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Sánchez, el gallito de Ormuz… sin corral ni gallinas

Pedro Sánchez, con su habitual mezcla de cálculo electoral y narcisismo diplomático, ha decidido convertir la contradicción europea sobre su defensa en política de Estado. Washington ha tomado nota. Y no está de humor para más teatro

Pedro Sánchez con Donald Trump, cuando coincidieron en 2018 durante un acto de la OTANEFE

En política internacional, las poses se pagan. A veces con intereses. Y casi siempre cuando quien posa ya ha abandonado el escenario principal y el que paga el pato es el que le sigue.

Durante años, la Unión Europea perfeccionó una especialidad: criticar a Estados Unidos, vivir a su sombra militar, y financiar su Estado del bienestar con el dividendo de no gastar lo suficiente en defensa. Con Donald Trump, ese modelo ha entrado en fase terminal.

Podrá gustar más o menos su estilo —ese narcisismo de casino combinado con el temor al loco—, pero hay un dato que Sánchez y sus socios parecen no entender: la administración americana actual considera que la reciprocidad es la condición mínima para seguir siendo aliado.

Y en esa nueva realidad, Pedro Sánchez ha decidido ser el gallito más ruidoso del corral. El problema es que, para ser gallito, conviene tener corral. O al menos gallinas. España, bajo su mandato, parece ir quedándose sin ambas cosas.

Europa recula; Sánchez Posa

Los hechos son tozudos. Tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, varios gobiernos europeos reaccionaron con la mezcla habitual de indignación selectiva y lenguaje gelatinoso de Bruselas. Pero cuando Washington apretó las tuercas de verdad, muchos empezaron a matizar. Unos facilitaron bases o reabastecimiento. Otros abrieron su espacio aéreo. Otros, conscientes de que un cierre del estrecho de Ormuz convertiría sus discursos en facturas energéticas insoportables, empezaron a preparar planes B.

Reino Unido y Francia, con todos sus defectos, entendieron al menos la dimensión del problema. El estrecho de Ormuz no es una abstracción. Es una arteria energética mundial. Si se cierra, no sufre solo el Pentágono. Sufren las fábricas europeas, los transportistas, las eléctricas y cualquier ciudadano que crea ingenuamente que la gasolina llega a las estaciones de servicio por generación espontánea progresista.

Sánchez, en cambio, vio otra oportunidad. No para defender los intereses de España, sino para representarse a sí mismo como el líder de la resistencia antiamericana, antiisraelí y anti-Trump. Todo muy épico… siempre que no seas tú quien tenga que pagar la factura.

Su cálculo es transparente: su postureo moviliza a la extrema izquierda a la cual necesita para sobrevivir políticamente. Le permite posar ante sus socios parlamentarios, reunirse con populistas zurdos iberoamericanos y presentar su aislamiento como «independencia». El problema es que, en política exterior, la independencia sin poder se llama irrelevancia.

La OTAN no te expulsa, pero te puede apagar la luz

La respuesta de Trump, como era de esperar, ha sido todo menos diplomática. Empecemos por la bravuconada que más titulares genera: la idea de que España podría ser expulsada de la OTAN. Jurídicamente es casi imposible. El Tratado de Washington no contempla la suspensión ni la expulsión de un miembro. Así que no: no nos van a poner una caja de cartón en Bruselas para que recojamos la banderita y el boli.

Pero pensar que, por eso, no pasa nada es ingenuo. La OTAN es un tratado; la influencia es otra cosa. Washington no necesita expulsar a España para degradarla. Le basta con dejar de llamarla. Le basta con excluir a sus generales de ciertos círculos. Le basta con reducir la confianza operativa, limitar el acceso a inteligencia sensible, bloquear nombramientos o tratar a España como lo que, bajo Sánchez, se está empeñando en parecer: un aliado ornamental, inútil para la guerra y peligroso para cualquier planificación seria.

La diplomacia funciona muchas veces por omisión, que, todo sea dicho, ya está ocurriendo: una invitación que no llega, un general español que deja de ser considerado para un puesto, un informe de inteligencia que se comparte con Londres, Roma, Varsovia o Rabat… pero no con Madrid, una reunión sobre el futuro de Venezuela donde España no está invitada… o un ejercicio militar donde Marruecos aparece como socio prioritario y España como decorado.

Eso es poder real. No el BOE. No el plasma de Moncloa. No el aplauso de una bancada de socios que confunden al régimen de Teherán con una ONG de barrio.

Rota y Morón y el soberano que descubre que no manda ni en su cocina

El siguiente frente son las bases. España tiene razón formal: Rota y Morón están bajo soberanía española. No son colonias americanas. Pero la política exterior no se agota en tener razón formal. También exige calcular las consecuencias de tus actos.

Después de los ataques contra Irán, el Gobierno español dejó claro que no permitiría el uso de esas bases para operaciones contra Teherán. Perfecto. Soberanía ejercida. Ahora viene la segunda parte: si yo financio, mantengo y estructuro una presencia militar en tu territorio para proyectar poder en el Mediterráneo, África y Oriente Medio, y cuando la necesito me dices que no, tal vez empiece a preguntarme si esa presencia tiene sentido.

Morón es fácil de replantear. Rota es más compleja: allí se encuentra una pieza esencial del despliegue naval estadounidense en Europa. Desmantelar Rota no se hace en tres meses ni en tres años. Pero la pregunta no es si mañana se marchan todos los barcos. La pregunta es si Washington empieza a diseñar el mapa de los próximos veinte años considerando a España un nodo fiable o una molestia mediterránea con sol, jamón y corrupción.

La represalia silenciosa; inteligencia y confianza

España depende de la inteligencia occidental mucho más de lo que admite. En terrorismo, yihadismo, tráfico marítimo, vigilancia del Sahel, ciberseguridad, contrainteligencia rusa y china. Si Washington decide reducir la calidad, velocidad o profundidad de esa cooperación, no lo anunciará. Simplemente lo hará. Y el día que falte una pieza, algún ministro saldrá a decir que nadie podía haberlo previsto. Y sí se podía prever. Se llama que los actos tienen consecuencias.

La confianza estratégica es como el crédito bancario: se construye durante años y se destruye en una tarde. Cuando un aliado empieza a ser percibido como poco fiable, no hace falta romper la relación. Basta con descontarlo de las decisiones importantes. Y eso es precisamente lo que ya le ocurre a España en demasiados tableros.

Hispanoamérica: Perder la silla en nuestra propia mesa

El daño más profundo, sin embargo, puede no ser militar sino geoestratégico.

España ha vivido durante décadas de una idea: somos —o fuimos— el puente natural entre Occidente e Hispanoamérica. Lengua, historia, empresas, derecho, banca, cultura y redes humanas. Un activo formidable, si se usa con inteligencia. Pero un puente deja de ser útil cuando uno de los dos lados sospecha que el puente cobra peaje al enemigo.

En Venezuela y Cuba se están abriendo procesos de transformación potencialmente históricos. Washington, bajo Trump y Rubio, mira al Caribe y a Hispanoamérica con una lógica clara: expulsar la influencia china, rusa e iraní del hemisferio occidental, debilitar a las dictaduras narcosocialistas y recentrar las cadenas de suministro en América.

¿Dónde está España? En la esquina equivocada de la sala

La percepción en Washington —y no sin motivos— es que el Gobierno español ha colaborado activamente con el chavismo, demasiado cercano a sus líderes, demasiado indulgente con Cuba y demasiado ambiguo cuando tocaba elegir entre la libertad y los carceleros. Y aquí conviene no olvidar el papel del expresidente Zapatero, convertido en una especie de capellán diplomático del chavismo, siempre dispuesto a encontrar matices en una dictadura que no los tiene.

Cuando llegue la hora de reconstruir Venezuela, Cuba o aislar los restos del eje bolivariano, España debería estar sentada en primera fila. En cambio, corremos el riesgo de estar en el pasillo, mirando por la rendija, mientras americanos, venezolanos, brasileños y hasta mexicanos se reparten el pastel.

Marruecos; el vecino que sí supo leer a Washington

Y llegamos al asunto más incómodo: Marruecos. Mientras España juega a potencia no alineada con bases americanas en su territorio, Marruecos lleva años haciendo lo contrario: leer el mapa, entender los incentivos y colocarse donde está el poder. Rabat firmó los Acuerdos de Abraham, estrechó su relación con Israel, reforzó su papel ante Washington y recibió el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. (Luego vino Sánchez y, en una de esas genialidades estratégicas que algún día merecerán una tesis doctoral en rendición preventiva, aceptó la posición marroquí en una carta que todavía hoy huele a chantaje, improvisación y debilidad.)

Mientras tanto, EE.UU. rearma a Marruecos y no precisamente con tirachinas. Con Apaches, F-16 modernizados, HIMARS, Stinger y una arquitectura militar cada vez más interoperable con Estados Unidos. ¿Todo eso es solo para mirar a Argelia? En parte. ¿También sirve para que Rabat tenga más dientes frente a su vecino del norte? Sería una ingenuidad descartarlo.

La pregunta desagradable: si mañana hubiera una crisis seria con Marruecos por Ceuta o Melilla, ¿alguien cree honestamente que el Washington de Trump se partiría la cara por el Sánchez que le cerró bases, le negó acceso al espacio aéreo, le dio lecciones sobre Irán y coqueteó diplomáticamente con todos los enemigos ideológicos de la Casa Blanca?

Ceuta y Melilla son España. Punto. Pero la protección automática de la OTAN sobre ellas no es tan evidente como muchos españoles creen. Precisamente por ello el apoyo de Washington es tan necesario. Y Sánchez ha decidido ponerlo en riesgo para lograr cuatro aplausos de su parroquia.

Confundir independencia con aislamiento

Hay una diferencia fundamental entre la independencia y el aislamiento. Una nación seria puede discrepar de Estados Unidos. Francia lo ha hecho durante décadas. Reino Unido lo hace cuando le conviene. Alemania se esconde, pero al menos paga algunas facturas. Italia, con Meloni, ha aprendido a no confundir soberanía con adolescencia diplomática.

España, en cambio, bajo Sánchez, ha optado por una versión quijotesca del no alineamiento: dependemos de la OTAN, de la inteligencia americana, de las rutas marítimas protegidas por la US Navy, del paraguas occidental frente al yihadismo, de la estabilidad energética global y de la buena voluntad de Washington ante Marruecos… pero luego nos permitimos actuar como si fuéramos la India de Nehru con un portaaviones nuclear y tres Silicon Valley en la manga.

No lo somos

España es una potencia media con una posición geográfica extraordinaria, una lengua global, empresas relevantes y unas Fuerzas Armadas profesionales. Pero para sacar partido a todo esto hay que exigir a nuestro gobierno una estrategia. Y la estrategia exige saber cuándo hablar, cuándo callar y cuándo no convertir cada crisis internacional en un mitin para contentar a la extrema izquierda doméstica.

Sánchez no está construyendo una política exterior independiente. Está convirtiendo a España en un aliado poco fiable. Y los aliados poco fiables no son castigados siempre con sanciones. A veces simplemente son ignorados.

No nos van a expulsar de la OTAN. No van a desmontar Rota mañana. No van a reconocer pasado mañana la soberanía marroquí sobre Ceuta y Melilla. La geopolítica rara vez funciona con esa teatralidad.

Pero sí pueden dejar de compartir ciertas cosas. Favorecen a Marruecos. Excluyen a España de procesos decisivos en Venezuela y Cuba. Degradan nuestra relevancia en la OTAN y en la UE. Ignoran nuestras llamadas. Y pueden convertirnos en lo que Sánchez, con infinita perseverancia, parece empeñado en demostrar que somos: un socio incómodo, ruidoso y prescindible.

En política internacional, uno cosecha lo que siembra. Sánchez ha sembrado antiamericanismo de pacotilla, con gestos para una izquierda que aún cree que el mundo se divide entre imperialistas malos y revolucionarios buenos.

La cosecha puede ser amarga. Y, como siempre con Sánchez, no la pagará él. La pagará España.