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Trump y Nixon, la misma encrucijada

La historia está para cambiarla, desde luego, pero los precedentes no invitan al optimismo. Trump se encuentra ahora en una encrucijada que, en una escala de tiempo diferente, ya vivieron Kennedy, Johnson y Nixon en Vietnam

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos

Donald Trump, presidente de los Estados UnidosSaul Loeb / AFP

El voluble presidente Trump ha pospuesto cinco días la amenaza de destruir las centrales eléctricas de Irán si el régimen islámico no se aviene a reabrir el estrecho de Ormuz. Sea bienvenido ese paso atrás. Si al final cumpliera el ultimátum recién prorrogado —a veces lo hace y a veces no—, el magnate se habría convertido, por propia confesión, en criminal de guerra. En vigor desde 1977 —cinco años después de la última campaña de bombardeos norteamericanos en Vietnam—, el Primer Protocolo Adicional a los Convenios de Ginebra prohíbe el ataque a objetivos civiles y, ya sea Putin quien las destruya en Ucrania o Trump quien lo haga en Irán, las centrales eléctricas lo son.

¿Qué la energía tiene también un valor militar? Cierto, pero no más que las panaderías o, llevado el argumento al extremo, las clínicas de maternidad. ¿No nacen ahí los futuros soldados del enemigo? Sin embargo, cualquier defensa de la legitimidad de los bombardeos termina de desplomarse cuando el propio Trump admite que solo atacará las centrales si Teherán no abre el estrecho de Ormuz. No necesita, pues, hacerlo para proseguir su campaña bélica y eso califica el papel que la hipotética destrucción de objetivos no militares —después de masacrarle los ayatolas, al pueblo iraní le dejaría sin luz el presidente Trump— juega en este conflicto: una represalia que, por su naturaleza y por su objetivo, iría más allá del derecho internacional humanitario. Aunque mucho menos sangrienta, la amenaza de negar la electricidad a los iraníes, considerada desde la perspectiva ética, no sería demasiado diferente de lo que hacían alemanes y soviéticos en la Segunda Guerra Mundial: fusilar rehenes civiles como represalia por los ataques de partisanos.

¿Qué los convenios de Ginebra se han convertido en un asunto baladí? Puede. El patio político está tan polarizado que a nadie parece importarle ya distinguir a los buenos de los malos. Además, todos sabemos que es imposible que Donald Trump sea procesado por el Tribunal Penal Internacional por muchas centrales eléctricas que pudiera destruir.

¿Sería condenado si lo fuera? No soy yo quien puede navegar con seguridad en esos charcos, pero, en el mundo en que vivimos, me parece altamente improbable. Sus abogados no tendrían mucho éxito con la legítima defensa, que solo es de aplicación ante una agresión inminente que ni siquiera en la administración Trump tiene un apoyo unánime. Sin embargo, quizá cabría apreciar la eximente de estado de necesidad. En la práctica, parece evidente que no se puede derrotar al mal sin recurrir al mal mismo. Sin embargo, y en beneficio de los rusoplanistas que entiendan esto como una justificación de los crímenes de Putin, me permitiré hacer una observación: aunque ambas cosas sean ilegales, no es lo mismo linchar a unos cuatreros en un territorio sin ley —que ese es el caso de los ayatolás en Irán— que tratar de asesinar al ganadero que, como Zelenski, se limita a defender su rancho.

Me preocupa, con todo, que el presidente Trump, que dice hacer la guerra en nombre del bien, empiece a parecerse tanto a Putin, el malvado aspirante a emperador de Rusia. No se trata solo del asunto de las centrales eléctricas. El ínclito Scott Bessent, ayer administrador de fondos de alto riesgo y hoy secretario del Tesoro de los EE.UU., acaba de asegurar que lo que pretende Trump en Irán es «escalar para desescalar», copiando así los términos de la conocida estrategia soviética. ¿Alguna prueba más de mimetismo? Por desgracia, sí. Cuando el Papa León XIV le pidió a Trump un alto el fuego en Irán, el magnate le contestó lo mismo que el dictador del Kremlin suele contestarle a él: ¿Cómo voy a aceptar un alto el fuego si vamos ganando?

¿Va ganando Trump la guerra en Irán? Táctica y operacionalmente, desde luego. Sin embargo, todavía está por ver si puede alcanzar sus objetivos estratégicos. En diciembre de 1972, el presidente Nixon, harto de la guerra de Vietnam y de la negativa de Ho Chi Minh a entablar negociaciones de paz, ordenó un bombardeo masivo de Vietnam del Norte. Se trataba de una nación que, en aquella época, no llegaba al 10 % del territorio de Irán y que tenía un tercio de su población.

Es verdad que entonces no existían los misiles de precisión que hoy emplean los EE.UU. pero, en la breve campaña aérea conocida como operación «linebacker II», se emplearon armas todavía más destructivas. Tanto que hoy están prohibidas en entornos urbanos por su carácter indiscriminado. Ese es el caso de las bombas de caída libre lanzadas en grandes cantidades desde los gigantescos bombarderos B-52.

Desde el punto de vista militar, la operación fue un éxito incontestable. Más de 20.000 toneladas de explosivos arrasaron la infraestructura industrial del Vietnam del Norte. Solo un mes después, sin embargo, Washington, incapaz de doblegar a Ho Chi Minh, se vio obligado a firmar los acuerdos de París que apenas sirvieron para maquillar su derrota final.

La historia está para cambiarla, desde luego, pero los precedentes no invitan al optimismo. Trump se encuentra ahora en una encrucijada que, en una escala de tiempo diferente, ya vivieron Kennedy, Johnson y Nixon en Vietnam. Los tres creyeron posible una victoria total en una guerra limitada y se equivocaron. Ojalá Trump acierte donde sus predecesores erraron… y las negociaciones que el magnate dice haber comenzado con los iraníes, poco importa si son verdaderas o falsas, me parecen un indicio claro de que, al menos en esta ocasión, el presidente de los EE.UU. es consciente de lo que está en juego.

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