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La guerra en Irán: pintan bastos

Si no puede derribar el régimen, abrir el estrecho por la fuerza sería un buen premio de consolación para Donald Trump. El magnate lleva semanas intentando que eso lo haga otro, pero no lo va a conseguir

Mujeres iraníes con un cartel del difunto líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, al sur de TeheránEFE

Póngase el lector en la piel del líder supremo de Irán. Imagínese hambriento de poder, poseído de fervor religioso y lleno de odio contra el Gran Satán. Cree en la guerra santa o, si no es así, le conviene aparentarlo para tapar otros turbios manejos que, si fueran conocidos por su propio pueblo, le llevarían a la horca. Imagine ser, en pocas palabras, un malvado de libro en una posición precaria en la que se juega la vida y, si además es usted corrupto, también la fortuna que ha ido acumulando con el paso del tiempo.

Sabe usted que sus enemigos no le reconocen. Quizá no sepan quién es –Mojtaba Jamenei puede ser su nombre real o el de una leyenda de la que, como del Cid, se espera que gane una batalla después de muerto–, pero lo que es seguro es que no saben dónde está. No será usted, desde luego, quien se lo diga. Desde que Donald Trump llegó al poder e impuso las normas de su peculiar moralidad, negociar con norteamericanos o israelíes es mucho más peligroso que no hacerlo.

Dónde quiera que usted esté escondido, recibe cada día noticias esperanzadoras. Sobre todo de los EE.UU., que esa desventaja tiene la prensa libre. La popularidad del presidente Trump cae en picado al ritmo que sube el galón de gasolina. Aumentan las voces republicanas que se quejan de que ni siquiera en los briefings clasificados del Departamento de la Guerra se les explican cuestiones básicas, como son los objetivos reales de la campaña o la estrategia de salida.

Llegan las tropas

Crece también en los EE.UU. la oposición al despliegue de tropas sobre el terreno. Sin embargo, lo que a usted le tranquiliza es verlas llegar a cuentagotas. Hoy es noticia la entrada en el teatro de operaciones del grupo anfibio del USS Tripoli con la 31 Unidad Expedicionaria de los Marines. En esencia, se trata de un batallón reforzado, dotado de artillería y aviación propia, pero sin la pegada de las unidades acorazadas. Mucho más tiempo tardará en llegar el grupo del USS Boxer, que acaba de salir de San Diego con la 11 Unidad Expedicionaria. En un plazo más breve podrá incorporarse también uno de los batallones de la 82º División Aerotransportada, una unidad mucho más ligera que las de los marines.

Todas estas unidades totalizan alrededor de 5.000 pares de botas que pueden desplegarse sobre el terreno. Botas, es verdad, bien adiestradas y dotadas del mejor material disponible en el mundo para fuerzas ligeras. Sin embargo, también son excelentes las tropas israelíes y, para las operaciones en el Líbano, han desplegado nada menos que cinco divisiones. Bien es verdad que las divisiones de la FDI son más pequeñas que las norteamericanas pero, solo para enfrentarse a Hezbolá, Benjamin Netanyahu ha desplegado diez veces más soldados de los que, en las próximas dos o tres semanas, tendrá Trump disponibles en Irán.

La estrategia de salida

En estas condiciones, ¿qué puede hacer el magnate para darle a usted miedo? No una invasión terrestre, desde luego. Su amenaza de atacar las centrales eléctricas iraníes, ya aplazada dos veces, parece tan criminal como estéril. Vladimir Putin, que tiene a su jefe de Estado Mayor y a su exministro de Defensa imputados por crímenes de guerra a causa de acciones como esa –él se libra de esta acusación concreta porque no hay pruebas de que se haya hecho por orden suya– acaba de perder este invierno la cuarta batalla del frío contra Ucrania. Ya en primavera, no veo a los norteamericanos aplaudiendo a Trump si intenta rendir a Irán por el hambre.

Claro que Trump puede tomar la isla de Jarg, pero también puede destruirla desde el aire y ha preferido no hacerlo. Las consecuencias serían las mismas. Usted se quedaría sin exportar petróleo pero, en realidad, no teme usted a la guerra económica tanto como el presidente de los EE.UU. Es él, y no usted, quien se ha echado atrás después del ataque israelí a Pars Sur. Es probable que en la Casa Blanca se estén haciendo la misma pregunta que a usted le da esperanza: ¿quién aguantará mejor el tirón de la economía, una sociedad democrática que tiene derecho al voto o una que no puede ni siquiera salir a la calle a protestar sin miedo a que usted la masacre?

Por otra parte, los marines desplegados en Jarg –o en cualquiera de las islas próximas al estrecho de Ormuz, lo que seguramente tendría bastante más sentido– perderían la iniciativa y estarían bajo ataque constante de los drones iraníes. Drones procedentes, no lo olvidemos, de una infinidad de edificios civiles en el litoral iraní que usted, un malvado de libro como hemos dicho, no dudará en emplear para proteger a sus tropas.

¿Y la batalla por Ormuz? Si no puede derribar el régimen, abrir el estrecho por la fuerza sería un buen premio de consolación para Trump. El magnate lleva semanas intentando que eso lo haga otro, pero no lo va a conseguir. Tienen razón todos los que dicen que el cierre del estrecho a potencias neutrales es ilegal, pero olvidan añadir que ninguno de los estados ribereños del golfo Pérsico cumple las obligaciones que exige la neutralidad. Desde las bases de los EE.UU. en todos ellos parten algunos de los aviones que cada día bombardean Irán. En cualquier caso, si Trump no envía sus barcos a liberar el estrecho, ¿por qué habrían de hacerlo sus aliados? ¿Por qué asumir ellos los mayores riesgos en una guerra en la que no solo no han sido consultados a priori, sino que ni siquiera se les explica cuál es la estrategia de salida?

¿Se rendirá Irán?

Si de verdad se ha puesto usted en la piel del líder supremo, habrá visto con satisfacción los bandazos de Trump. El magnate ya no ha vuelto a hablar de una excursión campestre. Dice que la guerra va muy bien, adelantada en sus objetivos… pero las cuatro o cinco semanas de bombardeos que anunció inicialmente están a punto de terminar y ahora Marco Rubio, mucho más fiable que su presidente, asegura que todavía quedan algunas semanas más. Extraño adelanto me parece ese, particularmente cuando Trump envía ahora tropas a la zona que ayer no parecía necesitar.

No hay nada de convencional en el liderazgo de Donald Trump, y no hablo de política sino de su papel como comandante en jefe de los ejércitos norteamericanos. Por la mañana amenaza, por la tarde contemporiza y por la noche aplaza sus ultimátum, alimentando en cada ocasión la esperanza de sus enemigos. Anula a sus generales –en otros tiempos eran soldados como Schwarzkopf o Powell los que protagonizaban las noticias de la guerra, pero hoy solo hablamos de Trump– sin mostrar ninguna de las características de la personalidad que han encumbrado a los muchos buenos jefes militares que ha dado la historia.

El hombre que quiere acabar con usted –recuerde que hoy se ha disfrazado de líder supremo de Irán y que es Trump, y no Netanyahu, quien está al otro lado del tablero de juego– no es Alejandro ni Napoleón, sino lo que todos llamaríamos un fanfarrón. Sus amenazas carecen de credibilidad. No parece tener un plan de guerra ni tampoco entender las dificultades del teatro de operaciones. No tiene objetivos claros y, presionado por las elecciones del próximo mes de noviembre, es probable que termine conformándose con un alto el fuego que deje las espadas en alto. No inspira confianza a sus aliados, ilusión a su pueblo, certezas a sus tropas ni miedo a sus enemigos. ¿Se rendiría usted a un rival así? ¿No? Pues apueste por que tampoco lo hará su alter ego iraní.