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La pobreza y los apagones: el enemigo de la transición venezolana

La inmensa mayoría sabe que esta lucha de décadas es para que Venezuela vuelva a ser de los venezolanos: no de Cuba, no de Irán, no de Rusia, no de China… y tampoco de ningún otro país, por muy agradecidos que estemos con el Gobierno de Donald Trump

Estudiantes universitarios, opositores al régimen, marchan durante el Día de la Juventud en Caracas

Estudiantes universitarios, opositores al régimen, marchan durante el Día de la Juventud en CaracasAFP

El Proyecto Encovi de Venezuela surge de la preocupación compartida por la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), la Universidad Central de Venezuela (UCV) y la Universidad Simón Bolívar (USB) ante la falta de información pública pertinente y oportuna que permita conocer, con la rigurosidad requerida, cuál es la realidad social del país.

Así Encovi nació en 2014 como un sismógrafo nacional que mide las grietas sociales que no se ven desde el poder, pero que hoy determinan el destino de una transición.

La última edición sobre la mesa, ese sismógrafo nos da una lectura inquietante según la cual Venezuela no solo sigue en crisis; está sentada sobre una bomba de tiempo social que puede estallar incluso después de la caída de Maduro, si el «día después» se queda en discursos y no llega a la nevera, al aula, al salario y a la luz eléctrica.

En uno de cada tres hogares, el ingreso no cubre lo mínimo para alimentarse

Empecemos por lo esencial: la pobreza. La Encovi registra que la pobreza monetaria alcanza al 68,5% de los hogares y la pobreza extrema al 31,7%. Es decir: en uno de cada tres hogares, el ingreso no cubre lo mínimo para alimentarse. La mesa de millones sigue igual o peor.

Luego está la educación, que es el verdadero termómetro del futuro. En Venezuela, el colapso no es abstracto, sino que se mide en niños y jóvenes que dejaron de estudiar. La Encovi advierte que 44% asiste irregularmente a clases. ¿Qué significa en Venezuela? Que un niño se acostumbra a que la escuela no es prioridad porque la vida se volvió demasiado cara, demasiado insegura o demasiado inestable.

La encuesta también muestra una caída demoledora en los jóvenes: apenas 22% de los venezolanos entre 18 y 24 años sigue estudiando, cuando en 2014 era 47%. No estamos hablando de cifras frías. Hablamos de un país que se está quedando sin profesionales, sin técnicos, sin enfermeras, sin maestros, sin futuro productivo. Hablamos de muchachos que, en lugar de estar en aulas, están en la informalidad, en la emigración o en la resignación.

Aquí entra el otro gran detonante: la electricidad. Encovi describe un servicio intermitente de forma masiva: cortes que en muchos hogares ocurren a diario o varias veces por semana, alterando escuela, trabajo, refrigeración de alimentos y funcionamiento de hospitales.

El trabajo tampoco ofrece refugio. La Encovi muestra que el trabajo por cuenta propia sigue siendo la principal forma de ocupación (41,9%), mientras el empleo asalariado privado está en 27,2% y el público en 22,2%. Es decir, mucha gente «resuelve», pero sin estabilidad, sin seguridad social, sin protección real.

A este cuadro social se suma el dato que más debería preocupar a quienes hablan de «normalización»: la gente sigue queriéndose ir. Consultores 21, una de las encuestadoras más reputadas de Venezuela, reporta que uno de cada tres venezolanos mantiene intención de emigrar, y en jóvenes la proporción es aún mayor. Se migra porque el país aún no ofrece reglas, seguridad, salario, servicios y futuro.

La economía explica parte del ánimo. La inflación no es un concepto: es el enemigo que se come el sueldo mientras uno trabaja. Reuters calculó una inflación anualizada de 617,9% con base en cifras del Banco Central para febrero.

Este panorama social es una bomba de tiempo por una razón simple: la desesperación no espera calendarios políticos. Si la transición no produce resultados mínimos, el país puede entrar en una fase de frustración peligrosa: más informalidad, más violencia, más migración, más desconfianza.

En ese contexto aparece otro ángulo que divide: las recientes provocaciones en redes sobre que Venezuela podría convertirse en el «Estado 51» de Estados Unidos. Es lógico que un pequeño grupo lo sueñe como atajo; pero la inmensa mayoría sabe que esta lucha de décadas es para que Venezuela vuelva a ser de los venezolanos: no de Cuba, no de Irán, no de Rusia, no de China… y tampoco de ningún otro país, por muy agradecidos que estemos con el gobierno de Donald Trump por haber empujado la caída de Maduro y por estar acelerando la limpieza del poder residual.

Europa –y España en particular– debería mirar esta bomba social sin anestesia. Porque si Venezuela no logra estabilizarse, el drama no se queda dentro: se proyecta en migración, en crimen transnacional, en fractura regional. La solidaridad con Venezuela no es caridad es inteligencia política porque es apostar por un país destinado a crecer y ser de nuevo puerta abierta para quienes sueñan un futuro mejor.

¿Qué hacer? Lo urgente no es escribir otra ley ni anunciar otra comisión. Lo urgente es un plan de vida: estabilización de precios, recuperación eléctrica, dignificación salarial (empezando por maestros y personal de salud), reinstitucionalización con seguridad jurídica, y un cronograma democrático verificable que devuelva confianza. Si no lo hacemos, la ENCOVI no será una encuesta: será una profecía.

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