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Donald Trump y el estrecho de Ormuz: riesgos y oportunidades

La respuesta de Donald Trump a la situación que se ha abierto tras el alto el fuego acordado hace unos pocos días está siendo tan errática como lo ha sido su dirección de la guerra

El presidente Donald Trump desciende del Air Force One para un evento en MiamiJim Watson / AFP

La geografía tiene sus caprichos y uno de los más injustos es el de haber encerrado algunas de las reservas de petróleo más ricas del planeta en un golfo cerrado del que tiene la llave quien controle el estrecho de Ormuz. Esta realidad, particularmente desafortunada en los tiempos que corren, es la que ha permitido a la teocracia criminal nacida de la revolución iraní desafiar década tras década a dos de los más duros enemigos que uno puede encontrar en la escena internacional: los Estados Unidos e Israel.

Hay dos maneras de enfrentarse a una realidad tan desagradable. Una, la del presidente Obama, que negoció un acuerdo con uno de los regímenes más crueles y más tramposos de los tiempos que vivimos. La otra, no nos engañemos, es la guerra. Si Trump ha decidido apostar por esta última, no está necesariamente equivocado, pero lo que no puede —y en eso están de acuerdo el oficial de Estado Mayor que fui y el aficionado a la historia que sigo siendo— es ocultar entre nubes de optimismo precisamente la línea de acción más peligrosa de su enemigo.

Después del alto el fuego

La guerra de Irán, desde el punto de vista militar, no ha tenido color. Pero eso lo sabíamos todos. Como también imaginábamos que una campaña aérea no iba a ser suficiente para poner de rodillas al régimen islámico y que todo esto iba a terminar con el estrecho de Ormuz, talón de Aquiles de la economía global, cerrado al tráfico.

La respuesta de Donald Trump a la situación que se ha abierto tras el alto el fuego acordado hace unos pocos días está siendo tan errática como lo ha sido su dirección de la guerra. Empezó negando la realidad, algo que se esperaba porque era la única manera de conciliar posturas tan alejadas como las de los dos bandos enfrentados. Siguiendo esta política, la secretaria de prensa de la Casa Blanca se apresuró a anunciar alegremente que el estrecho de Ormuz ya estaba abierto. Sin embargo, la mentira tiene las patas cortas: ni los ayatolás se han vuelto buenos de un día para otro ni Trump se ha convertido en un líder sabio o prudente.

Más centrado en su imagen que en su estrategia, el magnate intentó luego convencernos de que, en realidad, a él no le importaba si había acuerdo o no con los ayatolás. También nos dijo que, después de todo, el estrecho de Ormuz no era su problema. Pero los argumentos sonaban tan poco convincentes que el magnate terminó desdiciéndose y publicando en Truth Social que había ordenado a la US Navy el bloqueo de los accesos al disputado estrecho.

Una estrategia diferente

El anuncio del presidente, hay que reconocerlo, sorprendió al mundo. No porque no pueda hacer en Irán lo mismo que hizo en Venezuela —de hecho, quizá podría haber empezado por ahí—, sino porque parecía una pataleta infantil: si no puedo reabrir el estrecho, lo cierro yo mismo.

Afortunadamente, el almirante Cooper, el marino que dirige la campaña conjunta, aclaró pronto el significado de las palabras del magnate. No se trataba de una amenaza a los buques neutrales procedentes de puertos también neutrales, que sería tan ilegal desde el punto de vista del derecho marítimo como del derecho de la guerra, sino de un bloqueo del tráfico dirigido o procedente de los puertos iraníes; algo mucho más lógico y que, al menos desde el punto de vista jurídico, no merece reproche alguno.

¿Será eficaz la nueva estrategia del presidente Trump? Para que lo fuera necesitaría unir al bloqueo de los puertos iraníes —que es la parte fácil si se realiza desde una distancia segura— la apertura de las aguas internacionales del estrecho al tráfico neutral. Es un trabajo que puede hacerse sin excesivas dificultades, pero solo si se mantiene el alto el fuego, algo que no depende solo de los EE.UU. Con todo, en absoluto me parece una apuesta disparatada. Irán está todavía más encantado del fin de los bombardeos que el propio Trump, y esto no es una hipótesis, sino un hecho: ambos tienen sobrados motivos para romper la tregua y han preferido no hacerlo.

Si la US Navy tiene éxito, Teherán se verá privado de los ingresos del petróleo —algo que, por cierto, también habría logrado bombardeando las instalaciones de la isla de Jark, pero asumiendo riesgos políticos mayores— y de los posibles peajes de los buques que naveguen por el estrecho aceptando la extorsión de los bandoleros que se llaman a sí mismos Guardianes de la Revolución Islámica. No será, por supuesto, un jaque mate. Lo que está en juego para cada bando es demasiado diferente. El presidente Trump se juega su mayoría en el Congreso, algo que en realidad ni siquiera necesita para seguir sorprendiéndonos cada día. Los ayatolás, en cambio, se juegan la vida. No cederán porque a su pueblo le falte el pan y, en cambio, esperan que sí lo haga el pueblo norteamericano presionado por el precio del galón de gasolina.

Lo que sí podría aparecer tras el bloqueo de Ormuz es, por fin, una posible estrategia de salida para los EE.UU. Si Trump centra ahora su objetivo en abrir la ruta marítima —en lugar del final del programa de enriquecimiento de uranio que los ayatolás ni siquiera se avienen a prometer en falso—, puede poner fin a la guerra con algo bastante parecido a una victoria: «He bombardeado Irán, les he dejado sin fuerza aérea y sin marina» —se muestra el magnate sorprendentemente feliz por haber destruido la hermana menor y más vulnerable de las fuerzas armadas de los ayatolás— «y me he retirado cuando he terminado la misión sin sufrir represalia alguna». Un final, pues, relativamente feliz al que, siempre que la reapertura se haga poco a poco, seguramente se prestará quien quiera que gobierne Irán. Para ellos, el objetivo era resistir, y siempre podrán presumir de que lo han logrado.

Una reflexión a destiempo

Todo lo que está ocurriendo en Irán, que a muchos les habrá dejado un mal sabor de boca, me invita a terminar esta columna con una reflexión. ¿Son las tiranías más fuertes en la guerra que las democracias occidentales? La historia sugiere que no es así. Las sociedades libres se adaptan más deprisa, aprovechan mejor las oportunidades y tienen muchas ventajas prácticas. Pero hay una condición para que prevalezcan, y es que se les explique cuál es la causa por la que luchan y cuál el camino hacia la victoria. No ha ocurrido así en este caso y, por mucho que pueda doler a sus partidarios, solo el presidente Trump tiene la culpa.