La OTAN: una Alianza necesaria a ambos lados del Atlántico
Sin la OTAN, Washington perdería sus aliados más leales —aliados, que no súbditos—, sus bases en Europa y un mercado de defensa cautivo que contribuye con sus cuantiosas compras a que la industria de defensa norteamericana esté todavía a años luz de la de sus rivales estratégicos
Donald Trump en una imagen de archivo
Hace ya varios días que el presidente Trump ha dejado de hablar de la OTAN. Sus amenazas de abandonar la Alianza son muy poco creíbles porque, aunque de verdad quisiera hacerlo —a menudo nos engaña— necesitaría una mayoría de dos tercios en el Senado o una ley del Congreso para llevarlo a cabo. Y no, no se trata de una interpretación literal de la Constitución de los EE.UU. que los abogados del magnate puedan recurrir ante el Tribunal Supremo, sino de una cláusula clara y precisa de la ley de presupuestos del Departamento de Defensa para 2024. Una cláusula patrocinada entonces ¡quién lo diría! por el propio Marco Rubio.
¿Por qué no puede Trump conseguir que se apruebe una ley de salida de la OTAN en un Congreso en el que tiene una ajustada mayoría? Porque en los EE.UU. no existe la disciplina de voto. Los republicanos más radicales aplaudirán cualquier dislate de su presidente, pero son muchos más los legisladores de ambos partidos que entienden que, con independencia de las discusiones sobre el reparto de cargas —que, para más inri, Trump ya ha ganado por goleada— ellos necesitan la Alianza tanto como nosotros.
Sin la OTAN, Washington perdería sus aliados más leales —aliados, que no súbditos—, sus bases en Europa y un mercado de defensa cautivo que contribuye con sus cuantiosas compras a que la industria de defensa norteamericana esté todavía a años luz de la de sus rivales estratégicos. Trump y los trumpérrimos suelen olvidarlo, pero una buena parte del coste del desarrollo de las armas que nos han asombrado en Venezuela y en Irán —solo hay que pensar en el difícil rescate de los pilotos del F-15 derribado en territorio hostil— lo hemos pagado nosotros.
Sin el paraguas de la OTAN, las naciones de Europa, presionadas por la Rusia de Putin, se verían obligadas a abandonar el Tratado de No Proliferación y convertirse en potencias nucleares. Todas juntas o, más probablemente, en una carrera separada en la que solo participarían las más audaces. Ese sería el golpe definitivo al tambaleante tratado que consagra un statu quo que ya no está justificado ni política ni tecnológicamente. La actual ventaja de Washington, firme defensor de ese monopolio nuclear que tanto le conviene, desaparecería en pocos años.
Sin la OTAN, Europa quedaría en libertad de buscar su propio equilibrio entre Washington y Pekín. El vínculo trasatlántico, que une a las democracias a ambos lados del océano y las fortalece en su competición existencial contra los regímenes autocráticos que tanto proliferan, perdería su sentido. Cuatrocientos millones de personas con razonable poder adquisitivo pasarían de ser aliados de los EE.UU. a neutrales, y solo un ciego podría dejar de ver lo que esto supondría de cara a la carrera por la supremacía global.
El sueño de Putin y Xi Jinping
La relativa contención de Trump —muchos especularon con la posibilidad de que el pasado miércoles, en su comparecencia ante la opinión pública norteamericana, iba a anunciar la retirada de la Alianza— sugiere que él mismo sabe que no puede cumplir sus amenazas. Pero, por desgracia, le volveremos a oír clamando contra sus aliados una y otra vez. Alguien debe tener la culpa de que Irán no se rinda y, desde luego, no va a ser él.
Si se le deja tiempo, el agua termina horadando la piedra. A largo plazo, las continuas quejas del presidente Trump son mucho más peligrosas que las promesas incumplidas del magnate. En ambos lados del océano, el veneno de la discordia puede llegar a ser letal. En los EE.UU. habrá quien crea que su presidente tiene derecho a conducirnos a la guerra y que le hemos fallado. En Europa, habrá quienes, quizá por oscuras razones de política doméstica, defiendan que no merece la pena convertirnos en vasallos, no ya de los EE.UU., sino del propio Donald Trump. Unos y otros colaborarán para hacer de la Alianza más exitosa de la historia un proyecto antipático y, lo que es peor, a debilitar la credibilidad del mecanismo de disuasión en el que se basa nuestra seguridad compartida.
Un informe del Instituto Elcano publicado en mayo del año pasado revelaba que el 85 % de los españoles respaldaba la pertenencia de nuestro país a la Alianza Atlántica. No estoy seguro de que en el mundo que Donald Trump pretende crear, impregnado de un indisimulado supremacismo norteamericano, pueda mantenerse esa saludable cifra. Y este fenómeno no se limita a España. Si, por falta de apoyo popular, la OTAN desaparece; o si, para evitar su desaparición, se convierte en aquello por lo que ha sido criticada pero que nunca fue —un instrumento de Washington para dominar Europa— Trump habrá conseguido una victoria pírrica. Una victoria que solo celebrarán Putin, Xi Jinping y quien quiera que termine mandando en Irán. Todos los demás, incluidos los trumpérrimos españoles, tendremos que resignarnos a ver como el péndulo que rige el destino de la humanidad recorre unos metros más hacia su lado más oscuro. Estamos a tiempo de arrimar el hombro para evitarlo.