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El ministro de Exteriores de Israel, Gideon Saar, durante una reciente rueda de prensa en Tel Aviv

El ministro de Exteriores de Israel, Gideon Saar, durante una reciente rueda de prensa en Tel AvivDPA vía Europa Press

Israel estudia suspender relaciones con España mientras Sánchez gobierne

Se trata de la culminación de dos años de deterioro constante en las relaciones bilaterales, exacerbado por las acciones de Madrid durante la campaña contra la dictadura teocrática de Irán

Según fuentes del Ministerio del Exterior israelí en Jerusalén, el titular de esta cartera, Gideon Saar, analiza interrumpir las relaciones diplomáticas con Madrid. La crisis entre España e Israel no es ya una diferencia diplomática: es un deterioro profundo que mezcla antisemitismo –así lo define el especialista Luciano Mondino, que vale recordar no es judío–, oportunismo interno y un cambio de alineamiento internacional.

Lo que durante décadas fue una relación pragmática –con cooperación tecnológica, militar y económica– ha pasado a convertirse en un choque permanente, con episodios que hace solo unos años serían impensables. El último incidente grave fue la expulsión formal de España del Centro de Coordinación Cívico-Militar, el organismo multinacional que supervisa el alto el fuego en la franja de Gaza y la implementación del plan de paz regional.

El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, acusó el pasado viernes al Gobierno de Pedro Sánchez de «librar una guerra diplomática» contra su país. «Quien ataque al Estado de Israel en lugar de a los regímenes terroristas, quienquiera que haga esto, no será nuestro socio en el futuro», afirmó Netanyahu. «No estoy dispuesto a tolerar esta hipocresía ni esta hostilidad. No permitiré que ningún país libre una guerra diplomática contra nosotros sin pagar un precio inmediato por ello».

A nivel popular, el tema duele, porque la simpatía hacia España –incluso a sus equipos de fútbol– está muy arraigada en la sociedad. Saar justificó la medida citando la «obsesión antiisraelí» de Sánchez. Según el canciller, ha perdido cualquier capacidad de ser un actor útil o imparcial en el plan de paz. España ya ha sido notificada, y Estados Unidos fue informado por adelantado sobre la decisión, que obliga a la retirada del pequeño grupo militar español que operaba.

La decisión del pasado viernes es la culminación de dos años de deterioro constante en las relaciones bilaterales, exacerbado por las acciones de Madrid durante la campaña contra la dictadura teocrática de Irán. No solo negó el uso de bases militares conjuntas, sino que dio un paso más y cerró su espacio aéreo a los aviones involucrados en ataques contra Teherán.

España retiró a su embajador de Israel y esta semana reinstaló a su embajador en Irán, un gesto que Jerusalén interpretó como abiertamente hostil. Desde la masacre de Hamás en 2023, Sánchez prohibió la compra y venta de material bélico a Israel, lo que causó malestar en el Ejército español. El presidente insistió además este viernes a la Unión Europea que suspenda el acuerdo de asociación con Israel, a lo cual Saar respondió con ironía: «No pudo sacarnos de Eurovisión y piensa que puede aislarnos de Europa».

Pedro y el viejo antisemitismo

Las diferencias entre ambos países son hoy claras y profundas. Israel se percibe a sí mismo en una guerra existencial contra Irán, Hezbolá y Hamás; España interpreta la guerra bajo un marco «legalista», pero con un sesgo que omite siempre la seguridad israelí. Jerusalén prioriza supervivencia y disuasión; el Gobierno español mira su posicionamiento y política interna. Israel habla de terrorismo; Sánchez habla de «derecho internacional». Utilizó términos como «genocidio», lo que Jerusalén considera una línea roja.

El llamado «factor Sánchez» es central. No es la política de Estado tradicional española, sino una estrategia personal. Ha construido su perfil como crítico de Israel y Estados Unidos. Esta postura le da cierto rédito interno –moviliza a la extrema izquierda–, pero a costa de aislar a España dentro del eje occidental.

Destaca además un elemento clave: la acusación de antisemitismo. Jerusalén no la formula de manera ligera. Cuando un gobierno adopta medidas selectivas contra Israel, utiliza lenguaje extremo y al mismo tiempo ignora el terrorismo, cruza una línea política hacia la deslegitimación del Estado judío. A esto se suma un aumento documentado de incidentes antisemitas en España, incluyendo intentos de ataques y discriminación contra ciudadanos israelíes.

El Gobierno rechaza esas acusaciones, pero el problema es real. Madrid ha dejado de ser un socio fiable. Las pérdidas para España son reales. Se deteriora la cooperación en defensa, inteligencia y tecnología, donde Israel es potencia líder. Se debilita su posición en Washington. Y se rompe un equilibrio histórico: España había logrado mantener buenas relaciones tanto con el mundo árabe como con Israel. Hoy ese equilibrio está roto.

Una ruptura total no es oficial –hasta ahora–, pero en la práctica la relación está en mínimos históricos: sin embajadores, con acusaciones cruzadas, incidentes militares menores (como la detención de un casco azul español durante una hora) y sin confianza política.

Voces españolas amigas

Existen voces españolas claramente proisraelíes, aunque hoy están fuera del poder. Figuras del ámbito político y mediático han defendido abiertamente a Israel. Isabel Díaz Ayuso, Cayetana Álvarez de Toledo y Santiago Abascal –para citar ejemplos notorios– han acusado al Gobierno de traicionar a sus aliados naturales y han apoyado el derecho judío a defenderse del terror. Insisten en que «Israel combate a los enemigos de Occidente». En Estados Unidos, destacados analistas afirman que España ha pasado de socio fiable a actor ambiguo.

El reconocido especialista Luciano Mondino –ya mencionado– advirtió sobre la «enfermiza hostilidad del actual Gobierno», al que acusó de promover el odio con sus socios de izquierda totalitaria. Según él, esta postura excede la política exterior y se enmarca en una estrategia que «usa a los palestinos para disimular escándalos internos». Pedro Sánchez, «junto a Podemos y Sumar, tiene vínculos directos con el movimiento BDS y con organizaciones islámicas terroristas».

Lo que ocurre en España «no es un fenómeno aislado, sino un síntoma de un proceso más amplio de decadencia cultural e ideológica que debe combatirse». Alertó sobre la forma en que ciertos medios oficialistas falsean sin pudor la realidad. Finalmente, Mondino cerró con una reflexión que vincula el antisemitismo contemporáneo con un proceso de debilitamiento moral en Occidente: «El odio a Israel se ha convertido en el último gran refugio de quienes no creen en nada. Es la excusa perfecta para justificar actos de violencia y para encubrir el fracaso de ciertos proyectos políticos. Representan el desprecio por la libertad y los valores democráticos».

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