. Allí está el abandono del complejo Uribante-Caparo, que languidece entre la desidia y la falta de inversión. Sus campamentos –La Trampa, Siberia y San Agatón– están en condiciones deplorables. La misma suerte corren los sistemas hidroeléctricos de Santo Domingo, Peña Larga y Masparro.
Se llenaron la boca inaugurando termoeléctricas que hoy son elefantes blancos, estructuras inertes que no producen un solo kilovatio porque, en su infinita improvisación, olvidaron que necesitaban gas o diésel para funcionar. Basta con ver esas imponentes estructuras levantadas en El Vigía, en Barinas con la llamada «Batalla de Santa Inés», el complejo Termozulia o las barcazas compradas a precios escandalosos que hoy están abandonadas en La Guaira.
Los venezolanos no nos dejamos engañar. Sabemos que no es por la iguana ni mucho menos por el sol. Es porque desmontaron el eficiente Sistema Eléctrico Nacional, ese esquema que distribuía una capacidad instalada que superaba los 35.000 megavatios entre generación hidroeléctrica y termoeléctrica. La verdad es simple: no hacían el mantenimiento a las subestaciones de El Furrial, Malena, San Gerónimo, La Horqueta, La Arenosa, Santa Teresa, El Tablazo, Barquisimeto y Cabudare.
Es el colmo de la ironía: un país sentado sobre las mayores reservas de energía del planeta que no puede encender una bombilla. Seamos claros: sin electricidad no hay recuperación ni desarrollo económico y humano posible. No se puede reactivar la industria petrolera, ni levantar el agro, ni modernizar el país bajo la luz de una vela. Mientras el régimen siga culpando a las iguanas y al sol, Venezuela seguirá condenada a la oscuridad. El único «rayo» que realmente ha fulminado nuestro sistema eléctrico es el de la corrupción roja. Ya basta de cuentos de camino. El sol sale para todos, pero la luz solo volverá cuando la incompetencia y la tiranía se marchen de Miraflores.
De cara al futuro será indispensable retomar la conclusión de las represas que quedaron paralizadas, especialmente Tocoma, símbolo del despilfarro más escandaloso de nuestra historia. También habrá que terminar de instalar las plantas térmicas adquiridas, reparar las existentes y entender –lo repetiré una y otra vez– que eso de que somos ricos porque tenemos petróleo es un mito. Venezuela tendrá que adelantar grandes inversiones en proyectos gasíferos y aprovechar sus enormes reservas de petróleo para producir energía y financiar la formación de talento humano.
Es hora de tomar en serio la alternativa de generar electricidad a partir de energías renovables que permitan disminuir los impactos climáticos perjudiciales para la humanidad. Debemos aprender de los fracasos de los proyectos eólicos de La Guajira y Paraguaná. Además de petróleo, gas, oro y otros minerales, en Venezuela contamos con la fuerza del viento y del sol para desencadenar energía eólica y fotovoltaica.
Será vital recuperar nuestro elenco de técnicos y especialistas para que asuman la reconstrucción del sistema eléctrico nacional. Deberá implementarse una política justa de tarifas, un uso eficiente de la energía, una revisión de nóminas para limpiarlas de clientelismo político y burocracia parasitaria, sin atropellos ni discriminaciones. La reconstrucción del sistema eléctrico será, en buena medida, la reconstrucción de la República.