40 años de Chernóbil, el mayor accidente nuclear de la Historia
Un total de 600.000 personas intervinieron en una operación gigantesca para salvar al mundo de un cataclismo global provocado por el hombre
Vista aérea de la central nuclear de Chernóbil después del accidente, el 26 de abril de 1986
El 26 de abril de 1986 la central 'Vladímir Ilich Lenin', situada a 18 kilómetros de la localidad de Chernóbil (Ucrania), protagonizó el peor desastre nuclear de la humanidad. La explosión del reactor tipo RBMK número 4 generó una nube radioactiva que se extendió por Europa y detectada en casi todo el Planeta. Como resultado de la catástrofe quedaron contaminados 142.000 kilómetros cuadrados en el norte de Ucrania, en el sur de Bielorrusia y en Briansk (Rusia).
Debido al secretismo de la entonces URSS, se desconoce el número exacto de víctimas mortales. El régimen oficial sólo reconoció 31 fallecidos. No obstante, algunas fuentes lo sitúan en unas 100.000. Respecto a la cifra de afectados por diversos tipos de cáncer, especialmente el de tiroides, rondaría los 6.000, con una prevalencia notablemente superior a la habitual en las áreas contaminadas, por la exposición al yodo-131 radioactivo.
La URSS sólo reconoció 31 fallecidos por la explosión de Chernóbil
Una prueba de 'seguridad' que desató el caos
La mañana previa al accidente se inició una prueba en el reactor número 4 que simularía un corte de suministro eléctrico. Su objetivo, comprobar si ante una pérdida de potencia, las turbinas del reactor –gracias a su inercia– podrían mantener el flujo de agua durante aproximadamente 45 segundos, tiempo necesario para la activación de los generadores diésel de emergencia. Sin embargo, iniciado el ensayo tuvo que interrumpirse.
Una llamada del operador eléctrico en Kiev solicitó a Chernóbil que asumiera el pico de energía durante la tarde por una avería en una de sus instalaciones ucranianas. Finalizada la contingencia, ya podía reanudarse el ensayo. Para entonces el personal más experimentado, perteneciente al turno matutino, había concluido su jornada laboral. Eso hizo que el peso recayera inesperadamente en los técnicos del relevo nocturno, quienes no tenían previsto realizar dichas tareas, y además habían expresado su desacuerdo con los protocolos de la prueba, llegando a amenazar con abandonar las instalaciones.
Un veterinario muestra un potro con malformaciones tres años después de la explosión de Chernóbil
En este ambiente tenso y con un importante retraso acumulado sobre el horario inicialmente previsto, llegó el fatídico momento. El ingeniero jefe adjunto de Chernóbil y supervisor del experimento, Anatoli Diátlov, tras 24 horas sin dormir y harto de la espera, dio la orden. Inmediatamente, se desconectó el suministro eléctrico antes de detener el reactor. Era la 1:23 horas de la noche del 26 de abril. El caos se desencadenó tras una cadena de errores humanos, incumplimientos de medidas de seguridad y fallos estructurales de una central deficiente y peligrosa, esto último advertido por varios informes de la KGB. No en vano ya se habían registrado numerosos incidentes.
Instantes después, en la sala de control se oyó un ruido estridente y un humo negro penetró a través de las rejillas de ventilación. Las luces rojas de emergencia parpadeaban frenéticamente. Los intentos por recuperar el control de la situación resultaron estériles. Dos explosiones anunciaron un apocalipsis nuclear inédito. La energía liberada fue de tal potencia que desintegró la cubierta inapropiada de protección del edificio. Inmediatamente, los elementos radioactivos comenzaron a emanar a la atmósfera. El núcleo había iniciado una fusión por la altísima temperatura alcanzada en su interior. Ya nada podría detenerlo. Los incendios se sucedían, creando una imagen apocalíptica que iluminaba la central en la oscuridad de la noche.
Héroes anónimos
Alertado el parque de bomberos de Prípiat, la localidad más próxima a la central, se movilizó inmediatamente. Ante sus ojos vieron un edificio parcialmente destruido, explosiones, un reactor en llamas y una gran columna de humo que expulsaba a la atmósfera partículas de plutonio, yodo, estroncio, cesio y grafito.
Ante este escenario dantesco, sin protección ni medios adecuados, los bomberos se enfrentaron a un enemigo desconocido y letal llamado radioactividad. A pesar de todo, tras una noche infernal y la muerte de unos 29 bomberos, a las 7 de la mañana se dio por extinguido el incendio exterior. Asimismo, resultó vital la labor y sacrificio de los liquidadores. Estos voluntarios limpiaron los restos tóxicos del tejado para evitar su propagación, pertrechados con rudimentarias protecciones y una pala.
Una caravana de camiones cargados con líquido descontaminante se dirige a la central nuclear de Chernóbil tras la explosión
Evacuación tardía
Mientras una nube tóxica ya diseminaba ya partículas radioactivas a cinco kilómetros de distancia, la normalidad reinaba a sólo tres kilómetros de Chernóbil. En Prípiat, ciudad construida para los empleados de la central, se vivía un apacible sábado primaveral. Víctimas del oscurantismo soviético, las autoridades comunistas ocultaron a la población lo sucedido, exponiéndola a un riesgo letal durante unas 36 horas.
No obstante, pronto se dispararon los rumores en la ciudad, sobre todo, con la presencia de efectivos del Ejército equipados con medidores de radioactividad. Finalmente, a las 11:00 horas del domingo, se ordenó la evacuación 'temporal'. Los cerca de 50.000 habitantes sólo podían llevar consigo ropa y dinero para tres días. Tras subirse a los 1.700 autobuses que les aguardaban a las 14:00, jamás regresarían a sus hogares. Hoy día Prípiat continúa deshabitada, convertida en un ciudad fantasma, donde la naturaleza ha invadido el espacio urbano.
Muestra de musgo atrofiado, consecuencia de la radiación del reactor nuclear
Acuciados por la gravedad de la situación, el área de exclusión pronto se amplió a un radio de 30 kilómetros. Los bosques, tierras, cultivos y acuíferos quedaron contaminados.
Plan desesperado para sofocar las llamas del reactor
Mientras, en el interior del reactor nuclear continuaba otro incendio. El combustible fundido a más de 2.000° C y el grafito de las barras de refrigeración seguían emitiendo a la atmósfera partículas radioactivas. De hecho, la nube tóxica 'visitó' el 40 % de Europa y fue detectada en prácticamente en todo el mundo. La catástrofe podía alcanzar niveles planetarios, puesto que los vientos ejercían de aspersores de los radioisótopos al medio ambiente en todas direcciones.
Para tratar de resolver el problema, las autoridades soviéticas idearon una operación tan desesperada y rudimentaria como eficaz. Sesenta helicópteros militares arrojarían sacos de arena, boro, plomo y dolomita, materiales capaces de enfrentarse a las llamas.
Cada vuelo expondría a las tripulaciones de las aeronaves que debían aproximarse al máximo al reactor y volar entre la nube tóxica. Finalmente, el 8 de mayo, 13 días después del accidente y tras diez jornadas de operaciones, el incendio del reactor quedó sofocado y su temperatura comenzó a descender.
Un total de 600.000 personas intervinieron en una operación gigantesca para salvar al mundo de un cataclismo global provocado por el hombre.