La izquierda y su judío eterno: ahora se llama Israel
El antisemitismo contemporáneo ya no suele presentarse como odio al judío, sino como superioridad moral frente al único Estado judío del planeta. Y en España, además, llega con demasiada frecuencia perfumado por la hipocresía de una izquierda que coqueteó con la propaganda de los ayatolás mientras repartía carnés de humanidad
El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez,
Hay odios que cambian de uniforme, pero no de instinto. El antisemitismo de nuestro tiempo rara vez desfila con botas, brazaletes o panfletos de imprenta rancia. Hoy se presenta mucho mejor vestido: habla de derechos humanos, posa de compasión universal y se concentra, con una insistencia, en el único Estado judío del mundo. El judío individual ya no siempre sirve como chivo expiatorio. Ahora sirve el judío colectivo. Ahora se llama Israel.
Conviene empezar por una precisión para que no se refugien en la trampa fácil. No toda crítica a Israel es antisemitismo. Faltaría más. Un gobierno israelí puede equivocarse, exagerar, reaccionar mal o tomar decisiones discutibles, como cualquier otro. Lo anormal no es criticar a Israel. Lo anormal es que, en el imaginario moral de buena parte de la izquierda occidental, Israel no comparezca nunca como un país más, sino como una excepción metafísica: el villano estructural del planeta, el acusado permanente, el Estado al que se le niegan de entrada las atenuantes históricas, estratégicas o humanas que se conceden generosamente a casi todos los demás.
Ahí está el corazón del problema. Cuando al único país cuya mera existencia se discute con naturalidad en cenas «progresistas» es al judío, no estamos ya ante una objeción de política exterior. Cuando al único Estado al que se le exigen estándares morales celestiales, incompatibles con la guerra real y con la naturaleza humana, es al judío, no estamos ya ante una conversación honesta sobre derecho internacional. Y cuando el único país al que se convierte en símbolo universal del mal es el judío, resulta intelectualmente cobarde fingir que seguimos hablando solo de geopolítica. Hablamos del prejuicio más viejo de Europa, solo que maquillado para consumo universitario y tertuliano.
La gran inversión moral
El 7 de octubre de 2023 debería haber fijado para cualquiera con una brújula moral mínimamente operativa el punto de partida del debate. Hamás y otras milicias entraron en Israel, asesinaron a unas 1.200 personas —en su mayoría civiles—, violaron, mutilaron, secuestraron y exhibieron cadáveres como si la barbarie fuese una «performance» revolucionaria. Fue un pogromo retransmitido con orgullo por sus autores. Y, sin embargo, en cuestión de horas, una parte significativa de la izquierda occidental consiguió dar la pirueta moral más reveladora de nuestro tiempo: desplazar el centro ético del relato desde la masacre inicial hacia la respuesta del agredido.
El terrorista entra siempre en escena con biografía, contexto y explicación sociológica. El israelí entra con culpa
Ese mecanismo se ha repetido hasta la náusea. El terrorista entra siempre en escena con biografía, contexto y explicación sociológica. El israelí entra con culpa. El primero «expresa una desesperación histórica»; el segundo debe responder con la precisión moral de un arcángel y, a poder ser, sin molestar demasiado a quienes acaban de jurar su exterminio. El asesino islamista merece matiz. El judío armado merece sermón. Y si no alcanza el estándar imposible que se le exige, entonces se activa el repertorio del vocabulario moral europeo: colonialismo, apartheid, exterminio, genocidio, nazismo. Todo vale, con tal de conservar la estructura litúrgica del mal absoluto.
Lo chocante no es que se critique a Israel por los daños, los errores o incluso los abusos que puedan cometerse en una guerra. Lo chocante es que se le exija una perfección moral que jamás se exigió a Estados Unidos en Irak, a Rusia en Chechenia, a Turquía con los kurdos, a Arabia Saudí en Yemen, o a cualquiera de las democracias europeas cuando se enfrentaron a amenazas existenciales o terroristas. El judío debe ser impecable. Su enemigo, apenas comprensible. Esa asimetría no es un accidente. Es la señal.
De Moscú al campus occidental
La izquierda actual no inventó de la nada este marco mental. Lo heredó. Y, como tantas otras veces, lo heredó de una mezcla tóxica de propaganda soviética, tercermundismo sentimental y necesidad casi religiosa de dividir el mundo en oprimidos puros y opresores absolutos. Tras la Guerra de los Seis Días, la Unión Soviética y sus satélites entendieron que Israel podía convertirse en una pieza de propaganda de enorme valor: el Estado judío pasaba a ser presentado como una prolongación del imperialismo occidental, y el sionismo como una variante del racismo. La maniobra fue diabólicamente eficaz. La víctima histórica podía ser reconvertida en verdugo simbólico. El antifascismo ritual de la izquierda encontraba así un nuevo monstruo sobre el que proyectar sus pulsiones.
La operación propagandística fue tan brillante como indecente. Europa, que llevaba siglos resolviendo sus neurosis descargándolas sobre los judíos, descubría una manera nueva de seguir haciendo esencialmente lo mismo sin parecer antisemita. Ya no hacía falta hablar del judío usurero, cosmopolita o desleal. Bastaba con hablar del «sionista». Ya no hacía falta sospechar del judío real que vive a la vuelta de la esquina. Bastaba con condenar al judío colectivo abstracto, el Estado de Israel, y hacerlo además en nombre de la justicia universal. Era el viejo odio con un traje nuevo y, lo más irritante, con aplauso académico.
La causa palestina se convirtió así, para buena parte de la izquierda occidental, en una religión política. No por un conocimiento profundo de Oriente Medio, sino porque ofrecía una dramaturgia sentimental perfecta: colonizado contra colonizador, débil contra fuerte, color local contra Occidente, resistencia contra imperio. Daba igual que la historia real fuese mucho más compleja. Daba igual que el sionismo naciera también del trauma europeo, de la persecución y de la conclusión elemental de que depender de la misericordia ajena no era un plan de supervivencia nacional. Lo importante era el reparto de papeles. Israel debía ser el malo. Y la izquierda, como siempre, se reservaba el papel de conciencia moral de la humanidad.
La jerarquía selectiva de la indignación
Esta hipocresía se ve con especial nitidez cuando uno compara la ferocidad de la indignación antiisraelí con el silencio o la tibieza que suscitan otras barbaridades. Afganistán sigue siendo el único país del mundo donde niñas y mujeres tienen vetado el acceso a la educación secundaria y universitaria. Irán apalea, encarcela y, cuando le conviene, mata a mujeres por una prenda mal colocada, mientras oprime a homosexuales, disidentes y minorías con una disciplina medieval. Pero cuesta recordar una movilización comparable, sostenida y febril en las calles europeas. No porque el sufrimiento de afganas o iraníes sea menor. Al contrario. La diferencia es otra: no encajan igual de bien en el catecismo antiimperialista de la izquierda occidental.
Y ahí aflora una verdad incómoda. La indignación de una parte enorme de la izquierda no se activa en función del sufrimiento, sino del reparto ideológico de papeles. Si el verdugo es islamista, comunista o tercermundista, llega el festival del matiz. Si la víctima es judía y, peor aún, si responde organizada militarmente bajo un Estado soberano, entonces se activa la histeria. Al único Estado judío no se le permite ser un país normal en un barrio infernal. Se le exige ser una ONG armada que pelee sin ensuciarse, sin endurecerse, sin equivocarse y, preferiblemente, sin ganar.
El caso español: la obscenidad de Podemos
En España, este vicio adquiere una forma especialmente obscena. Una parte de la extrema izquierda que hoy pontifica sin descanso sobre derechos humanos, dignidad y memoria histórica convivió sin rubor con el aparato propagandístico de la teocracia iraní. No hace falta inventar condenas inexistentes ni construir novelas judiciales para retratar la indecencia. El dato bastaba y basta: el entorno político-mediático de Podemos hizo carrera, ganó foco y construyó parte de su marca pública al abrigo de HispanTV, la cadena en español del régimen iraní, una pieza evidente de propaganda de los ayatolás.
Hay que tener una cara de granito para presentarse después como fiscal moral de Israel habiendo aceptado el altavoz de un régimen que reprime mujeres, aplasta disidentes, castiga la homosexualidad y ha hecho del fanatismo religioso una forma de gobierno. Pero esa es precisamente la especialidad de nuestra izquierda más vociferante: convertir su propia suciedad ideológica en virtud ajena. Lo importante no era la defensa de los oprimidos. Lo importante era encontrar un instrumento de agitación útil contra Occidente, contra Estados Unidos y, por supuesto, contra Israel.
Nunca hay una condena equivalente de la barbarie islamista, de la represión iraní
Por eso resulta tan revelador el lenguaje de Podemos y de sus satélites cada vez que hablan de Oriente Medio. Nunca hay verdadera curiosidad moral. Nunca hay voluntad de medir con el mismo rasero a todos los actores. Nunca hay una condena equivalente de la barbarie islamista, de la represión iraní o del uso cínico del sufrimiento palestino por parte de Hamás y de sus padrinos regionales. Hay, en cambio, una pulsión acusatoria constante contra Israel, un placer casi sensual en convertir al Estado judío en símbolo universal del mal. No es solidaridad con Palestina. Es la vieja lógica del enemigo de mi enemigo, barnizada de superioridad moral.
España también se envenena
Lo más grotesco es que España sabe perfectamente de qué estamos hablando. Nuestro país asumió hace años la definición de trabajo de antisemitismo de la IHRA y ha aprobado planes específicos para combatir el antisemitismo. Es decir, institucionalmente reconocemos que existe un problema real y que ese problema incluye, entre otras manifestaciones, la doble vara de medir aplicada al Estado de Israel cuando se concibe como colectividad judía. Y, sin embargo, el ecosistema mediático, universitario y partidista sigue jugueteando con esa misma lógica como si fuese una forma superior de virtud civil.
El resultado está a la vista. El antisemitismo en España se ha disparado de forma escandalosa en los últimos dos años. Y no, no todo se reduce a una causalidad directa entre una consigna en un campus y un incidente antijudío en la calle. Pero solo un necio o un fanático negaría que el clima importa. Cuando durante meses se banaliza el vocabulario del odio, se usa «genocidio» como insulto automático, se compara al Estado judío con el nazismo y se presenta a Israel como encarnación singular del mal, el ambiente se envenena. Y cuando el ambiente se envenena, siempre hay alguien que deja de distinguir entre Israel, los israelíes y los judíos que viven entre nosotros.
La lógica conservadora de la decencia
Desde una lógica conservadora, todo esto debería ser bastante sencillo de entender. El conservadurismo serio desconfía de las histerias colectivas, de los absolutos morales administrados desde la moda ideológica y de los movimientos que convierten a un pueblo concreto en depósito simbólico de todos los pecados del mundo. También entiende algo esencial que la izquierda sentimental desprecia: los pueblos tienen derecho a sobrevivir, los Estados tienen derecho a defender a sus ciudadanos y la política exterior no puede juzgarse con el sentimentalismo barato del sofá europeo.
Israel no es perfecto. Ningún país lo es. Pero es una democracia real
Israel no es perfecto. Ningún país lo es. Pero es una democracia real, con división interna, prensa feroz, oposición política, tribunales y una sociedad civil vibrante, situada además en una región donde buena parte de sus enemigos no quieren negociar sus fronteras, sino borrarlo del mapa. Pedirle a Israel que se comporte como si viviera entre Suiza y Bélgica no es humanismo. Es frivolidad. Y exigirle una pureza que jamás se exigió a nadie más no es conciencia. Es prejuicio.
El conservadurismo también sabe otra cosa que conviene recordar: cuando las palabras se prostituyen, la política se embrutece. Llamar genocidio a todo, nazismo a todo, fascismo a todo y colonialismo a todo no eleva el debate. Lo envilece. Quien infla el lenguaje para excitar a la parroquia termina incapacitándose para distinguir entre una tragedia, un crimen de guerra, una campaña brutal, una mala decisión y un proyecto deliberado de exterminio. Y una sociedad que pierde esa capacidad de discriminación intelectual se vuelve presa fácil de sus demagogos más ruidosos.
Conclusión: el viejo odio, con maquillaje nuevo
La izquierda occidental lleva décadas necesitando un judío sobre el que proyectar sus culpas, sus frustraciones y su deseo de redención moral. Antes era el banquero imaginario, el cosmopolita sospechoso o el traidor sin raíces. Hoy es Israel. Ha cambiado el decorado, pero no el mecanismo. Lo que antes se expresaba con panfletos, hoy se expresa con consignas universitarias, editoriales engolados y manifestaciones de superioridad ética patrocinadas por quienes callan con asombrosa disciplina ante teócratas, dictadores y verdugos mucho más cómodos para su reparto ideológico de papeles.
No, no toda crítica a Israel es antisemitismo. Pero cuando al único Estado judío del mundo se le niega la normalidad histórica que se concede a todos los demás; cuando su mera existencia se convierte en problema; cuando su derecho a defenderse se discute con un escrúpulo no aplicado a nadie más; y cuando el placer de condenarlo supera con mucho la voluntad de entender el conflicto, entonces conviene dejar de fingir. Ya no estamos ante crítica política. Estamos ante el viejo odio europeo, otra vez, solo que ahora con maquillaje moral, eslóganes de campus y acento progresista.