La transición en Venezuela comenzó, pero aún no es destino: uno de cada tres venezolanos quiere irse
Nadie regresa por un mejor tipo de cambio durante dos semanas. La gente regresa cuando siente futuro, reglas y dignidad. Cuando deja de vivir con miedo
La diáspora venezolana saluda durante un encuentro con la líder opositora venezolana, María Corina Machado, en la Puerta del Sol
El 3 de enero de 2026 Venezuela entró en una fase nueva. La captura de Nicolás Maduro abrió una puerta que parecía sellada para siempre. Pero tres meses después tenemos claro que haberle cortado la cabeza a la dictadura no significa que el dragón haya muerto, y mucho menos significa que el país haya recuperado el futuro.
La prueba más dolorosa no está en los discursos de Delcy Rodríguez o que Diosdado siga con su discurso violento, ni en la falsa amnistía. Está en una decisión íntima, silenciosa, repetida en miles de hogares: quiero irme de Venezuela.
Según un estudio reciente de Consultores 21, uno de cada tres venezolanos sigue pensando en emigrar, incluso después de los acontecimientos de enero. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, la cifra se endurece: cuatro de cada diez consideran irse. Es decir: el país cambió, sí; pero una parte sustancial de su gente sigue sintiendo que la mejor alternativa para vivir es abandonar su tierra.
No estamos ante un fenómeno marginal. Es una señal estructural que obliga a la siguiente pregunta ¿qué clase de transición es aquella en la que la gente, aun viendo que se mueve el tablero político, no encuentra razones para quedarse?
Emigración como reunificación familiar
La emigración venezolana también cambió de mapa y de sentido. Durante años el destino aspiracional fue Estados Unidos. Hoy, las encuestas apuntan a un movimiento más pragmático: Colombia, Chile y España aparecen como destinos prioritarios por una razón elemental: la reunificación familiar. Ya no se emigra hacia «el sueño», sino hacia el vínculo. No se persigue el ascenso; se busca la compañía.
Si queremos entender por qué la intención de irse sigue alta, hay que mirar la economía. Venezuela continúa atrapada en un ciclo que destruye cualquier horizonte: inflación desbordada, salarios de subsistencia y servicios públicos en ruinas.
Bloomberg Línea reportó que la inflación anual rondaba el 600% en febrero, acelerándose desde niveles ya altísimos de finales de 2025. Días después, con la reapertura parcial de estadísticas oficiales, se informó que la inflación interanual llegó a 649,5% en marzo. El propio balance oficial del primer trimestre fue de 71,8% acumulado.
No se puede pedir «arraigo» en un país donde no hay trabajo y si hay trabajo no hay salario digno frente a una minoría que lleva una vida saudita y mal habida.
¿Qué estabilidad puede haber con 600% de inflación anual? ¿Qué recuperación puede sostenerse si la economía depende de inyecciones puntuales de divisas sin instituciones confiables?
Se ha reportado que el Banco Central y la banca han colocado más de 3.000 millones de dólares en lo que va de 2026 en intervenciones cambiarias, intentando contener el tipo de cambio, pero la brecha y la presión continúan. Otra forma de decirlo: no hay ancla, no hay confianza.
Lo político sigue siendo lo económico
El problema, en el fondo, no es solo económico. Es político. ¿Quién decide? ¿Con qué legitimidad? ¿Con qué controles? ¿Con qué horizonte?
Mientras no haya Estado de derecho real, ninguna mejora económica será sostenible. Podrá haber burbujas de consumo, repuntes parciales, más movimiento en ciertas zonas; pero no habrá futuro compartido.
La misma «amnistía» lo demuestra: selectiva, lenta, administrada por un aparato judicial que mantiene el miedo como instrumento. Eso no genera inversión seria ni regreso masivo.
Por eso el empuje de la transición debe ampliarse: Venezuela no puede quedarse en el «después de Maduro» como una foto; necesita el «después» como ruta.
La ruta: democracia gobernante y economía de vida
Para que la gente se quede –y para que algún día millones vuelvan– hace falta un paquete claro: cronograma electoral verificable con árbitro legítimo y partidos legalizados; seguridad y justicia: desarme de grupos armados, fin de la persecución y restitución de garantías; plan económico de vida real: estabilización monetaria, reglas claras para inversión, recuperación de servicios, salarios que permitan vivir, educación y salud que funcionen.
Nadie regresa por un mejor tipo de cambio durante dos semanas. La gente regresa cuando siente futuro, reglas y dignidad. Cuando deja de vivir con miedo.
Venezuela está mejor que el 3 de enero porque la puerta se abrió. Pero el dato duro es este: si uno de cada tres sigue pensando en irse, entonces el país no ha dejado de expulsar.
La transición está en marcha, sí. Pero todavía no se ha convertido en destino. Y esa es nuestra urgencia: transformar este cambio inicial en una democracia gobernante –no gobernada– y en una economía que vuelva a ser una invitación a quedarse, no una razón para huir.