La dictadura venezolana en los brazos del Fondo Monetario Internacional
No es un espectador o prestamista pasivo, sino un actor que aspira a que el desempeño económico de los países apunte al crecimiento de forma simultánea a la reducción radical del gasto burocrático del Estado y la erradicación de la corrupción
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Como otras iniciativas multilaterales, el Fondo Monetario Internacional es producto de la Segunda Guerra Mundial. Entre los países aliados, desde 1940 aproximadamente, crecía la preocupación por el estado calamitoso en que quedaría la economía del planeta una vez que la confrontación terminase. El proteccionismo que imperaba desde hacía décadas -desde la Primera Guerra Mundial- resultaba cada vez más insostenible. Aquella poderosa amenaza, enunciada aquí en apenas una frase, provocó las históricas Conferencias de Bretton Woods (Estados Unidos), en julio de 1944, en las que se establecieron los fundamentales Acuerdos de Bretton Woods que, en alguna medida, han marcado el desempeño económico del mundo desde ese momento.
De esos Acuerdos de Bretton Woods surgió la creación de dos organismos capitulares de nuestro tiempo: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional -FMI-. El mundialmente famoso economista, el británico John Maynard Keynes fue, no el único, pero sí uno de sus más entusiastas promotores.
A lo largo de las décadas, ambos organismos han cambiado su carácter y sus funciones. Fue en 1976 cuando el Fondo Monetario Internacional adquirió el doble estatuto institucional que tiene hoy: por una parte, como una estructura profesional de muy altas capacidades técnicas en el seguimiento del desempeño económico de los países, y, por la otra, como una entidad que otorga créditos a los estado, que es el aspecto que más destaca de su presencia en la agenda pública mundial.
Sin embargo, y este es el aspecto crucial de la cuestión, el otorgamiento de créditos a los países está atado a que los gobiernos respectivos acepten cumplir con las recomendaciones que el organismo emite. Y es que el Fondo Monetario Internacional tiene, entre sus propósitos institucionales, lograr el crecimiento económico de los países, lo que incluye ajustar las políticas, no solo para garantizar el pago de los préstamos, sino también para evitar que vuelvan a reproducirse las condiciones de crisis económica y financiera, que los obligaron a pedir préstamos. Es decir, no es un espectador o prestamista pasivo, sino un actor que aspira a que el desempeño económico de los países apunte al crecimiento de la producción, del empleo y de los intercambios comerciales, de forma simultánea a la reducción radical del gasto burocrático del Estado y la erradicación de la corrupción.
Estos lineamientos no tardaron en provocar ataques por parte de dictaduras, gobiernos izquierdistas y populismos de diverso signo. La acusación más reiterada contra el Fondo Monetario Internacional ha sido: se trata de una política intervencionista, que favorece los intereses del imperialismo. En realidad, la pretensión de la izquierda empobrecedora ha sido y es que el Fondo Monetario Internacional le otorgue préstamos sin garantías de pago y sin recomendaciones sobre la conducción económica. En otras palabras, han intentado que el organismo les provea de dinero para atender situaciones de crisis, pero manteniendo inalteradas las condiciones y prácticas causantes de la debacle.
La patética posición de pedir dinero prestado y además exigir que ocurra sin condiciones, como si se tratase de un regalo, que ha sido el signo constante de la relación de la dictadura de Chávez y Maduro con el Fondo Monetario Internacional, se fracturó en marzo de 2019, cuando Venezuela perdió el reconocimiento del organismo, dada la ilegitimidad del gobierno.
Cuando digo signo constante, hago una afirmación que cualquiera puede comprobar, con solo hacer una búsqueda en internet: no sólo Chávez y Maduro, sino una montaña de voceros, a lo largo y ancho del amplio sistema de medios bajo su control, estuvieron 27 años satanizando al Fondo Monetario Internacional. Lograron que innumerables venezolanos, apenas o totalmente desinformados de la cuestión, convirtieran al FMI en objeto de sus consignas denigratorias.
¿Cuántas veces en su programa, Diosdado Cabello repitió la frase torcida y absurda, de que el «Fondo Monetario Internacional no volverá a gobernar esta patria»? ¿Acaso no llegó al extremo de formular una acusación carente de lógica y fundamentos en la realidad, de que unos empresarios estaban negociando a Venezuela con el Fondo Monetario Internacional? Peor aún, ¿acaso no dijo en 2015 que el gobierno sacaría al Banco Mundial y al Fondo Monetario Internacional del país y que nunca más volverían?
Ese mismo Cabello, sin ruborizarse y como si le hubiesen borrado de la memoria todo su hinchado palabrerío de más de una década, ha aparecido esta semana defendiendo el regreso del gobierno a los dictados y deberes del Fondo Monetario Internacional. Ha criticado a sus compañeros de partido, a los que él mismo azuzó contra el FMI, por rechazar al FMI: campante, ridículo, grotesco.
¿Causará obligaciones al gobierno encargado ponerse en manos del FMI a cambio de que les entreguen los 5 mil millones de dólares retenidos? Por supuesto: tendrán que afrontar un programa de ajustes, con todas sus piezas: disminuir drásticamente el gasto público, poner fin a la corrupción, cesar la persecución a empresas y empresarios, controlar la inflación, reducir y hasta eliminar las subsidios y prebendas al PSUV y sus organizaciones satélites, terminar de una vez por todas los regalos que la dictadura venezolana le envía a la dictadura cubana, no solo en forma de petróleo, sino de muchas otra maneras, cuyas verdaderas y extraordinarias magnitudes muy pronto conoceremos, apenas comience la transición en los dos países.