Netanyahu y la guerra que redefine el futuro de Israel
La guerra contra Irán –un capítulo más de esta guerra líquida por la hegemonía mundial– no es solo importante para la región de Oriente Medio, sino que está en juego el propio éthos del país hebreo
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, en el Día del Recuerdo del Holocausto, en Jerusalén
Se esperaba que la Operación Furia Épica que se desató el pasado 28 de febrero fuera la solución final para el problema iraní. Se va confirmando que el conflicto entre Estados Unidos e Irán ha intentado ser una acción política maestra del Gobierno de coalición liderado por Benjamin Netanyahu, cuyo desenlace no está claro ahora que vaya a ser todo lo exitoso que se preveía.
Según revelaba hace unos días el diario israelí Haaretz, el exultante estado de ánimo de la Casa Blanca tras el éxito en Venezuela fue hábilmente explotado por el Gobierno israelí para convencer a Donald Trump sin demasiado esfuerzo de que el terreno estaba abonado para lograr un cambio similar en Irán. Las objeciones expuestas por algún consejero de la Administración Trump sobre el peligro de que una acción militar contra Irán tendría como consecuencia el cierre del estrecho de Ormuz fueron rechazadas categóricamente por los consejeros israelíes, quienes, por el contrario, señalaron tener información fehaciente del lugar y el tiempo preciso en el que se reuniría la cúpula de los ayatolás.
Mientras EE.UU. lanzaba la Operación Furia Épica, Israel despertaba a su «León Rugiente», en una demostración patente de que cada uno perseguía objetivos y estrategias propios, aunque compartían aquel enemigo común. Así, mientras la opinión pública mundial dirigía toda su atención a la Casa Blanca y discutía asombrada cuál era la motivación real y los objetivos concretos de Trump para iniciar la guerra, el gabinete encabezado por Netanyahu se aprovechaba del poder militar de su aliado americano para lograr unos fines largamente ambicionados, como son garantizar la supervivencia de Israel frente a sus enemigos (especialmente anular la capacidad balística y nuclear de Irán).
Ese objetivo aparecería al alcance de su mano al reordenar Oriente Medio, acercándose cada vez más al cumplimiento del Gran Israel (Eretz Yisrael HaShlema, la Tierra de Israel completa), el objetivo por el que tanto peleó Benzion Mileikowsky, activista del sionismo revisionista y padre del actual primer ministro israelí. De paso, busca asegurarse la reelección el próximo mes de octubre. Las pasadas elecciones para la Knéset –Parlamento israelí– arrojaron un difícil resultado para el Likud, viéndose arrastrado a una coalición con varios partidos alejados de la moderación política, constituyendo, de hecho, el Gobierno más extremista de la historia de Israel.
A pesar de conseguir forjar dicha coalición, la situación del primer ministro se ha mantenido de manera muy precaria, viéndose obligado a adoptar la agenda de los partidos ultraortodoxos como Otsmá Yehudit (Poder judío), liderado por Itamar Ben-Gvir, de carácter supremacista y que durante muchos años tuvo la calificación de grupo terrorista por parte del Gobierno estadounidense; o Moshe Gafni, líder del Partido Unido de la Torá, cuyo concepto sobre la libertad religiosa hacia los que no practican el judaísmo le llevó en 2023 a proponer en la Knéset la prohibición por ley de cualquier actividad de proselitismo cristiano.
La multitud de pequeños partidos que sostienen al Gobierno ha conseguido transmutar la tradicional política moderada del Likud hasta aceptar como propios postulados maximalistas: desde la polémica aprobación –62 votos a favor, 55 en contra, dos abstenciones procedentes del Likud– de la Ley básica (de rango constitucional) que define a Israel como un «Estado nación judío» en 2018, las decisiones a favor de la expansión de los colonos judíos, previa expulsión de los palestinos de la franja de Gaza y Cisjordania, la aprobación de la pena de muerte por la horca a todo palestino que atente contra la vida de un judío, el fortalecimiento de los tribunales religiosos a los que se les concede ahora la potestad de arbitrar en materias civiles o la decisión de crear un área de seguridad al sur del Líbano hasta el río Litani. Gracias a todo esto, el primer ministro israelí ha obtenido la aprobación de sus presupuestos para el año 2025, evitando así la disposición legal que obliga a la convocatoria de elecciones si el Ejecutivo de turno no logra sacar adelante sus presupuestos antes del 30 de marzo de cada año.
Tras los salvajes atentados del 7 de octubre de 2023, Netanyahu conoció los niveles más bajos de apoyo en las encuestas, pero el inicio de la operación León Rugiente fue saludado por los votantes con un 90 % de apoyo. Pese a los triunfales discursos de Netanyahu, la mitad de los israelíes considera que se han logrado los objetivos de la guerra: Irán continúa manteniendo las reservas de uranio enriquecido; sus capacidades balísticas, aunque muy mermadas, siguen operativas; Hezbolá se mantiene con vida y con relativa fuerza; y parece que la opinión pública mundial está dando la espalda a Israel.
La guerra contra Irán –un capítulo más de esta guerra líquida por la hegemonía mundial–, no es sólo importantes para la región de Oriente Medio, sino que está en juego el propio éthos de Israel, el cual debe decidir entre permanecer en los valores democráticos de igualdad y defensa de los derechos humanos, contenidos en su declaración de independencia, o seguir con el proceso para refundar Israel como un Estado exclusivamente judío que haga realidad el Eretz Yisrael y sepulte por fin el Medinat Yisrael, el moderno Estado de Israel.
- Antonio Alonso Marcos es profesor de Relaciones Internacionales Universidad CEU San Pablo
- Mauricio G. Álvarez es doctor en Historia y Máster en Relaciones Internacionales del King´s College London